Gustavo San Román
Para muchos lectores de Onetti, uno de los mayores atractivos de su obra surge de la inmersión en el mundo de Santa María, ciudad provinciana inventada a partir de la nostalgia de Montevideo durante una larga estadía del autor en Buenos Aires. Entre varias citas corroboratorias de esta impresión estarían las siguientes de Antonio Muñoz Molina: el ‘gran libro de libros que lleva medio siglo escribiendo y que sus lectores fieles perciben dotado de todos los pormenores y las simultaneidades y las repeticiones de la realidad’; ‘nos parecemos a Onetti y a Brausen en que Santa María es uno de los lugares más familiares de nuestra imaginación’.1 El presente trabajo es una aproximación a las especificidades de ese mundo sanmariano; la meta es, en primer lugar y sin más excusas, ejercer el placer del entusiasta en detallar los elementos de su afición; en segundo lugar, explorar la consistencia del mundo de Santa María. El ejercicio tendrá dos límites principales: textualmente, se confinará casi exclusivamente a El astillero, con una breve consulta a La vida breve hacia el final. Esta decisión está basada en el hecho de que El astillero es el libro con que la mayoría de los lectores comienza a hacer contacto con Onetti y el que existe en edición más accesible (Cátedra). El segundo límite es temático: me concentraré sólo en los aspectos geográficos de Santa María, dejando de lado, por ejemplo, la cuestión de las relaciones de los personajes con sus vidas anteriores o posteriores a su aparición en El astillero. Basándome en los datos extraídos del texto, he de sugerir planos respectivos de la ciudad y del pueblo principales, Santa María y Puerto Astillero, y un mapa de la zona; luego los compararé con posibles referentes reales; por fin, evaluaré el posible simbolismo geográfico.
Comencemos, entonces, con la ciudad que yace en el centro del mundo novelesco onettiano.
SANTA MARÍA
A poco de llegar a Santa María, Larsen se pone a recorrer la ciudad. El primer espacio que visita es el bar Berna (59).2 No sabremos hasta más adelante que este bar y pensión (donde se queda unas noches) está sobre o muy cerca de la plaza nueva de Santa María, donde hay otros lugares importantes. Cuando sale del Berna, Larsen se pone a recorrer la plaza, que es cuadrada y está atravesada por dos senderos diagonales; se mencionan dos edificios sobre la plaza: la iglesia, y la botica, ‘que seguía siendo de Barthé’ (referencia a la trama de Juntacádaveres) (60-61).
Luego de su primera caminata, Larsen llega al bar del Hotel Plaza (61) que, como indica su nombre, también está sobre la plaza nueva. La posición quedará confirmada por Díaz Grey más adelante, cuando le diga a Larsen que Petrus ‘está durmiendo en la esquina, en el hotel Plaza’ (134). Y que la casa del doctor está sobre la plaza inferimos de la descripción de Hagen, del surtidor de nafta ‘en la esquina de la plaza’ (127). Hagen dice que vio a un posible Larsen ‘hasta que me lo escondió el automóvil del doctor […]. No me puedo confundir porque lo que había de farol brillaba en la chapa de bronce’ del consultorio (128). Otros dos puntos de la plaza mencionados por Hagen son el Nueva Italia, probablemente un bar, y la gomería en construcción en una de las esquinas. Luego de tomar unas copas en el Plaza esa primera noche, Larsen ‘cruzó la plaza para dormir en la habitación del Berna’ (61-62). Aunque no se dice explícitamente, la falta de mayores datos sobre el trayecto de Larsen hacia la pensión (por ejemplo, si caminó algunas cuadras o si tardó muchos minutos en llegar) indicaría que el Berna también está en la plaza.
Las andanzas de Larsen en la mañana de su segundo día en Santa María nos dan datos sobre la zona de la costa de la ciudad: hay una rambla y un muelle de pescadores. Desde ese punto puede ver Larsen ‘la forma nublada de la costa de enfrente, el trajinar de camiones en la explanada de la fábrica de conservas de Enduro’, y dos tipos de botes, de trabajo y del Club de Remo (63). Como la orilla de enfrente está cubierta de niebla, inferimos que los botes y la fábrica estarían del lado de Santa María. Estas observaciones de Larsen desde el puerto son también útiles para entender la diferencia entre los dos tipos de nave que usan el río: ‘Vio el arribo de la balsa y su descarga, examinó con negligencia las caras del grupo de pasajeros’; luego ‘se fue mezclando con la gente que descendía la escalinata para ocupar la lancha entoldada, blanca, que iba a remontar el río’ (63). La mención de dos formas de transporte fluvial, balsa y lancha, sugiere la posibilidad de que la primera, que se usa típicamente para viajes más cortos, haya venido de cruzar el río desde la ciudad de enfrente a Santa María. La lancha entoldada, por otra parte, está mejor equipada para un viaje más largo río arriba y en ella irá Larsen a Puerto Astillero.
Hacia el final de la novela, cuando Larsen vuelve a esta zona portuaria luego de visitar a Petrus, descubrimos que en ella hay hoteles y restaurantes: ‘Caminó hacia el puerto, comió distraído y convino precio por una habitación para pasar la noche’ (216). La plaza no queda lejos del río, y está a cierta altitud, como sugieren el uso del verbo ‘bajar’ para los trayectos de Larsen hacia el río (61, 149), y el que se oigan desde allí claramente las bocinas de los barcos durante las entrevistas de Larsen con Díaz Grey (134) y con Petrus en el hotel Plaza (145).
