Cien años del nacimiento de J.C. Onetti

Cristina Peri Rossi

En las antípodas de lo “real maravilloso”, el género que Carpentier considera como latinoamericano por excelencia, toda la obra de Juan C. Onetti, el escritor uruguayo del cual el 1 de julio del 2009 se celebran los cien años de nacimiento, es precursora del llamado “realismo sucio” de la narrativa norteamericana contemporánea y específicamente, de la narrativa urbana rioplatense. “El hombre indudablemente se sabe enfermo en una civilización que ignora estar enferma”, dijo. Onetti hizo de esta enfermedad (llamada melancolía, fracaso y soledad) una poética que atraviesa toda la mitad del siglo XX y que tiene su correspondencia con la temática de la incomunicación y la angustia en el cine de grandes directores como Michelangelo Antonioni o Ingmar Bergman. Autor de numerosos relatos y de varias novelas donde los personajes aparecen y desaparecen (como ocurre en la obra de Balzac), Onetti fue un hombre depresivo, incrédulo, alejado de cualquier mistificación, en primer lugar, de la mistificación de la literatura y de su propia obra. Es célebre su primer encuentro, en la ciudad de Buenos Aires, con el entonces joven, pero ya famoso, Mario Vargas Llosa; se mantuvo callado y hosco casi todo el tiempo, para terminar diciendo que no sabía qué valores literarios le encontraban a Henry James (interrogante que yo también me planteo). Quizás por esos mismos rasgos de su carácter, la tendencia depresiva, la falta de comunicación, un angustiado pesimismo, J.C. Onetti fue muy amado por algunas mujeres, y no sólo por aquellas a quienes despertaba el instinto maternal y de protección. Había, en su desolación, un rasgo de elegante coquetería, una especie de demanda de amor, de un amor que él difícilmente prodigaba.

Con motivo de la celebración de los cien años de su nacimiento están programados muchos actos de celebración, homenajes, a ninguno de los cuales él asistiría, seguramente, y se han publicado varios ensayos y tesis. Quizás el más esperado ha sido el ensayo que le ha dedicado Mario Vargas Llosa, titulado: El viaje a la ficción, editado por Alfaguara, de Madrid. Hasta ahora, la obra de J.C. Onetti ha merecido el interés y la admiración de sus congéneres masculinos; hace mucho tiempo que espero, en cambio, el punto de vista de una lectora y crítica mujer. No se lee de la misma manera siendo hombre o siendo mujer, y tampoco se escribe de la misma manera, aunque la cosmovisión masculina, asentada sobre las diferentes clases de patriarcado, tienda a lo universal, por la alienación social de la cultura femenina.

“Toda la obra de Juan C. Onetti —novelas y cuentos— se anuncia en una de las confesiones finales de El pozo, su primer libro, publicado en 1940”, escribí en el prólogo a la edición de El astillero, Seix-Barral, 1990, reeditada luego por Círculo de Lectores. ¿Cuál es esa confesión que considero la piedra fundacional de toda su literatura? “Yo soy un hombre solitario que fuma en un sitio cualquiera de la ciudad; la noche me rodea, se cumple como un rito, gradualmente, y yo nada tengo que ver con ella.” Ninguno de sus personajes, ni Aránzuru en Tierra de nadie, ni Ossorio, en Para esta noche, ni Brausen, en La vida breve, ni Larsen, en El astillero dejaron de ser ese hombre solitario, incapaz de integrarse, de superar la distancia afectiva y emocional que va de un yo a otro, y confundirse con la materia o con la carne.

De esa frase emblemática de toda su obra, quiero destacar el adjetivo: “solitario”: en efecto, el gran tema de todos sus libros es la soledad. Una soledad ambivalente: es la fuente de angustia, pero, al mismo tiempo, es una señal de identidad, un escudo para protegerse de cualquier ilusión, fundamentalmente, de la ilusión amorosa o sensual. Porque ante el riesgo del desengaño, los personajes de Onetti optan por no tener ilusiones, en una especie de budismo desplazado y sin doctrina. La segunda parte fundamental de esa frase es la presencia de la noche, una noche que rodea al protagonista, pero que también es ajena, extraña: “yo no tengo nada que ver con ella”. Esta confesión es el rechazo a la integración con la naturaleza y con el paisaje que habían propuesto los románticos. Todos los vínculos y las adscripciones humanas son negadas en la obra de Onetti, pero también es negado el vínculo, la proyección en el paisaje urbano. Es la ciudad, es la noche, pero el protagonista (otro yo del autor, como en casi todas sus novelas) no tiene nada que ver con ella. Es curioso cómo, en l940, J.C. Onetti, en una remota ciudad habitada por descendientes de los colonizadores europeos fue capaz de anunciar, con esa frase, toda la literatura de la desilusión, del fracaso y del individualismo que sería la característica dominante de la narrativa de la segunda mitad del siglo XX, tanto en Francia, con Camus, Sartre o André Gorz, como en EE.UU., con Kerouac, Cheever o Salinger, y en Austria con Peter Handke o Barnard. No se trata de influencias; no quiero decir que alguno de ellos leyera a J.C. Onetti, cosa harto difícil dado el eurocentrismo que siempre ha existido; quiero decir que J.C. Onetti vivió y supo describir lo que se llama el aire de una época, la sensibilidad de la segunda mitad del siglo XX, donde las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, el exterminio de judíos, homosexuales y gitanos, y el peligro latente de una Tercera Guerra Mundial definitiva, con las bombas atómicas, sembraron la depresión, el pesimismo y la paranoia en el mundo desarrollado.

