El astillero, una asignatura pendiente

Renzo Miranda Zegarra

Parece mentira que un escritor de la talla de Juan Carlos Onetti no haya disfrutado del reconocimiento sino tardíamente. Los doce libros de ficción que componen su prodigiosa obra tuvieron que esperar la justicia de un público implacable que demoró en superar su visión limitada de la novela, aquella que antes de los años sesenta se entusiasmaba con los escenarios y personajes rurales y hacía denuncia social, descuidando, casi siempre, el arte de narrar una buena historia.

No resulta extraño, pues, que las obsesiones recurrentes, y sórdidas, del escritor uruguayo —la soledad, la incomunicación, la marginación, la alienación, la angustia—, enmarcadas siempre en contextos opresivos y sombríos, no satisficieran las demandas de los lectores de aquel tiempo romántico de paternalismo indígena, que, además, era poco proactivo para participar de las innovadoras audacias formales de una narrativa exigente como la onettiana.

Estos rasgos, que incluyen a Onetti dentro de la nómina de los grandes escritores del celebrado boom latinoamericano, y que hoy son patentes en buena parte de la literatura de todas las latitudes, alcanzan su máxima realización en un libro imprescindible, El astillero. Publicada en 1961, la novela representa un cuadro desolador de la existencia humana en un lugar mítico, Santa María, empañado de ambigüedades, momentos metafísicos, miseria moral y frustración.

El astillero narra el retorno de Larsen a Santa María, esta vez con el propósito de poner en marcha un decadente astillero, lo que asume como una oportunidad para reivindicarse de fracasos anteriores. A fin de conseguir la efectividad de sus pretensiones, hace la corte a la hija del propietario, Angélica Inés, quien padece de retraso mental.

La naturaleza de Larsen es eminentemente descabellada y, sin embargo, ingenua, puesto que a todas luces el proyecto del astillero es un delirio de grandeza absurda a la que lo ha empujado Jeremías Petrus, el dueño. Abatido por la abrumadora realidad, Larsen, que no ha podido conquistar a Angélica Inés y tampoco salvar el astillero, abandona Santa María, muriendo de pulmonía durante un viaje en una lancha.

Desde esta perspectiva, El astillero es la patética historia de los últimos esfuerzos de un hombre por creer en la vida, en un orden, en una posibilidad de utilidad social, imponiéndose metas reñidas con la ética y el sentido común, pero que termina dándose de bruces contra la falacia mayúscula de toda esa tentativa de dignidad, desde sus inicios y pormenores hasta su sórdido desenlace.

La pluma de Onetti es descarnada al extremo, niega cualquier atisbo de esperanza, parece concebida para deletrear la nula oportunidad de salvación de su protagonista. El discurso onettiano, pletórico en paradojas, conjeturas y dudas, se sirve de una sintaxis peculiar y equívoca, muy acorde con las fluctuaciones de la voz narrativa, que explica y a ratos desmiente la verdadera psicología de los personajes.

Y al cerrar el libro, el lector tiene la certidumbre de que El astillero es un mundo propio; se convence de que en sus páginas vívidas no hay propósitos edificantes ni moralejas; antes bien, una persuasión suficiente para afirmar que El astillero es una novela paradigma, porque en ella el dominio de la palabra y los sesudos ardides de la forma novelesca logran lo esperado de toda gran historia: un efecto estremecedor en el intelecto y el alma humanos.

Como Cien años de soledad, de García Márquez y La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes, El astillero es un libro fundamental para adentrarse en la pluralidad de posibilidades narrativas que es el continente latinoamericano.