Además de la nueva, hay una segunda plaza en Santa María, la vieja. Es redonda y tiene en su centro la estatua ecuestre del Fundador, Brausen: ‘Larsen se sentó en un banco, sobre el borde de la plaza circular […]. Miró la estatua y su leyenda asombrosamente lacónica, BRAUSEN-FUNDADOR’ (204-05). (Para comprender cabalmente esta referencia debemos saber que Brausen inventó Santa María en Buenos Aires en La vida breve.) A esta plaza da el edificio de la cárcel y Jefatura, que ocupa ‘un cuarto de manzana en el costado norte de la Plaza Vieja. Aquella tarde tenía un solo piso, aunque ya estaban acumulando bolsas de cemento, escaleras y andamios para construir el segundo’ (204). Aunque es ambigua, entiendo por esta descripción y por el hecho de que Larsen no sube escaleras en ninguna de sus dos visitas, que se trata de un edificio de una sola planta; la vista de Larsen desde el cuarto donde está detenido Petrus estaría entonces al mismo nivel que la calle. El que desde allí pueda ver el ‘atardecer que se estiraba desde el río, desde las manzanas remozadas del barrio comercial’ (214) indica, primero, que el río está al oeste (donde se pone el sol), lo que coloca a Santa María en la ribera este; corrobora también la impresión de que la ciudad está a algunos metros sobre el nivel del mar. Al salir de la cárcel, Larsen ‘Atravesó el círculo helado de la plaza del Fundador y caminó hacia el centro’ (215). Si unimos el hecho de que el río está al oeste con el dato de que la cárcel está al norte de la plaza, y si además hipotetizamos que el cuarto de manzana que ocupa es la esquina noreste, entonces Larsen caminaría hacia el suroeste al atravesar la plaza en su trayecto al centro y la plaza nueva. Ésta no está muy lejos de la vieja, pues Larsen llega a pie relativamente pronto; pero en un caso de apuro se necesitaría transporte, como le sugiere Medina por teléfono al invitarlo a volver a la zona vieja donde está la Jefatura (218). Que la cárcel y la Jefatura están en el mismo edificio lo confirma Larsen durante su entrevista con Medina: ‘como usted sabe, [Petrus] está ahora en este mismo edificio’ (220).
En los bordes de Santa María está la Colonia, probablemente de suizos, como indicaría el nombre del bar y pensión donde se queda Larsen (Berna). En su primer paseo de vuelta en Santa María, Larsen ‘fue bajando […] tres o cuatro de las cuadras que llevan a la convergencia del camino de la costa con el que va a la Colonia’; más tarde fue ‘a perderse durante unas horas en la Colonia’ (61). Esto indicaría que la Colonia no está sobre la costa, sino más bien hacia el este de la ciudad. Así lo inferimos también por el hecho de que Angélica Inés pasó alguna temporada viviendo ‘en Santa María, en casa de unos parientes, cerca de la Colonia’ (68): como los parientes de Petrus con seguridad pertenecen a la clase alta, es probable que su casa esté cerca de la plaza vieja en una zona que, como veremos, es acomodada. La descripción del viento desde Enduro, que ubicaremos más adelante al sur de la ciudad, también sugeriría una posición de la Colonia al este de Santa María, en una región de granjas agrícolas: ‘El viento […] ya enroscaba su mayor violencia encima de la Colonia, de los trigales de invierno […] por la planicie negra al otro lado de la ciudad’ (152). Esta posición sería consistente con un itinerario desde Puerto Astillero, al norte, hacia la Colonia al este, pasando por Santa María. Así lo sugiere Díaz Grey al recordar el accidente con el anzuelo de la niña Angélica Inés: ‘de encontrarse Petrus en la casa la hubiera llevado en su automóvil hasta la Clínica Médica de la Colonia, atravesando Santa María, prefiriendo que la criatura perdiera sangre, olvidado de que había una chapa de médico frente a la plaza nueva’ (158). Además de clínica, la Colonia tiene cementerio, donde está enterrada la señora de Petrus (156).
Las andanzas de Larsen en Santa María contribuyen, entonces, a una impresión bastante coherente de la ciudad, que el dibujo que aparece en la Figura 1 intenta capturar. Pasemos ahora al pueblo donde Larsen se asienta por una temporada.
PUERTO ASTILLERO
Los puntos más destacados de este pueblo al norte de Santa María, también sobre la costa este del río, son el astillero, el Belgrano, la casilla de los Gálvez y el cobertizo, la casa de Petrus y el Chamamé. El resto del lugar está compuesto por granjas de colonos y ranchos pobres, como informa el narrador: ‘Puerto Astillero, un sitio cualquiera de la costa, con colonos alemanes y rancheríos de mestizos rodeando, junto con el río, el edificio de Petrus S.A., un cubo gris de cemento desconchado’ (136; esta visión es consistente con la de Larsen en su primera visita [63-64]). El astillero está muy cerca de la orilla del río, como es natural, y del embarcadero, pues Larsen una vez va directamente a él al bajar de la lancha (164). Como otros edificios en el pueblo, el astillero tiene dos pisos: ‘la escalera que llevaba a las oficinas de las distintas gerencias’ (165).
El Belgrano, almacén, bar y pensión de dos plantas donde vive Larsen, se encuentra a algunas cuadras del astillero, como demuestra el trayecto de Larsen en su primera visita. Ha venido caminando desde el embarcadero tierra adentro hacia el este, hasta encontrarse ‘solitario entre las cuatro lenguas de tierra que hacían una esquina’, con ‘el incomprensible edificio de cemento’ del astillero ‘a su espalda’. Entonces ‘Dobló a la izquierda, hizo dos cuadras y entró en el Belgrano’ (64). El Belgrano está entonces a por lo menos una cuadra al este y dos al norte en relación con el astillero. Esta impresión no corresponde exactamente con la descripción de Larsen al rememorar su primer encuentro con Angélica Inés, en la que dice que el Belgrano es ‘ese negocio a una cuadra del astillero’ (73). Puede que esta disparidad sea el resultado de la tendencia de Larsen a la estilización, pero, como veremos, hay una incoherencia mayor hacia el final de la novela. El cuarto de Larsen parece estar en la parte de atrás de la pensión (88), en el primer piso (223).
