Onetti

Felix Grande

Me asusta saber que él es uno de mis maestros y me enorgullece tener pruebas de que es mi amigo. Mi orgullo no nace del hecho de que Onetti es famoso desde hace años, sino de que siempre fue grande. Siempre. Desde que publicó su primer libro. Fue una novela y se llamaba El pozo.
Esa novela viajó desde la intimidad de una moral y una conciencia hasta la clandestinidad de un destino que habría de mantenerla prácticamente en el anonimato durante varias décadas. Hasta treinta o cuarenta años más tarde de su publicación no se reeditaría. Modas, intereses, políticas editoriales, esnobismos estéticos, camarillas ideológicas y otras formas más o menos grasientas de la injusticia o del error acorralaron con silencio a aquel libro y a casi todos sus libros posteriores.
Acorralaron a aquel libro que inauguraba en las letras americanas (o casi inauguraba) una aventura narrativa necesaria y, en el caso de Onetti, impar: la expresión de un existencialismo no programático sino padecido: el existencialismo que define a una cultura urbana, desdichada y conmovedora.
En la literatura escrita en idioma español sólo Roberto Arlt había mostrado un amor furibundo, inclemente y casi vengativo por esa novia desesperada, neurótica y violentamente alienada que es la vida en la gran ciudad, esa vida erosionada por la ambición y la mentira, turbiamente contestada por la delincuencia y la desgracia, y emocionada por la marginación. Antes que él, sólo Roberto Arlt había compuesto una epopeya de los marginados. Con una diferencia: Arlt era menos artista de la palabra, Arlt nunca poseyó la lujuria verbal de Onetti, nunca ejerció tan caudalosa disciplina no ya para expresar una moral, sino para dominar genialmente al lenguaje que la sostiene.
Y este hombre de genio, este compositor de una vastísima sinfonía de la marginación, pagó por su osadía su maestría el precio que suelen pagar los defensores de las causas perdidas: se convirtió en un marginado. En el banquete de la literatura, los anfitriones (editores, suplementos culturales de los diarios, revistas especializadas, jurados de los premios, hispanistas, temarios de la Universidad, redactores de tesis de doctorados, críticos de novelas, todos, todos los que poseen esa cosa a veces tan odiosa que llamamos poder) fueron dejando al margen la persona, la obra, la memoria de Onetti. Algunas veces le sirvieron un lato de migajas: en algunos concursos, novelas suyas inconcebiblemente adultas quedaron finalistas, desplazadas en ocasiones por otros libros a los que misericordia del olvido les ha borrado hasta la inmadurez: y esto ocurría hace ya veinte, treinta años. Era el precio que paga el inconforme, el artista de sinceridad intachable y cruel, por escribir con la dura moral de no querer complacer nunca a nada, a nadie, excepto a la verdad y al lenguaje. Es el precio, también, que pagaba un altísimo artista americano por serlo hasta las heces, hasta la identificación con el orgullo silencioso y la pobreza y el desdén de aquellos barrios de Montevideo y Buenos Aires, cuya vida social se emborrachaba en las tabernas o se erizaba en reyertas, y cuyos héroes tenían el oficio de putas, jugadores, anarquistas, ladrones, drogadictos, proxenetas, redactores de policiales y poetas llenos de congoja y de asco. Era el precio , también, que a menudo se pagaba en aquel entonces por no tener un valedor en alguna de entre las mafias culturales: por ejemplo en la de París.
Cito a París intencionadamente, no por resentimiento ni por provincianismo (¿y qué es provincianismo: no haber nacido en toda Europa?), sino porque algo a cuento viene la palabra París con respecto a aquel libro auroral de Onetti, El pozo. La distancia entre la estructura moral complacida y burguesa, la constante de soledad y de asco, la furia lenta ante el dolor urbano son los protagonistas de aquel libro que vio la luz (pero muy poco: casi todos los ejemplares de una edición de no más de quinientos se pudrieron en el sótano de una imprenta o entre carpetas viejas y discos de Gardel) en el año 1939.
