Onetti en Marcha, propuestas para una literatura moderna

Jorge Téllez Vargas

A continuación expongo algunas de las ideas principales de los artículos que, bajo el nombre de Periquito el Aguador, Onetti publicó en el semanario Marcha. Las referencias a citas textuales irán entre paréntesis con el nombre del artículo y la página; todas ellas están tomadas de Juan Carlos Onetti, Réquiem por Faulkner, Calicanto, Buenos Aires, 1976.

Sería necesario un profundo humor negro y, tal vez, una conciencia ácida para afirmar que cierta novela de Juan Carlos Onetti nos ha provocado carcajadas. Debo confesar que, aunque nunca he padecido un ataque de risa, alguno de sus personajes sí me ha hecho esbozar una sonrisa. El pudor con el que afirmo esto no es necesario para hablar de los artículos que el uruguayo escribió en Marcha durante dos años, de 1939 a 1941.

Carlos Quijano, director y fundador de la publicación le había pedido que, además de su trabajo como secretario de redacción, colaborara periódicamente con una columna literaria:

"La culpa la tuvo Quijano […]; en la época heroica del semanario (1939-1940) el suscrito cumplía holgadamente sus tareas de secretario de redacción con sólo dedicarles unas 25 horas diarias. A Quijano se le ocurrió, haciendo numeritos, que yo destinara el tiempo de holganza a pergeñar una columna de alacraneo literario, nacionalista y antiimperialista, claro. Recuerdo haberle dicho, como tímida excusa, desconocer la existencia de una literatura nacional. A lo cual contestóme, mala palabra más o menos, que lo mismo le sucedía a él con la política y que no obstante, sin embargo y a pesar podía escribir un macizo y matemático editorial por semana sobre la nada. Así nació Periquito el Aguador, empeñado en arrojar su piedra semanal en la desolación del charco vacío."
(“Explicación de periquito elaguador”, p. 15).

La columna se llamó “La piedra en el charco” y Onetti la firmaba bajo el pseudónimo de Periquito el Aguador. A partir de 1940, alternó la colaboración con una serie de cartas dirigidas al director que se publicaban en la parte superior de la quinta página y que aparecían rubricadas por un tal Grucho Marx. El tono de los artículos oscilaba entre la sátira y la agresión, no en balde se calificó la columna de Periquito el Aguador como de “alacraneo literario”. Grucho Marx, en cambio, aunque fiel al estilo burlesco, enfocaba más sus comentarios hacia la caracterización irónica de la vida cotidiana del Río de la Plata. Esta actitud lúdica es comprensible si se le ve en contexto. Onetti sabía de la necesidad de renovar el mundo cultural que lo rodeaba. El humor jugaba así un doble papel: primero, distanciaba al autor de su discurso que utilizaba la risa como mecanismo de deslinde; y segundo, la broma permitía filtrar la crítica aguda del que, para Onetti, era un triste ambiente literario.

En un amplio repaso del contexto cultural uruguayo —extensible, creo yo, a la Argentina—, Periquito y Grucho Marx bombardean cada unode los estratos que tienen que ver con el mundo de la intelectualidad. Ni los escritores, ni el público, ni los burócratas culturales se salvan de la agudeza y el desencanto de Onetti, porque su humor, si es que tiene una causa, nace de su desilusión. Convendría hablar primero del fenómeno que a falta de nombre bautizaré como síndrome del parásito cultural. El personaje que lo padece tiene nombre y apellido: Tota Pérez Smith. En su cuadro clínico nos enteramos de la obsesión de esta mujer por consumir (es literal) toda manifestación artística que aparezca sin necesidad de comprenderla para, acto seguido, reunir a su alrededor a toda la fauna creadora:

"Si usted escribe —explica Periquito— […], la Tota le pondrá sitio, lo desesperará y conseguirá al fin que usted concurra a su “jueves literario”. Si usted pinta, terminará por caer con algún cuadrito bajo el brazo a “los lunes plásticos” […]. Si usted es un hombre feliz y no hace ninguna de esas cosas, la Tota irá a buscarlo […] y lo abonará a sus “martes de meditación y ocio” […]. Un amigo, luego de perder el apetito a causa de la denodada persecución de la Tota, perdió también todo rudimento de buena crianza e intentó suprimirla diciéndole: “Mire; antes de ir a oír macanas a su casa, me hago cura”. La Tota movió la cabeza con su sonrisa de comprensión sutil y lo invitó para concurrir a sus “sábados místicos”.
(“Un jueves literario”, pp. 54-55).