La casa de Petrus, como el astillero y el Belgrano, también tiene dos plantas. Está instalada sobre ‘catorce pilares de cemento, junto al río, próxima al astillero’ (68), aunque este último dato es relativo. Sabemos que se llega a ella desde el Belgrano por una avenida arbolada: ‘Larsen recorrió una tarde, a las cinco, la calle de eucaliptos’ (69); también, que el camino es en dirección al río: ‘Caminó […] calle abajo sobre la tierra húmeda’ (102). Desde la ubicación que hemos dado al Belgrano, la casa de Petrus estaría al oeste del bar y directamente al norte del astillero, como parece confirmar la descripción de uno de los trayectos de Larsen: ‘entró velozmente en el frío de la calle. Dobló a la derecha y se metió en […] la calle ancha limitada por árboles desnudos’ (226). Si imaginamos que la casa está al final de esa calle, en la acera sur y junto al río, esto no sería inconsistente con el camino que hace Larsen de vuelta: ‘Al final de la avenida, dobló hacia la derecha y se puso a caminar en dirección del astillero’ (231). Luego deberá volver a doblar a la derecha, hacia la costa. La casa tiene un jardín bastante grande, con árboles, estatuas de mujeres desnudas, un estanque redondo y una glorieta de madera (70).
La rudimentaria casilla de Gálvez, de madera y con tres escalones a la entrada (83, 94) se encuentra muy cerca del astillero, según le dice su ocupante a Larsen. La primera referencia incluye a Schwartz, uno de los gerentes anteriores, quien ‘estuvo una semana haciendo guardia en la puerta de atrás, entre mi casa y el edificio’ (81); luego Gálvez le da instrucciones más firmes: ‘si me necesita, se corre hasta la casita al lado del cobertizo, del hangar, y me llama’ (82); más tarde Larsen piensa en ‘la casilla de perro gigante de los fondos del astillero’ (126). De estas descripciones surge una disposición de tres edificios junto al río, astillero, casilla y cobertizo, enfilados en ese orden de sur a norte, aunque no necesariamente en línea recta. Así lo confirma Larsen en su primera exploración de la zona: ‘Pasó junto a un camión con las ruedas hundidas; […] cruzó frente a una casilla de madera […] y entró en el enorme galpón’ (83). Las puertas estarían también en esa dirección (y no hacia el río). Más tarde nos enteramos de que la casilla linda con un terreno agreste, que estaría hacia el norte y antes del cobertizo: Larsen ‘Recordó la casilla de madera donde vivía Gálvez […], entre el cañaveral y el cobertizo’ (93). En un rincón de éste último es donde tiene su hogar Kunz (113). Cerca de los tres edificios hay una línea de ferrocarril sin terminar (101).
La configuración que hemos establecido entre estas tres zonas del pueblo, el astillero (y casilla y cobertizo), la casa de Petrus, y el Belgrano, que ya resultaba algo incierta, se complica bastante más al final de la novela, cuando Larsen huye de la escena de la parturienta mujer de Gálvez. El texto sugiere que se puede pasar desde la casilla por el Belgrano camino hacia el embarcadero, que habíamos concebido muy cerca del astillero. ‘Temblando de miedo y asco se apartó de la ventana y se puso en marcha hacia la costa. Cruzó, casi corriendo, embarrado, frente el Belgrano dormido, alcanzó unos minutos después el muelle de tablas’ (232). Este itinerario, y la cercanía entre la pensión y el embarcadero, no corresponden al mapa que hemos venido elaborando. Tal estrujamiento de la geografía, que representa un caso de inconsistencia bastante seria en la novela, puede sin embargo tener la función de señalar la desesperación mental y emocional de Larsen.
El último mojón de importancia en Puerto Astillero es el bar y lugar de baile Chamamé. Sabemos que está ‘a unas cinco o seis cuadras del astillero, sobre el camino ancho por donde subían antes las tropas’, y que en él paran algunos viajeros ‘entre la costa y las chacras miserables’ (180), de camino a tomar la lancha a Santa María. Esta relativa cercanía queda confirmada durante una conversación entre Larsen y la mujer de Gálvez, en que sienten una música lejana que ‘llegaba en hilachas’ y un coche que ‘se acercaba por el Camino de las Tropas’ (190). El Chamamé estaría, entonces, en algún punto al sur o al norte del astillero, y en un camino perpendicular al río; pero no se nos dan datos suficientes para una ubicación más precisa. La configuración que invitan los datos sobre Puerto Astillero quedan resumidos en la Figura 2. Veamos ahora el mapa provincial.
LA PROVINCIA
Santa María y Puerto Astillero comparten un espacio mayor, que incluye otras poblaciones: Colón, El Rosario, Enduro, Mercedes, Míguez, Buenos Aires. Los datos de esta geografía regional aparecen ya en la primera página de la novela, cuando leemos que ‘Larsen bajó una mañana en la parada de los “omnibuses” que llegan de Colón […] y empezó a entrar en Santa María’ (59). La novela no incluye otras pistas para ubicar esta ciudad o pueblo Colón, que puede estar hacia cualquiera de los puntos cardinales; sí podemos suponer que se halla a cierta distancia de Santa María, pues Larsen está retornando de un destierro. Pendiente de una corroboración extratextual que veremos más adelante, se puede sugerir que Colón se encuentra al este de Santa María.
