Luis Armando González
Además de su abundante producción literaria, Mario Vargas Llosa añade a su obra una interesante teoría de la novela que no sólo ha sido elaborada en importantes estudios, como Cartas a un joven novelista y La verdad de las mentiras, sino que ha sido aplicada en el análisis de autores ciertamente relevantes, como es el caso de Gustave Flaubert y Víctor Hugo.
En la visión de Vargas Llosa, una auténtica novela lo es en cuanto que crea una realidad ficticia que tiene visos de realidad verdadera para sus lectores y lectoras, que se creen la mentira que se les cuenta –por la forma en la que su autor lo hace— como si fuera verdad. Es la célebre tesis de que las novelas cuentan mentiras como si fueran verdad, que Vargas Llosa ha sostenido en incontables ocasiones y a cuya demostración ha dedicado penetrantes ensayos de crítica literaria.
A la luz de esa conjetura es que Vargas Llosa ha examinado, en su más reciente ensayo, titulado El Viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti (Madrid, Alfaguara, 2008), la obra de Juan Carlos Onetti (1909-1994). Para el autor peruano, la producción literaria de Onetti, sobre todo en sus novelas y cuentos más logrados –Para esta noche, La vida breve, El astillero, Juntacadáveres, “Un sueño realizado”, “Bienvenido, Bob”, “El infierno tan temido”, “Jacob y el otro”— continúa en el presente una vocación que viene desde los albores de la humanidad: la vocación de inventar historias “para de ese modo conjurar nuestros miedos y escapar a nuestras frustraciones, realizar nuestros anhelos recónditos, burlar la vejez y vencer a la muerte, y vivir el amor, la piedad, la crueldad y los excesos que nos reclaman los ángeles y demonios que arrastramos con nosotros, multiplicando de esta manera nuestras vidas al calor del fuego que chisporrotea de esa otra vida, impalpable, hechiza e imprescindible que es la ficción (Ibíd, p. 31).
Con Onetti se actualiza, de nueva cuenta, el viaje a esa otra realidad en la que se conjura la realidad presente con sus terribles limitaciones y miserias. Muchos otros han hecho lo mismo antes que él, “pero acaso en ningún otro autor moderno aparezca con tanta fuerza y originalidad como en las novelas y cuentos de Juan Carlos Onetti, una obra que, sin exagerar demasiado, podríamos decir que está casi íntegramente concebida para mostrar la sutil y frondosa manera como, junto a la vida verdadera, los seres humanos hemos venido construyendo una vida paralela, de palabras e imágenes tan mentirosas como persuasivas, donde ir a refugiarnos para escapar a los desastres y limitaciones que a nuestra libertad y a nuestros sueños opone la vida tal como es” (Ibíd., p. 32).
Esa otra realidad construida por Onetti –ese refugio ficticio elaborado literariamente— es una realidad en la que se niega la mediocridad, el acomodamiento, la cotidianidad corrosiva, el éxito fácil y la adaptación pasiva a las exigencias del medio que la vida real exige e impone a los buenos ciudadanos y ciudadanas. En esa otra realidad lo que predomina es la villanía, la podredumbre, el vicio, la prostitución, los bajos instintos y la ausencia de perspectiva acerca de una vida mejor. Como dice Vargas Llosa, esta realidad está marcada por la fatalidad. Y quienes viven en ella no pueden escapar de esa fatalidad, lo cual les lleva a huir de sí mismos, “refugiándose en el juego, en la farsa, en la ficción. Eso es la literatura –la realidad inventada con la fantasía y la palabra— en el mundo de Onetti: el simulacro que permite vivir en la ilusión, transitariamente a salvo del horror de la vida verdadera”(Ibíd., p. 163).
Pero el mundo inventado por Onetti no es un mundo bonito y feliz; más bien, es del mundo bonito y feliz de la cotidianidad acomodada que sus personaje quieren ponerse a salvo. Es por eso que “sus historias ocurren en un mundo que irremisiblemente se va hundiendo, corroído por el absurdo, la injusticia, la violencia, víctima de un mal recóndito, congénito que, maldición divina o sino infernal, va acabando con él a pocos, un mal o destino colectivo del que las desgracias y fracasos individuales son los síntomas y las consecuencias” (Ibíd., p. 162). Huyen a ese mundo corroído por el absurdo, la injusticia, la violencia y la sordidez quienes son infelices en el mundo real de la mediocridad y la medianía en la que viven las personas normales. Huyen a ese mundo sujetos como Baldi que, en ese mundo ficticio –en el que se transforma en cazador de negros en Sudáfrica, borracho, vividor y narcotraficante—, deja de ser lo que tanto detesta:
“comparaba al mentido Baldi con el mismo, con este hombre tranquilo e inofensivo que contaba historias a las Bovary de Plaza del Congreso. Con el Baldi que tenìa novia, un estudio de abogado, la sonrisa respetuosa del portero, el rollo de billetes de Antonio Vergara contra Samuel Freider, cobros de pesos. Una lenta vida idiota, como todo el mundo” (J.C. Onetti, “El posible Baldi”, En Cuentos completos. Madrid, Alfaguara, 2003, p.54).