Años después , una novela con parecido asunto le dio la vuelta al mundo. Se publicó en París. Se llamaba La náusea. Hace años escribí unas frases que quiero repetir aquí: “antes que Sastre, Onetti ha escrito La náusea desde varias perspectivas, con más inteligencia que Sastre y con mejor estilo. Si Sastre es en su libro el teólogo y el entomólogo del asco, Onetti es su artista. Si Sastre analiza el asco, Onetti lo expresa: el primero con perseverancia, con frialdad, quizá con una complacencia remota y despegada; el segundo con emoción, con horror y coraje. Para Sastre es un tema, para Onetti es un compromiso. Sastre lo reflexiona, lo envasa y lo entrega, ya manufacturado. Onetti lo sufre y lo contagia. Sastre lo describe como un profesor. Onetti lo cohabita como una víctima.”
Y escribió estas palabras alguien que pertenece a una generación que ha leído con atención y hasta con saña los libros de aquel gran profesor de la moral civil y gran espía de los poderosos; pero también escribió estas palabras alguien que sabe que en Onetti tenemos a un espía de la inmoralidad de la vida y a un profesor en el arte de amar a los que jamás tienen poder, ninguna forma de poder.
Desde Roberto Arlt (quien, lo repito, nunca tuvo la humildad ni la fuerza necesarias para acrecentar las dimensiones poéticas del idioma, aunque también logró reivindicar la moral turbulenta de la marginación y por eso Onetti lo sigue llamando su maestro) nadie había escrito, ni escribiría después, excepto Onetti y dilatando a Arlt, un poema de amor tan áspero y tan bello, tan portentoso y tan sombrío, para eos harapos sociales que con suma prudencia el poder aleja de sí; para esos empujados que celebran sus cumpleaños en la taberna o el burdel, que no disfrutan de otra felicidad que la de romper y romperse; son esos periféricos cuyo champán se llama cocaína, cuyo descanso suele ser el desprecio, cuyo coraje incluye hasta el abrazo con la cobardía, cuya visita dominical al zoo consiste en observar las cucarachas o las ratas de la pensión más barata del barrio, y cuyas borracheras no concluyen en la tisana y la bolsa de hielo, sino en el vómito solitario y la maldición sin destino; esos orilleros del mundo que gozan del amor a cambio del dinero o la vergüenza, que están completamente exiliados de la risa y de la mañana, que toman su ginebra desastrosa y que en lo más profundo de su cansado y depravado corazón contienen la poseía cruel de no pensar más en sí mismos.
Hay en Onetti otros asuntos, desarrollados con igual maestría y con la misma sinceridad denodada y hostil; pero este asunto, esta épica de la marginación, nadie la ha escrito como él en idioma español. En la historia de la protesta (y la mitad de la literatura se ha sumado siempre a esa historia) nadie ha escrito con más piedad sobre la impiedad de la vida. Y no conocí a nadie que pagase un precio tan alto por ese áspero, asqueado y testarudo acto de amor. Ha pagado una porción impetuosa de desdichas y bárbaras cuotas de salud. Su madrigal furioso y sistemático a la marginación le ha llevado al alcohol, al barbitúrico, al remordimiento, al insomnio y, sobre todo, a aprender ese atroz oficio de hablarle a la muerte de tú.
¿Es esta su lección? ¿Es éste su consejo a los jóvenes escritores? He escrito alguna vez que nosotros, los que formamos la infantería de la literatura, cuando con avaricia soñemos componer un gran libro, haremos bien en recordar que la genialidad es combustible y que el dolor la enciende. Que ellos, los creadores, no son privilegiados. Alguien les ha llamado santos: por lo menos son mártires. Y entre todos los grandes artistas que la memoria guarda, pocos habrá que, como Onetti, hayan pagado tanto oro vital por denunciar la hojalata del mundo. Es esa, me parece, su lección; es ese, creo, su callado consejo oscuro. Allá vosotros, nos susurra su obra, si os metéis en este oficio de contar la vida. Allá nosotros, en efecto. Podemos infectarnos con la pus de la complacencia, la difteria del éxito permanente angustioso y trivial, la deshonestidad de ser sinceros sólo a medias o disimular las mentiras. Pero si en nuestro dudoso porvenir nos aguarda un gran libro, está al final de una denodada escalera, cada uno de cuyos escalones contiene una renuncia y acaso la amistad de un maldito, cada uno de cuyos escalones contiene el mal olor del apartheid, el chirrido del ghetto, el semblante de los desesperados, la cicatriz del desaliento, la droga de la soledad, desde cada escalón se vocifera un himno radical al demonio: que ni siquiera existe.
Y todas esas son las causas por las que me asusta saber que ese hombre áspero y santo es mi maestro, y también por las que su amistad me produce un aterrado orgullo y una despiadada alegría.