El segundo punto de referencia a la geografía provincial, El Rosario, aparece cuando Larsen está sentado en el Berna. El narrador informa que los camioneros que comparten el comedor con Larsen ‘disputaban al ferrocarril las cargas hasta el Rosario y los pueblos litorales del norte’ (60). Dos datos posteriores confirman que la ciudad se encuentra al norte. El primero es el presupuesto de reparaciones para un barco inglés, el Tiba, uno de tantos que Larsen se dedica a leer y tomar en serio. El barco estaba averiado en El Rosario y Larsen hipotetiza que ‘tal vez […] descendió el río y vino a echar anclas frente al astillero’ (92). Esta dirección queda confirmada al final de la novela, cuando en el último viaje de Larsen desde el astillero ‘averiguó que [los lancheros] iban hacia el norte y le aceptaron sin esfuerzo el reloj en pago del pasaje’ (232, primer final); y ‘la lancha empinada remontaba el río. Murió de pulmonía en el Rosario’ (233, segundo final). De estas citas se infiere que se trata de una ciudad costera, y de la última (‘remontaba’), que el río fluye de norte a sur.
Al sur de El Rosario, y al norte de Santa María se encuentra Puerto Astillero, como demuestran un buen número de datos. Cuando Larsen está en el Chamamé y se pregunta de dónde pueden salir los clientes, leemos que ‘Las fábricas más próximas —las de conservas de pescado— estaban bastante al sur, entre Santa María y Enduro’ (182). También se habla de viajes de Larsen de Santa María ‘río arriba, hacia el astillero’ (222), y viceversa, del ‘descenso de Larsen a la ciudad maldita [Santa María]’ (203). La distancia entre Puerto Astillero y Santa María es algo variable en la novela; el viaje en lancha puede llevar entre ‘algunos minutos’ (136) y casi cuarenta (‘La última lancha de la carrera pasaba hacia el sur por Puerto Astillero a las dieciséis y veinte y llegaba a Santa María cerca de las cinco’ [124]). La variación queda corroborada por las descripciones de viajes en coche, ‘por el largo, indeciso camino de tierra’ (160), y a pie, que llevaría ‘poco más de dos horas para el hombre resuelto o desesperado’, usando ‘un camino entre alambrados de quintas y montes de sauces’ (136). Parecería demasiado rápido este último viaje, si tenemos en cuenta que es sólo tres veces más lento que el de una lancha río abajo, y podríamos anotarlo como una de las posibles incoherencias de la novela.
Ya se ha mencionado, al pasar, Enduro. Éste es un pueblo con puerto e industria de conservas de pescado que está al sur de Santa María. La distancia entre los dos puntos es también algo imprecisa. En un fragmento ya citado se dice que hay fábricas de conservas entre las dos localidades, lo que implica un espacio de cierta magnitud; en otros casos, parece que estuvieran unidas. Así sucede cuando Larsen llega caminando al cafetín de Enduro luego de su entrevista con Petrus en el Hotel Plaza: ‘después de cruzar en diagonal la plaza […]. Dobló a la izquierda y se puso a caminar velozmente, paralelo al río […]. Había bajado hacia el río después de dejar atrás el cubo sombrío y brillante de la Aduana y andaba por el camino de Enduro’, hasta llegar a un cafetín (149). Allí Larsen habla con Barreiro sobre el inminente cierre de la fábrica, y observa a los clientes, ‘peones de quintas o estanzuelas atraídos a Enduro por cualquier otra fantasía industrial del viejo Petrus’ (150). Enduro estaría entonces al sur de Santa María, con la ciudad gradualmente convirtiéndose en el pueblo, y con una o más fábricas sobre la costa del río. Así lo confirmará Larsen al llamar a Medina hacia el final de la novela (‘–Vine a comer pescado en la costa. Entre el puerto y la fábrica’ [217]).
Hay otros tres lugares de la zona que sólo se mencionan una vez. El primero surge cuando unos pescadores ofrecen llevar a Larsen a Santa María de camino a ‘Míguez, más abajo de Enduro, donde entra la costa’ (127); el segundo, de parecido tamaño, es Mercedes: ‘En aquellos días Larsen bajó hasta Mercedes, dos puertos hacia el sur [de Puerto Astillero]’ (98), donde compra las dos polveras. Que Mercedes está cerca de Santa María, y probablemente al norte, queda sugerido cuando al darle el regalo a Angélica Inés Larsen la reemplaza por esta ciudad: ‘Mucho trabajo, y además un viaje a Santa María para buscar algo. Adivine’ (102-03). El otro punto mencionado sólo una vez al pasar es la isla de Latorre, que se encuentra entre Santa María y la ciudad en la otra orilla del río, con la que hay comunicación por balsa. Por allí se arrojó a la muerte Gálvez, como Medina le informa a Larsen: ‘Se metió en la balsa y en cuanto pasaron la isla de Latorre se tiró al agua’ (221).
Para terminar el recorrido de los hitos de la provincia hay que mencionar a Buenos Aires, que se encuentra hacia el sur. La clave de la dirección nos la da el narrador al describir la estatua ecuestre de Brausen, la cual cuenta entre sus defectos el ‘antihistórico y absurdo […] emplazamiento […], que obligaba al Fundador a un eterno galope hacia el sur, a un regreso como arrepentido hacia la planicie remota que había abandonado para darnos nombre y futuro’ (205). Conviene ahora considerar brevemente la versión original de la ciudad imaginada por Brausen, que aparece en la novela publicada en 1950.