Contra esa “lenta vida idiota” es que se revelan los protagonistas de las novelas y cuentos de Onetti. A esa lenta vida idiota contraponen una realidad ficticia que termina por entreverarse con aquélla, pretendiendo imponerle sus fueros, forzándola a dejar de ser lo que es. La realidad ficticia construida por los protagonistas literarios de Onneti es parte de otra ficción que los engloba y de la cual este último es el creador. Onetti fue un creador de un mundo ficticio –todo su obra estuvo animada por ese afán deicida— en el cual sus moradores crean otro mundo ficticio, cuyo centro es la ciudad invendada de Santa María, que les permite escapar de su vida real. Es decir, Onetti “deslinda lo que pertenece a la fantasía (Santa María) de la realidad (Buenos Aires), donde se halla la persona que crea ese producto de la imaginación, para refugiarse allí después de haber adquirido 'la seguridad inolvidable de que no hay en ninguna parte una mujer, un amigo, una casa, un libro, ni siquiera un vicio, que puede hacerme feliz'” (Ibíd., p. 112). Y, demás está decirlo, esa Santa María (inventada por los protagonistas literarios del escritor uruguayo) y ese Buenos Aires (donde ellos viven su vida real) son una invención de ese deicida que fue Juan Carlos Onetti.
Este, al igual que los héroes y heroínas de sus novelas y cuentos, creó una realidad ficticia –su obra literaria— en la cual las limitaciones y miserias de su realidad personal y social quedaran redimidas. En palabras de Mario Vargas Llosa, hay en la obra de Onetti
“una protesta contra la condición que, dentro de la inconmensurable diversidad humana, hacía de él una persona particularmente desvalida para eso que, con metáfora feliz, se llama 'la lucha por la vida'. La inteligencia de que estaba dotado, en vez de endurecerlo, lo debilitaba para aquella competencia en la que gana no sólo el más fuerte, sino el más entrador, vivo, pillo, simulador y simpático. Inteligencia, sensibilidad, timidez, propensión al ensimismamiento y una incapacidad visceral para jugar el juego que conduce al éxito –las despreciables 'concesiones' a las que fulmina en sus historias—, lo fueron marginando desde muy joven, alejando de aquellos que persiguen y consiguen con denuedo 'labrarse el porvenir'. No participó en dichas empresas porque carecía de esos apetitos y se sabía derrotado de antemano en semejante designio... El fracaso le garantizaba, al menos, cierta disponibilidad – tiempo— para sumergirse en la literatura, quehacer en el que sus limitaciones de la vida real desaparecían y sus virtudes –la sensibilidad, la inteligencia y su cultura—, que en la vida real eran más bien un lastre, le servían para fantasear una existencia infinitamente más rica, más bella y sensible que la de su rutina cotidiana”(Ibíd., pp. 225- 226).
Así es como Mario Vargas Llosa ve a Juan Carlos Onetti y su obra. Además de homenaje para Onetti, el ensayo del escritor peruano es una oportunidad para la confirmación y puesta a prueba de su propia teoría de la novela. Así, al leer el ensayo de Vargas Llosa se gana por partida doble: se logra un acercamiento crítico a la obra de Juan Carlos Onetti y se comprenden las claves analíticas de la teoría de la novela –puestas en práctica— que Vargas Llosa ha venido puliendo desde su ensayo Gabriel García Márquez, Historia de un deicidio y que en sus estudios más recientes –el dedicado a Víctor Hugo, La tentación de lo imposible, y éste dedicado a Onetti— ha alcanzado su elaboración más acabada. Como creador que es, al igual que Onetti, de mundos de ficción –mundos ficticios que al final son uno solo: el mundo de mentiras verdaderas creado por la literatura de todos los tiempos—, al hablar de la obra del uruguayo, Vargas Llosa habla de sí mismo y de su propia obra.