Alfonso Montoro
La primera sensación que tuve cuando leí por primera vez a Juan Carlos Onetti, fue como la de recibir un derechazo en el que el púgil ya antes, y diligentemente, había metido la cintura. Volví sobre algunos de los párrafos del cuento como para convencerme de algo que me era difícil explicar. No sé cuánto tiempo pasó desde ese día hasta que le vi en unas de sus escasas apariciones televisivas ?en un programa que hoy, como no es de extrañar, carecería de audiencia?: Otro golpe, esta vez un crochet, golpeó mi mentón. Frente al periodista, un tipo impenetrable, ausente, como hastiado antes de que comenzara la entrevista, que a duras penas si contestaba; tomándose todo el tiempo oportuno para encender un cigarrillo y darle una calada, o vagabundeando todo su hermetismo Dios sabe dónde.
Seguramente entre estas dos anécdotas o puede que después, fuese que yo me internara en lo infinito de su obra. Y digo así porque la imaginación no entiende de limitaciones, porque el personaje (narrador, narrador-testigo) actúa poco, prefiere el recuerdo, le basta con observar o entregarse a la confabulación. En sus volúmenes no hay mucho de prodigioso o exótico como en algunos de sus contemporáneos. Ahora nos encontramos en el escenario donde se ha librado la batalla del paso del tiempo: terrenos devastados, abandono y desconcierto; con una ternura ocasional servida como punto de fuga y diafonía. Entonces, con arrojo, al hombre sólo le queda por asumir su derrota, la certidumbre de que no se puede ganar: ¿Qué más da entonces contestar a las preguntas del periodista?
Todo lo inabarcable del inventario de Onetti se nutre de su virtuosismo técnico, que habilita a este uruguayo de alta graduación para hacer lo que le viene en gana: simultaneidad del uso del tiempo en espacios que se fragmentan, elocuencia en las elipsis, tensión estilística o cambio constante en el ritmo narrativo ?desde el vértigo hasta llegar a una relevante densidad? o punto de vista, etc. El resto posiblemente se volvería a situar en la ficticia pero verosímil Santa María, a través de los ojos de Juan María Brausen o Díaz Grey: Vacío, conciencia del absurdo ?madurez?, nuestro pasado a cuestas y la muerte como único destino; y preguntas que todavía hoy me (nos) siguen asaltando, y que tal vez no valga la pena contestar.