Para Onetti, la Tota representa no la enfermedad pero sí el síntoma. Y si me he permitido el discurso médico es porque la suma de artículos crea una lacónica radiografía del Uruguay literario (aquí especulo sobre el curioso detalle de que la metaconciencia de la obra de Onetti, el personaje omnipresente, sea un médico, el doctor Díaz Grey, cuya tarea es observar al pueblo enfermo que es Santa María). Las conversaciones de esos jueves son tan anodinas como frecuentes, a pesar de las grandes personalidades que las acostumbran. Periquito aprovecha entonces para hablar de eso que él llama la “ostensible depresión literaria que caracteriza los últimos años de la actualidad nacional” (“Señal”, p. 16). Encuentro en la Tota la representación de ese mundo artístico caduco contra el que escribe Onetti; imagino su sentimiento al escribir cada uno de los artículos: sin duda, la sensación de hablar al vacío, a ese grupo de individuos que asistían gustosos a las tertulias, era su principal factor de angustia.

El problema es que no hay, en ese momento,“una literatura nuestra, no tenemos un libro donde podamos encontrarnos” (“Una voz que no ha sonado”, p. 18). Lo que hay, según Onetti, es la tendencia hacia la imitación, hacia la reproducción de ambientes de provincia: “Entre tanto, Montevideo no existe […], la capital no tendrá vida de veras hasta que nuestros literatos se resuelvan a decirnos cómo y qué es Montevideo y la gente que la habita” (“Literatura nuestra”, p. 28). Onetti reclama una literatura digna del momento que vive, digna de una ciudad que crece, que se moderniza. Se necesita un escritor-redentor, un artista indigno de las peñas literarias pero que merezca la comparación con Céline, Faulkner y Hemingway. Se necesita un escritor anti-intelectual, no un hombre de letras, como los parroquianos de la Tota.

Me parece que la caracterización de este anti-intelectual es el centro de los artículos. Onetti elabora la poética que el nuevo escritor debería seguir. La primera característica es el olvido del pasado:

"Una literatura vive sólo cuando trabajan para ella hombres formados con una natural indiferencia al pasado. Gentes despreocupadas del mundillo intelectual, ligadas a su tarea por furor de maniáticos. Si hubo algo bueno detrás, tanto mejor para las antologías. Hoy se trata únicamente de que cada uno diga su verdad de manera verdadera"
(“Un jueves literario”, p. 57).

Pero nada más alejado de un plan de vanguardia al estilo futurista. Onetti no niega la tradición, pues el pasado del que habla está encarnado por una literatura que, en ese momento, ya no responde la realidad uruguya. “¿Quién hace literatura entre nosotros? —se pregunta Onetti— Todo el mundo, pero no gente conformada psíquicamente para eso” (“Quién es quién en la literatura uruguaya”, p. 30). Los jóvenes buscan siempre la aprobación de “fastasmones que ofician de papas” y, en busca del elogio, sacrifican su sinceridad. Esto es el pasado. Para superarlo, es necesario que “el creador de verdad tenga la fuerza de vivir solitario y mire dentro suyo. Que comprenda que no tenemos huellas para seguir, que el camino habrá de hacérselo cada uno” (ibid., p. 30-31).

