Soledad Quereilhac
Mario Vargas Llosa relee, en El viaje a la ficción , la obra de Juan Carlos Onetti y da forma a un ensayo en que la lucidez crítica coincide con tensiones personales y biográficas.
El viaje a la ficción , el nuevo ensayo de Mario Vargas Llosa sobre la obra del narrador uruguayo Juan Carlos Onetti, recuerda, en al menos algunos aspectos, al Leopoldo Lugones de Jorge Luis Borges. En ambos casos, un escritor decide releer toda la obra de otro escritor perteneciente a una generación anterior a la suya; en ambos, también, además de la lucidez crítica y la soltura de estilo, irrumpe la confesión de deudas, admiración o recelo, así como una distribución personalísima de elogios y vituperios acorde con el gusto y la estética cultivada en su propia obra por quien escribe. Si bien en el ensayo de Vargas Llosa no hay nada parecido a ese gesto de reconciliación tardía que Borges ofrecía a Lugones (tan maltratado por los jóvenes martinfierristas en la década del 20), simplemente porque nunca existió combate generacional semejante, sí aparecen anécdotas que ilustran los fugaces chispazos que existieron entre el joven escritor peruano, estrella del boom latinoamericano y leído internacionalmente, y el escritor uruguayo, de demorado reconocimiento y eterno segundón en los concursos literarios. Entre ellas, el comentario de Onetti al quedar finalista del Premio Rómulo Gallegos con su novela Juntacadáveres , en 1966, premio que ganó Vargas Llosa con La casa verde : "Habría dicho que era normal que ganara yo, porque mi burdel tenía una orquesta y el suyo no". O la definición mordaz de Onetti acerca de qué los hacía tan diferentes como escritores: "Que yo tenía relaciones matrimoniales con la literatura y él adúlteras". O finalmente, el chascarrillo sobre el estado lamentable de sus dientes: "En otro tiempo tuve una magnífica dentadura, pero se la regalé a Mario Vargas Llosa".
Con todo, a pesar de la exhibición de estas tensiones biográficas, el ensayo está escrito a la luz de una convicción que es sincera: que Onetti es, junto con Jorge Luis Borges y Juan Rulfo, un verdadero modernizador de la narrativa latinoamericana del siglo XX. El eje que organiza toda su valoración es la cercanía de Onetti con los primitivos contadores de historias, los "habladores" (tema, por otra parte, de una novela de Vargas Llosa, El hablador ), quienes narraban historias a la comunidad por "el afán de escapar de la realidad a la fantasía". Huir hacia la ficción como forma de conjurar la desgracia o la chatura de la vida real es, para Vargas Llosa, no sólo el germen de la literatura, sino, en el caso de Onetti, un tema estructurador de su narrativa.
En esa línea, los momentos más bellos y logrados que encuentra Vargas Llosa en su largo recorrido por los cuentos y las novelas de Onetti son, entre los primeros, el magistral "Un sueño realizado", dada "su concepción de la realidad, totalizadora, [que] incluye lo soñado y lo fantaseado como partes esenciales de la experiencia humana", y entre las segundas, La vida breve , porque describe como pocas novelas "la gestación de la ficción y las relaciones de ésta con la vida". Agrega también a la lista de preferencias personales la primera novela del uruguayo, El pozo , la perfecta en su estructura El astillero y finalmente el relato El infierno tan temido , obra maestra sobre la crueldad humana.
El armado de un sistema de diálogos e influencias entre autores es otro de los intereses del ensayo. En el nivel latinoamericano, está la temprana lectura de Roberto Arlt, autor con quien Onetti comparte ese estilo "crapuloso", también aprendido en el francés Céline. La necesaria asociación con Faulkner aparece asimismo en el ensayo, junto con otra acaso más dudosa con la literatura de Borges. En todo caso, todos los cruces apuntan a resaltar la voracidad lectora de Onetti y la productividad literaria de esas lecturas.
Con todo, aunque el ensayo se mueve con inteligencia dentro de la serie literaria, tropieza y desencanta cuando quiere leer la obra de Onetti en relación con la serie política y social, tanto uruguaya como del continente latinoamericano. A pesar de que advierte con razón sobre los vicios de lectura de la izquierda sesentista (búsqueda de alegorías políticas y categorías revolucionarias en la obra de Onetti, que no las autoriza en términos reduccionistas), el autor termina preso de iguales trampas, aunque pertenecientes a la vereda ideológica de enfrente: decir que la obra de Onetti es expresión de una América latina que desprecia "lo racional y posible en nombre de lo irracional y lo onírico, es decir, lo imposible", y en la que, debido a ello, "los empeños por enraizar las empresas políticas y sociales en la realidad, siguiendo los ejemplos exitosos -los de los países democráticos y libres, y sus políticas reformistas- han fracasado". La fuga hacia lo imaginario en Onetti sería, entonces, el lado bueno (el "buen arte") de un mal continente, encandilado por las quimeras y los dictadores tal como una chica algo inexperta y fogosa elige a un mal pretendiente, sólo porque es apuesto y rudo. En estas zonas, Vargas Llosa pareciera tirar la toalla frente a la complejidad de la historia y la política, y aferrarse a visiones simplificadoras y maniqueas. Acaso el origen de este ensayo -un curso sobre Onetti dictado para alumnos norteamericanos de Georgetown University- haya influido algo en la rápida apelación a ese pintoresquismo continental y a su correspondencia literaria.
Aun así, el mayor atractivo de El viaje a la ficción está, sin dudas, en esa doble dimensión, ese doble disfrute, que permiten las lecturas de un escritor por otro escritor: la sensación de estar transitando por dos mundos literarios que se cruzan en las formas del ensayo y que dialogan entre sí, uno bajo el rol del crítico, el otro bajo la aparente pasividad del objeto.