Dice J.L.Borges en uno de sus admirables artículos que en la historia de la humanidad no hay más que tres o cuatro cambios de sensibilidad. Uno de ellos fue el romanticismo. Los simbolistas, hijos tardíos de aquéllos, habían elevado a ese rango de rasgo de la modernidad el splenn de Baudelaire. A mediados del siglo XX, en cambio, la angustia se convierte en la emoción dominante, en el sentimiento característico. Se ha producido una fractura entre el individuo y la sociedad que los totalitarismos intentaron suturar con dos utopías: la del superhombre ario y la del “hombre nuevo” del comunismo. En los bordes de ambos sistemas, surge el pesimismo existencialista; el splenn se convierte en la náusea sartreana y el individualismo de la sociedad industrial, en el extrañamiento, la incomunicación de las grandes obras cinematográficas y de la pintura hiperrealista.

Más que cualquier otra, la obra de J.C. Onetti es tributaria de esa angustia, de ese sentimiento de soledad, de no participación, de falta de integración. Como en los cuadros de Hopper, el paisaje urbano del autor rioplatense es nocturno, pero a diferencia de aquel, la ciudad onettiana es una ciudad decadente, mortecina, tan deprimida como sus personajes.   ^
En una especie de ecuación invariable, las fábulas de Onetti repiten el mismo esquema psicológico: aislamiento y soledad, tentación de romperlos, y luego, la confirmación de que son irrompibles, con el sentimiento de que se ha fracasado. Sin embargo, sutilmente, nos engañan: de verdad, nunca lo han intentado. Han sido tan cobardes, tan abatidos, tan ensimismados que ni siquiera lo han intentado. No están de vuelta, como parecen: no han llegado a ir.

No es una literatura del fracaso, como se ha dicho, porque el fracaso implica una empresa. Sólo en El astillero (admirable alegoría de la decadencia de Uruguay, su país de nacimiento) hay un asomo de proyecto, pero el protagonista no lo asume porque crea posible refundirlo, sacarlo adelante, sino todo lo contrario. Como ocurre a menudo en las grandes alegorías de uno de sus contemporáneos, J.G. Ballard, los personajes sólo aceptan el espejo de la catástrofe: la catástrofe ya ha ocurrido en un tiempo anterior, previo a la irrupción del protagonista (en La inundación, o en La sequía, del autor británico, el apocalipsis pasó inmediatamente antes; en lugar de huir, sus personajes permanecen como hipnotizados por una destrucción poderosa que se convierte, sin embargo, en un viaje a sí mismos, a su interior). No sé si J.C. Onetti llegó a leer a J.G. Ballard. Yo se lo recomendé la última vez que estuve con él, el 15 de junio de l986. Estaba convencida de que el autor de Rascacielos y Noches de cocaína, J.G. Ballard, sería una de esas pocas lecturas que J.C. Onetti podría llegar a reconocer como próximas, vecinas. Es cierto que la estética de uno y otro escritor no se asemejan (Ballard es pródigo en metáforas, en descripciones pictóricas, su estilo es el de un poeta que escribe en prosa, en cambio J.C. Onetti es experto en omisiones, elipsis, menos visual y menos metafórico), pero los antihéroes del británico tienen algo de los personajes onettianos: solitarios, encuentran cierto goce en el fracaso, en la ajenidad, en el extrañamiento, en la incomunicación.

En toda la obra de J.C. Onetti no hay una sola historia de amor. Por lo menos de lo que entendemos como “enamoramiento”, o sea, florescencia de lo imaginario, euforia; aquello que los ingleses denominan como “infatuation”. En J.G. Ballard, tampoco. Aunque sus personajes están casados y hasta parecen oscilar, a veces, entre una mujer y otra, se trata de relaciones vacías, huecas, convencionales. Lo más parecido al enamoramiento que hay en algún relato de J.C. Onetti es cierta velada atracción por las adolescentes hurañas y esquivas, pero miradas desde lejos, con la óptica del fracaso anticipado.

Tampoco hay una épica de la amistad, “la gran pasión argentina”, como la llamó J.L. Borges.

En uno de los sus relatos antológicos, “Bienvenido, Bob”, en cambio, hay dos pasiones: la rivalidad entre hombres, el desprecio, y la venganza. Es uno de sus relatos más complejos psicológicamente, mejor perfilados, y donde se revelan algunos de los temas del autor: el incesto velado, el deseo de un hombre hacia una mujer más joven, y la hostilidad del hermano de la mujer hacia el protagonista. Y como tema subyacente —o sea, el más importante—el pasaje de la juventud a la edad adulta como fracaso, desilusión y renuncia. Bob desprecia a este cuarentón que de-sea a su hermana, lo desprecia y lo envidia, y consigue separarlos; pero en el reencuentro final (que no es el del protagonista con la mujer deseada, imposibles Romeo y Julieta), Bob ya tiene treinta años, y esa es la venganza: comprobar cómo ha perdido él también la juventud. Parece imposible separar ciertos temas de la narrativa de J.C. Onetti (el desprecio ambivalente de las mujeres, la nostalgia por la juventud perdida, la soledad inevitable) de la estética del tango. En el relato “El perro tendrá su día”, hay un diálogo entre el asesino y el comisario que parece la letra de más de un tango. El asesino dice: “Todas las mujeres son putas. Peor que nosotros. Mejor dicho, yeguas. Y ni siquiera verdaderas putas”. La violencia de la imagen nos deja boquiabiertos: las mujeres son “yeguas”.

Hay otra lectura posible y necesaria de su obra: la misoginia, la incapacidad de amar a las mujeres. Quizás todo el fracaso y la melancolía vienen de allí, de esa imposibilidad de darse, de entregarse, de dialogar, en suma, con La Otra. Barcelona, abril de 2009