El escritor, ajeno a elogios mutuos y a peñas literarias debe “durar frente a un tema, al fragmento de vida que hemos elegido como materia de nuestro trabajo, hasta extraer, de él o de nosotros, la esencia única y exacta” (“Retórica literaria”, p. 22). “La individualidad del escritor se agranda en proporción al cuidado que ponga en desaparecer, en la medida de su papel de intermediario, médium entre la vida y sus lectores” (“Mr. Philo Vance, detective”, p. 52). Contra las divas literarias, Onetti enfrenta un escritor cuyo temple, de natural discreto, haga relucir únicamente su obra, un artista que “escribirá porque sí, porque no tendrá más remedio que hacerlo, porque es su vicio, su pasión, su desgracia” (“Literatura y política”, p. 36). Esta compromiso estrictamente artístico es incompatible con otro mal: el síndrome del escritor comprometido, ése que prefiere poner pluma y cerebro “al servicio de las razas, las clases y los pueblos oprimidos” (“Cultura uruguaya”, p. 24). Quien abandone la literatura para dedicarse a la redacción de panfletos y folletos activistas nunca fue un escritor, sino un político. La diferencia entre escribir y redactar es tan contundente como la que hay entre el poeta y el versificador. La literatura no debe servir más que a la literatura: “Los buenos libros […] se escriben para que gusten a sus autores, en primer término; luego para que gusten a Dios o al Diablo o a ambos dos conjuntamente; y en tercer término para nadie” (“Los premios literarios”, p. 62).

Son todas estas ideas las que llevan a Periquito, en un texto de finales de 1939, a formular su deseo de año nuevo:

"Que cada uno busque dentro de sí mismo, que es el único lugar donde puede encontrarse la verdad y todo ese montón de cosas cuya persecución, fracasada siempre, produce la obra de arte. Fuera de nosotros no hay nada, nadie. La literatura es un oficio; es necesario aprenderlo, pero más aún es necesario crearlo."
(“Regreso de la guerra locuaz”, p. 46).

De esta forma, la novela redentora será aquélla que se desarrolle en un “claro y misterioso terreno donde tiene lugar la aventura humana y su absurdo” (“Nueva edición de Sombras sobre la tierra”, p. 39). Gracias a este juicio, es comprensible y coherente que proponga para el premio Nóbel a Roberto Arlt y a Eduardo Mallea, ambos interesados en la representación del hombre dentro de la gran urbe, por mencionar sólo una característica; o que encuentre en James Joyce y en su monólogo interior una de las grandes aportaciones a la técnica literaria y que considere el Ulises “lo más asombroso que puede crear un hombre” (“James Joyce”, p. 66); o que considere a Dostoievsky y a Proust grandes novelistas que fueron capaces de hacer libros “sobre el alma de un individuo” (ibid., p. 68); o que considere la escritura de Katherine Mansfield, digna seguidora de Chejov, como “una verdadera literatura de mujer” (“Katherine y ellas”, p. 25), en contraposición con las mujeres que se dedican sólo a la poesía y que cantan “al amante, a Dios, a los árboles y a los recién nacidos” (loc. cit.). Me pregunto cuánto habrían cambiado las ideas de Onetti de haber leído en ese momento a Felisberto Hernández. ¿Habría incluido al uruguayo junto con la pareja de argentinos propuestos para el Nobel? ¿Lo conocía ya y prefirió no mencionarlo en estos artículos? En 1975 no duda al calificarlo como “uno de los más importantes escritores de su país” y lo cierto es que Felisberto reúne, en mi opinión, varios de los requisitos que Onetti propone para la nueva literatura. En todo caso, fuera ya del terreno de la especulación, Onetti pareciera ser el mejor alumno de sí mismo. Cuando escribía estos artículos, había publicado apenas tres cuentos y una novela, me refiero a El pozo, en diciembre de 1939. Faltaba todavía una década para que apareciera La vida breve y con ella toda la saga de Santa María.

Como conclusión regreso al principio. Onetti logra una radiografía excelente del panorama literario del Uruguay de los treinta: sus artículos son el diagnóstico y la medicina enmarcados en un tono lúdico que encuentra en el humor negro, ácido, la más pura de sus expresiones. Humor, hay que reconocerlo, a la manera de Onetti, como en el gesto de publicar como portada de El pozo un falso dibujo de Picasso; o como en el gesto de imitar a Roberto Arlt en su entrevista con Borges con el único fin, interpreta Rodríguez Monegal, de mofarse del argentino. La columna incluyó, en efecto, el veneno suficiente y digno de cualquier alacrán literario pero, por fortuna, incluyó también el antídoto.