CONFRONTACIÓN CON LA VIDA BREVE
Del recorrido que hemos hecho por la geografía de Santa María y sus alrededores surge una visión relativamente coherente. Pero hay algunos puntos oscuros: tenemos dudas sobre la distancia entre Puerto Astillero y la ciudad, que parecería más corta a pie que su equivalente en lancha; no pudimos lograr la ubicación precisa del Chamamé; el caso más serio de inconsistencia es el de la relación entre el Belgrano y el astillero, que se estropea hacia el final de la novela. Sobre estos elementos no es muy probable que otros textos de Onetti nos ayuden. En cuanto a Santa María, habría con seguridad algunos baches o inconsistencias, pues los pasos de Larsen son difíciles de seguir precisamente; hemos establecido un plano algo precario en el que hay varios edificios en la plaza nueva, dos plazas, la Colonia, la rambla, el muelle, la isla y Enduro.
Una consulta a La vida breve, texto en el que se engendra Santa María y en el que hasta se habla de un plano, nos brinda ciertas corroboraciones, ciertos agregados y algunas diferencias. Entre las primeras está la relación entre la ciudad y la Colonia, que se confirma como suiza: ‘una pequeña ciudad colocada entre un río y una colonia de labradores suizos’ (21).3 También se corrobora la posición y la calidad de Enduro: ‘un caserío tan próximo a Santa María, que bastaba trepar a una azotea […] para espiar las andanzas de la gente en la ciudad; […] frente a la entrada sur de la ciudad […] en un barrio poblado por pescadores y por obreros de una fábrica de conservas’ (348). Los varios edificios de la plaza también son mencionados, con algún agregado de poca consecuencia: iglesia, club, cooperativa, farmacia, confitería (21; 356), y también ‘el surtidor de nafta’ en la esquina (353).
Entre la información adicional, tenemos la alentadora de que algunas de las calles de Santa María son ‘sinuosas’, lo que nos permite tolerar la falta de precisión que surge de las caminatas de Larsen en la ciudad; también nos enteramos de que desde la ventana del consultorio del médico se ven el río y las balsas que traen mercaderías y gente de la orilla opuesta, lo que sugiere su ubicación en uno de los lados de la plaza (27).
Una diferencia interesante que descubrimos confrontando las dos novelas se refiere a las dos plazas y a la estatua del prócer. En la primera novela Brausen menciona ‘la estatua ecuestre que se alzaba en el centro de la plaza principal —había otra, anterior y en abandono, sólo visitada por niños y próxima al mercado—, la estatua levantada por la contribución gustosa y la memoria agradecida de sus conciudadanos al general Díaz Grey’ (322). En El astillero, donde como vimos hay también dos plazas, se establece una doble diferencia. La primera es que la estatua ecuestre es de Brausen en vez de Díaz Grey, un cambio cuyas ventajas podemos apreciar desde la perspectiva de la obra posterior de Onetti, ya que el médico se convierte en un comentador y protagonista muy útil de la vida sanmariana. La segunda diferencia es que la plaza que contiene la estatua en El astillero es la Vieja, que está bastante alejada del muelle, y no la Nueva, que en general corresponde a la que describe Brausen. Una inconsistencia menor entre las dos novelas concierne al Berna, que en La vida breve no está ni en la plaza ni cerca de ella, sino a varias cuadras: ‘Después de cruzar la plaza llegamos a la calle ancha que nacía en el muelle. —Por aquí tiene que haber un restaurante —dijo Ernesto—. Unas cuadras más allá, a la izquierda, creo que vi uno. Gringos...’ (356). Sabemos que es el Berna porque una vez dentro ven el letrero interior ‘Berna-Cervecería’ (359). En resumen, pues, la confrontación de las dos novelas sugiere una relación de coherencia bastante fuerte, con excepción de las plazas y la estatua, que se justifica por criterios artísticos que atañen a la evolución del papel de Santa María en la obra posterior de Onetti.
LA FICCIÓN Y LA REALIDAD
La penúltima tarea a realizar en relación con la geografía de Santa María es la exploración de su posible vínculo con el mundo real. Algunos lectores se imaginan que Santa María denota a una ciudad uruguaya. Así lo vio el mismo hijo de Onetti, según lo que dice Ramón Chao en diálogo con el autor: ‘—Hay un plano de Santa María. Creo que lo diseñó su hijo. […] Está ubicada cinco grados al sur del ecuador, en algún punto de la banda oriental del Río de la Plata, cerca de El Rosario y no lejos de la capital’.4 Onetti confirma que el plano existió, pero informa que se ha extraviado. Esta ubicación sugerida por Chao chocaría con dos elementos de la realidad: Uruguay (la Banda Oriental) está entre los treinta y los treinta y cinco grados al sur del ecuador, y el Rosario que existe allí, en el Departamento de Colonia, no lleva artículo. Una segunda interpretación uruguayista surge de las breves descripciones que acompañan a dos fragmentos de La vida breve en la entretenida guía literaria del continente de Jason Wilson.5 Sin duda, la presencia de Uruguay en Santa María tiene ciertos ecos geográficos, aunque no suficientes como para suponer un referente real (entre otros datos silenciosos está el Camino de las Tropas de Puerto Astillero [167], como el que existe en las afueras de Montevideo). El mejor candidato regional uruguayo sería el mencionado Departamento de Colonia, al oeste de Montevideo en la costa norte del Río de la Plata, frente a Buenos Aires. Hay en Colonia tres puntos de interés: el pueblo de Colonia Suiza y las ciudades de Nueva Helvecia y Rosario. Rosario está unida a Colonia Suiza por una docena de quilómetros de ferrocarril y ambas localidades están sobre el río Rosario. Según este posible mapa, un fuerte candidato a inspiración de Santa María sería Nueva Helvecia, la ciudad cercana al pueblo de Colonia Suiza en la vida real, aunque alejada un par de kilómetros del río Rosario. Quizás sea éste el referente del mapa perdido de Santa María.
