Mónica Salinas
En 2009 se conmemoran dos aniversarios relevantes para las letras uruguayas: cien años del nacimiento de Juan Carlos Onetti y treinta, de la muerte de Juana de Ibarbourou. El reconocimiento de la obra de la poeta (nacida Juana Fernández Morales) fue temprano; el de la creación de Juan Carlos Onetti, tardío.
El 10 de agosto de 1929, en el Palacio Legislativo, América saludó a Juana como la favorita del continente. Juan Zorrilla de San Martín ofició de padrino en esa ceremonia consagratoria, a la que asistió también Alfonso Reyes, crítico y ensayista mexicano de gran prestigio. Era el triunfo de una poesía vital, luminosa, efusiva, indudablemente femenina. De ella, dijo Alberto Zum Felde: "Habiendo llegado al campo de la literatura americana cuando ya declinaba, en un ocaso de oros y púrpuras imperiales, el prestigio del ‘modernismo’, la autora de Las lenguas de diamante aparece expresándose, en general, de manera más sobria y desnuda, despojando el verso de aquel exquisito lujo narrativo y de aquellas musicales sonoridades que fueron norma y prez de la generación de Rubén Darío". No acabaron aquí los reconocimientos: en 1950, ocupó la presidencia de la Sociedad Uruguaya de Escritores; en 1955, el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid premió su obra édita; en 1959, le fue concedido el Gran Premio Nacional de Literatura, que acababa de instituirse. La lista de galardones es más extensa, desde luego, pero no es preciso agotarla para dar idea de la pasión que su poesía despertó en el público y la crítica.
Sin embargo, las encendidas demostraciones de admiración ya habían pasado cuando se publicaron Perdida (1950) y La pasajera (1967) -"libros del tiempo inexorable", según Suleika Ibáñez- que los entendidos señalan como lo más valioso de su creación. Juana estaba sola, y en el lugar de la afirmación vigorosa de la vida característica de sus primeros poemas ("Amante, no me lleves, si muero, al camposanto", había clamado), sólo quedaban signos de la omnipresencia de la muerte: "Ahora tengo la muerte / sin voz, sin ojos, sin color ni cara."
Juana de Ibarbourou murió cincuenta años después de aquellas pomposas bodas con la poesía americana, en el Palacio Legislativo. También allí fue velada, con honores de ministro. Pero ni tan altos honores ni la declaración de duelo oficial tenían ya importancia.
A los cincuenta y tres años, Juan Carlos Onetti recibió por primera vez el Premio Nacional de Literatura. Había desempeñado oficios diversos: portero, mozo, vendedor de entradas en el estadio Centenario y de máquinas de sumar, crítico de cine, secretario de redacción del semanario Marcha. Sobre todo, ya había escrito El pozo (publicada en 1939), novela fundacional de la nueva literatura latinoamericana; a juicio de Ángel Rama, "la primera botella al mar que arrojó una generación de artistas que transformaron las letras uruguayas".
Para entonces, la fama de Onetti en Uruguay era modesta, aunque los biógrafos sostienen que sus lectores -pocos aún- lo seguían con fervor. Buenos Aires, en cambio, lo recibió con entusiasmo, pero la distancia de Montevideo propició una nostalgia que le hacía falta para crear la mítica Santa María.
Del estilo onettiano, dijo Emir Rodríguez Monegal: "Onetti ha creado ya una manera. La coherencia y monotonía del estilo operan…un efecto casi hipnótico sobre el lector. Sirven para comunicar sin fisuras una visión sórdida y obscena del mundo: la visión del testigo, curiosamente limitada y a través de la cual se alcanza como por transparencia otro mundo, más luminoso y entero, en el que viven realmente los personajes… Ésa es también obra de estilo, de un estilo profundo y capaz de trascender la superficie amanerada."
Ese estilo profundo le valió al más notable de los narradores uruguayos la obtención del Premio Cervantes, en 1980. España reconoció así, lo que Uruguay había sido remiso en conceder: un galardón digno de tanto mérito.
Poco tienen en común Juana de Ibarbourou y Juan Carlos Onetti: el enclaustramiento de sus últimos años y su obstinada fe en la literatura. Pero esta última basta para hermanarlos si, como afirmó el propio Onetti, "hay sólo un camino. El que hubo siempre. Que el creador de verdad tenga la fuerza de vivir solitario y mire dentro suyo. Que comprenda que no tenemos huellas para seguir, que el camino habrá de hacérselo cada uno, tenaz y alegremente, cortando la sombra del monte y los arbustos enanos."