Ramiro Sanchiz
Hace una semana y pico leí en la diaria la reseña que escribió Alejandro Gortazar de Viaje a la ficción, el nuevo ensayo de Vargas Llosa sobre Onetti. El texto logró su cometido de interesarme en el libro (asumiendo que esa era la intención), que conseguí prestado en la librería donde trabajo y leí en un par de días. Algunas de las ideas de Gortazar me parecieron sumamente válidas: el libro de Vargas Llosa no aporta nada nuevo o interesante a todo lo que se viene escribiendo sobre Onetti, muestra por momentos más interés en hilar anécdotas de su autor que en profundizar algunos aspectos del tema elegido y desdeña, en gran medida, elaborar en detalle los contextos históricos que atravesó Onetti; además, nunca me resultó simpático el autor de La casa verde, no estrictamente por razones políticas sino, supongo, por cierta actitud hacia la literatura que se traduce en varias opiniones que le he leído por ahí, en prólogos, ensayos y palabras dispersas. Tampoco estoy interesado en su producción novelística, bastante en las antípodas del tipo de cosa que me gusta.
Sin embargo, el libro, después de terminarlo, me pareció en extremo legible y adecuado como introducción a Onetti. Y volviendo a la reseña de Gortazar, le encontré a esta un buen número de tics incómodos que intenté explicarme (en el sentido de si bien en general estoy de acuerdo, ¿por qué no me gusta esto que leo?), de modo que, pensándolo un poco, llegué a una conclusión: el libro de Vargas Llosa –si bien declara haber surgido de un curso universitario- está muy lejos de un enfoque académico hacia la literatura. Su abordaje biográfico, el tono marcadamente “de opinión privilegiada” que le da su autor (llegando a juzgar como no satisfactorias o malterminadas gran parte de las novelas de Onetti, y faltas de experiencia muchas otras, salvándose únicamente –esto es en gran medida un lugar común perimido- La vida breve, El astillero y Juntacadáveres), el tono general de manual o libro para principiantes está en las antípodas de lo que acostumbran a producir los académicos (sumémosle que el tema es, nada más y nada menos, Juan Carlos Onetti), y si en principio no me gusta la escritura de Vargas Llosa, ni estoy tentado a simpatizar por él o por su obra, me resultó interesante que el peruano escribiese deliberadamente un texto tan antiacadémico. ¿Por qué? Porque estoy convencido de que los académicos tienen la pretensión de haberse hecho con el monopolio sobre la reflexión metaliteraria. Todo lo que no parezca cuadrar en su sistema sobre cómo-debe-hablarse-de-ciertos-temas pasa a ser ingenuo o peligroso, más allá de qué diga y solo por decirlo desde un lugar ajeno a la academia.
Sin embargo, Gortazar tiene razón en muchas críticas que hace a Vargas Llosa. Con una salvedad: el libro comienza con una especie de pseudoensayo sobre el origen de la ficción o el lugar que tiene la ficción en la experiencia humana, proponiendo la tesis de que la ficción es esencial a la “naturaleza humana” desde que, en “la época de las cavernas” nuestros antepasados se reunían a escuchar al chaman, al contador de historias, etc. En rigor es una sarta de lugares comunes muy cercana a los “disparates” de los que habla Gortazar, pero, situado en contexto, me parece válido, aunque parezca tonto; porque es ante todo una ficción sobre las ficciones, aunque Vargas Llosa no lo diga con esas palabras. Es decir, más allá de su condición “ensayística” o del hecho de que sirva de prólogo a un libro sobre Onetti, es tan claramente un “cuento” que parece decir –no es una idea nueva, pero me gusta como prólogo a un libro titulado El viaje a la ficción- que sobre la ficción sólo cabe elaborar más ficciones, y que cualquier otra manera de abordarlo naufraga estrepitosamente en pretensiones estúpidas. No sé, ni me interesa, si Vargas Llosa estaría de acuerdo con esta lectura del prólogo de su libro, pero es claramente una lectura posible.
Por último, Vargas Llosa no escribe desde la academia, pero sí desde su status de autor consagrado y leído, pseudocandidato al Nobel, letrado ilustre, etc. Ambas posturas me resultan desagradables, porque en el fondo (o no tan en el fondo) implican claras formas de autoritarismo y mediocridad.