Pero parece más sensato, por otras razones, descartar a Colonia como fuente geográfica de Santa María. Mientras que no se ha establecido ningún vínculo emocional de Onetti con ese departamento uruguayo, sí tenemos unas declaraciones suyas sobre la inspiración de su ciudad, que aparecen en varias entrevistas y que se filtraron en La vida breve. Onetti estaba viviendo en Buenos Aires y extrañaba su ciudad natal, sobre todo porque el gobierno de Perón prohibía los viajes a Uruguay; decidió entonces inventar a Santa María basándose en una visita de un día que hizo a la ciudad de Paraná, sobre el río homónimo: ‘entonces me busqué una ciudad imparcial, digamos, a la que bauticé Santa María y tiene mucho de parecido, geográfico y físico, con la ciudad de Paraná, en Entre Ríos’.6 Algo así dice Brausen en La vida breve: ‘Sólo una vez estuve allí, un día apenas, en verano; pero recuerdo el aire, los árboles frente al hotel, la placidez con que llegaba la balsa por el río. […] Santa María, porque yo había sido feliz allí, años antes, durante veinticuatro horas y sin motivo’ (20-21). Una característica significativa de esta zona de Argentina es su fuerte vinculación histórica con Uruguay, y la semejanza en actitud y valores de sus habitantes: ‘los entrerrianos […] se parecen mucho a los uruguayos y no a los porteños’ (Construcción de la noche, 108).
Si ubicamos a Santa María en Paraná encontraremos que las coordenadas que surgen dan una cierta coherencia al mundo imaginado en relación con la geografía real, que se perdería si nos atuviéramos al mapa uruguayo. Es el caso, sobre todo, de las frecuentes referencias a Buenos Aires como capital del país: la balsa que trae los periódicos de Buenos Aires desde una ciudad anónima en las novelas pero correspondiente a Santa Fé en la realidad (no tendría sentido para una ciudad uruguaya esperar diarios extranjeros); el hecho de que Díaz Grey, en La vida breve, haya ido a la facultad allí, como Tito y Malabia en Para una tumba sin nombre. Otros datos también ubican la acción en Argentina: el que Díaz Grey y Lagos tomen en el Plaza un cóctel de nombre ‘sanmartín’, referencia al prócer nacional de ese país (La vida breve, 113); o el nombre Belgrano del bar de Puerto Astillero, de otro héroe argentino y no uruguayo. Hay además una serie de paralelos geográficos de interés. Buenos Aires misma está al sur; al este y en la frontera con Uruguay se encuentra Colón, lo que provee una sugerencia interesante para un punto con pocas pistas en la novela. Pero sobre todo son fuertes las equivalencias entre Santa María y la ciudad de Paraná.
La capital provinciana de la realidad tiene una calle Artigas, como la avenida que aparece en El astillero (mencionada más adelante). Tiene también dos plazas: la de Mayo o principal, donde está el Hotel Plaza, la Catedral, y el Palacio Municipal (con una torre consistente con la ‘de la Municipalidad’ que ve Brausen desde Enduro en La vida breve [348]); y la Plaza Alvear, a dos cuadras de la cual están la Jefatura y la Casa de Gobierno. En el río en dirección a Santa Fé hay un islote municipal (llamado simplemente “la isla” por los vecinos) que correspondería a la isla de Latorre de Santa María; la zona tiene varias colonias de alemanes y en la ciudad hay también un puerto, pesca, club de remo (el Paraná Rowing Club) y una rambla costanera de un kilómetro y medio.7 En fin, el único caso de desfase notable con la realidad es el de Rosario (sin artículo) que se encuentra al sur de Paraná y no, como el de Santa María, al norte. La Figura 3 propone una ubicación de la ciudad ficticia y sus alrededores sobre el mapa real del Río de la Plata.
SIMBOLISMO GEOGRÁFICO
Para terminar, intentemos una evaluación de la carga simbólica de esta geografía de Santa María, teniendo en cuenta los cuatro puntos cardinales desde la perspectiva de la ciudad. Hacia el sur se encuentra Buenos Aires. Allí va o dice ir Petrus para intentar salvar el astillero, y allí afirma Larsen, mintiendo, que lo esperan otras ofertas de trabajo (69, 77). En ambos casos y como los dos hombres saben, sus ilusiones se romperían en la gran ciudad. Esta impresión queda reforzada por el dato de que la capital no perdona a los débiles; ello surge de las palabras de Larsen al mucamo del Belgrano, cuya homosexualidad latente sería abusada en ese ámbito: ‘yo conocí a uno que era como vos, hasta parecido físico tenía, que vendía [violetas] en la madrugada, en la calle Corrientes, allá en otro mundo que no conocés, flores para artistas, reas y mantenidas. […] Y dos vigilantes […] lo manotea[ron] al pasar riéndose’ (225). El paralelismo entre este episodio y el de las violetas que le obsequia Larsen a Angélica Inés al principio de la novela apunta a una diferencia entre la capital como impiadosa jungla de concreto y la ciudad provinciana que permite la puesta en escena de una ilusión, por lo menos temporalmente. Esto es consistente con la invención por Brausen desde Buenos Aires, realidad rechazada, de Santa María como espacio de la fantasía; de ahí también que los sanmarianos se quejen de la posición de la estatua de Brausen que mira en esa dirección. Esta visión también encaja con declaraciones del autor en el sentido de que su ciudad aloja una cierta dosis de esperanza. A la pregunta de Chao de si se trata de ‘una ciudad inmunda’, contesta Onetti: ‘creo que incluso en los lugares y en las situaciones más sórdidas de Santa María siempre queda una esperanza. Basta con haber estado feliz allí un día para aceptar la vida y buscar tenazmente el amor’ (210). Quizás sea por esa connotación de Santa María como efímero lugar de los ensueños que Larsen use la imagen de un viaje hacia ella desde el astillero para sus visitas a la glorieta (la duración del figurado viaje así lo sugiere): ‘la glorieta como un barco que lo llevara aguas abajo durante una hora, el doble los días de fiesta’ (186). Con todo, la dura realidad comienza a yacer apenas más allá de Santa María, como lo demuestra Enduro, lugar pobre y asqueroso donde termina Larsen la noche de la última entrevista con Petrus, al llegar a ‘la parte más sucia y miserable’ donde está el cafetín de Barreiro (149). El parecido de este cafetín con el Chamamé podría justificar la posición de este otro antro al sur del astillero, en dirección a la realidad en toda su sordidez.
Un punto con pocas conexiones explícitas es el oeste, donde se halla el río y, enfrente de Santa María, la ciudad que correspondería a Santa Fé en la realidad. Las asociaciones de esta ciudad vecina son parecidas a las de Buenos Aires, pues a través de ella llegan los periódicos y las mercaderías traídas desde la capital. También en esa dirección se encuentra la isla de Latorre, junto a la que se arroja a la muerte Gálvez, lo que confirma las duras connotaciones asociadas con el sur y Buenos Aires.
Si el sur y el oeste significan realidad indeseable, con Buenos Aires a la cabeza, el norte tiene sugerencias algo más favorables. De allí traen las lanchas ‘los pequeños soles de las naranjas cosechadas al norte y en las islas’ (197); es también camino al norte en su último viaje cuando Larsen nota el arribo de la primavera; el que encuentre especialmente ‘difícil de sufrir’ este cambio es significativo de la conciencia de su próximo fin (233). Si tomamos en serio sus palabras, Larsen confirma las connotaciones señaladas de la geografía de Puerto Astillero al norte de Santa María y Enduro al Sur al decir a Barreiro en el cafetín de Enduro: ‘Tengo algunos negocios por el norte de la provincia’ (151); si las tomamos como mentira y como expresión de deseo o aspiración, es interesante que ubique estos negocios ilusorios en el norte. Es en esa dirección en que está Rosario, de donde viene Larsen, según sabemos por referencias en Juntacadáveres (‘Vino hace tiempo de El Rosario’, informa Barthé a Díaz Grey)8 y La vida breve (‘Hubiera querido historiar estos cien días que nos estremecieron. Desde el regreso de Rosario […] hasta este desembarco a Santa Elena; de donde también es posible escapar, Junta’, dice Lanza [362-63]). Es en esa ciudad donde Larsen morirá en la última página de El astillero, como ya vimos. De allí también es la puta del cafetín de Enduro que no se deja malvender, lo que la hace muy parecida a Larsen en la firmeza de sus aspiraciones frente a las duras condiciones de la realidad: ‘Es capaz de pasarse regateando hasta la mañana. Norteña, le dicen; tal vez venga de por donde anda usted ahora. Es dura en el oficio’ (152). El norte, entonces, es lugar de origen de los que aspiran a la ilusión, y adonde retornan vencidos cuando la realidad cancela sus sueños —una realidad que se hace más áspera e implacable cuanto más hacia el sur.
El punto cardinal con asociaciones más positivas es sin duda el este, que en el mapa que hemos propuesto apunta hacia Uruguay. Hay cuatro referencias notables. La primera ocurre al principio de la novela, cuando Larsen está sentado en la mesa del Berna ‘paralelo a la humedad de la avenida Artigas, mirando las caras que entraban, sin otro propósito que la contabilidad sentimental de lealtades y desvíos’ (60). Esta referencia no es sólo geográfica, pues la avenida apuntaría en la dirección de Uruguay, sino también histórica: al prócer oriental (y entrerriano) José Gervasio Artigas, quien lideró la oposición al centralismo de Buenos Aires en los primeros años de la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata. La ubicación física desde la que mide Larsen su aceptación por los sanmarianos lo asocia entonces positivamente con la historia compartida de entrerrianos y uruguayos. Un segundo y más obvio punto de interés hacia el oriente de Santa María es la Colonia suiza, espacio de estabilidad económica y social que tiene no sólo las connotaciones uruguayas del departamento del mismo nombre que ya hemos notado, sino que también recuerda al Uruguay batllista de la primera mitad del siglo y su orgullosa consigna de ‘la Suiza de América’.
Esa cualidad estable del este se concreta también en la atemporalidad que rodea a la plaza vieja, un tercer punto que situamos hacia el noreste de la ciudad y por lo tanto cercano a la Colonia y sus connotaciones de seguridad y confort. Cuando Larsen espera en la plaza a que llegue la hora de las visitas a la cárcel, se siente momentáneamente a salvo, en ‘una zona de sosiego y penumbra’ donde uno se puede refugiar ‘para tratar de sobrevivir los sucesos que la vida iba imponiendo’ (205). Luego, mientras Petrus está redactando el contrato sobre su puesto, Larsen mira por la ventana hacia la plaza y ve un mundo sólido y estático: ‘Y más allá de lo visible, pero alterándolo, el silencio en aquella parte de la ciudad, envejecida y casi inmutable. El enorme caballo sorprendido cuando desplegaba las patas para lanzarse a la carrera’ (214). El contraste con su propia situación precaria y condenada se hace explícito al caminar Larsen hacia el centro, cuando se imagina un pasado en esa zona antigua, donde ‘tal vez todo hubiera sido distinto, tal vez haya deseado siempre vivir en una casa como éstas’ (216). Larsen confronta brevemente su inminente colapso en el frágil y moderno mundo de la burguesía mercantil de ‘las manzanas remozadas del barrio comercial’ (214) con este otro espacio idealizado del este: ‘Todo pudo haber resultado distinto si yo hubiera sido, cinco años atrás, un hombre que acostumbrara recorrer por las tardes los barrios viejos de Santa María. Para nada, por el gusto de visitar estas calles solitarias y acercarme a la noche que se va formando en la altura de la plaza nueva, sin apuro por llegar, despreocupado de trabajos y miserias’ (216, énfasis añadido).
Por fin, también en esa dirección estaría Colón, donde la Tora tiene su exitoso prostíbulo, según se informa en Juntacadáveres (45) y desde donde viene Larsen al principio de El astillero, como hemos visto. Pero la referencia a Colón tiene también un eco biográfico para Onetti, pues así se llama el barrio montevideano donde la familia de Onetti se mudó en 1922 y donde el futuro escritor pasó una adolescencia que parece haber sido muy estable y feliz (Construcción de la noche, 18ff.). (Por cierto Colón, con sus ‘quintas de frutales, viñedos, montes y campos vírgenes [que] rodeaban la escasa urbanización del lugar’ [idem, 20], quizás represente el origen de la función de la naturaleza como locus de escape y salvación en algunos textos de Onetti, como su temprana e inconclusa novela Tiempo de abrazar).
En conclusión, hemos visto que hay un buen nivel de coherencia en la geografía de Santa María en este período, entre La vida breve y El astillero: aparte de algunas lagunas y de un par de inconsistencias notables pero bastante entendibles, podemos decir que a grandes rasgos Onetti fue fiel a su inspiración (la ciudad de Paraná en Entre Ríos que visitó por veinticuatro horas) y coherente en su posterior adaptación literaria. Esto no quiere decir, por supuesto, que Santa María sea un mundo estático a lo largo de la obra de Onetti, como lo demuestran sobre todo los textos más tardíos, escritos desde su exilio en España a partir de 1975. Un caso muy claro es su última novela, Cuando ya no importe (1993), en que la ciudad ha sobrevivido el incendio de Dejemos hablar al viento (1979) pero exhibe importantes cambios, como la nueva ortografía de su nombre (en una palabra), la división en tres zonas (Vieja, Nueva y Este) y el traslado de la casa de Petrus de Puerto Astillero a la ciudad. Estos ejemplos de fragmentación no pueden dejar de estar relacionados con la experiencia del exilio de Onetti (como sugiero en otro trabajo9), experiencia que tiene paralelos con la que inspiró la invención de Santa María. Un ejemplo de este proceso de cambio aparece en una de sus últimas entrevistas desde Madrid, donde Onetti agrega a su ciudad un elemento significativo: ‘Sin embargo, al evocar en este momento la vida de la ciudad y de la colonia […], me agrada imaginar la presencia de una colina cerca de la ciudad desde donde puedo observar las casas y las personas, desde donde puedo reírme o inquietarme’ (Chao, 211). Por lo que hemos visto, no sería extraño que esa colina, que recuerda al Cerro que le dio nombre a Montevideo, yaciese al este de Santa María.
NOTAS
1 Antonio Muñoz Molina, ‘Sueños realizados: invitación a los relatos de Juan Carlos Onetti’, Prólogo a J. C. Onetti, Cuentos completos (Madrid: Alfaguara, 1994), 14-15; 18.
2 Las citas a El astillero remiten a la edición de Juan Manuel García Ramos (Madrid: Cátedra, 1983).
3 Las citas a La vida breve remiten a la primera edición (Buenos Aires: Sudamericana, 1950).
4 Ramón Chao, Un posible Onetti (Barcelona, Ronsel, 1994), 212.
5 Jason Wilson, Traveller’s Literary Companion to South and Central America (Brighton: In Print, 1993), 379-80. Cita pasajes de las pp. 20-21 y 27 de La vida breve.
6 María Esther Gilio y Carlos M. Domínguez, Construcción de la noche. La vida de Juan Carlos Onetti (Buenos Aires: Planeta, 1993), 108; ver también ‘La literatura ida y vuelta’, en Juan Carlos Onetti, Réquiem por Faulkner y otros artículos (Buenos Aires: Calicanto, 1976), 197-98, y Ramón Chao, Un posible Onetti, 209-10.
7 Remito al lector interesado a la página de Paraná en la internet: http://www.entre-rios.com.ar. Agradezco a Federico López su amabilidad en responder a mis varios pedidos de información sobre su ciudad. Mi reconocimiento va también a Ken Campbell por sus planos de Santa María y Puerto Astillero (los dibujos del Hotel Plaza y la iglesia fueron inspirados por fotos de la página de internet de Paraná) y a Alison Aiton por su ayuda con el procesamiento del mapa en la computadora. Gracias a algunos comentarios de colegas sobre este trabajo en el congreso de hispanistas de Hull (abril de 1999), agregué un párrafo sobre el simbolismo del oeste en Santa María.
8 J. C. Onetti, Juntacadáveres (Madrid: Alianza, 2a. ed., 1983), 29.
9 ‘Las marcas del exilio en Cuando ya no importe’, en mi libro Amor y nación (Montevideo: Linardi y Risso, 1997), 135-56.
Fuente:
Bulletin of Hispanic Studies (Liverpool), 77/1 (January 2000), 107-121.