Hugo Giovanetti Viola
0.
La Programación Divina quiso que Gabriel Barnes tocara la guitarra en una banda recién formada que me pidió consejo y enseguida engranamos, porque los padres eran Ayax Barnes y Beatriz Doumerc, un plástico y una escritora argentinos que vivían con muchos hijos en una cabaña quinchada del otro lado del monte y pertenecían a la new-age revolucionaria sesentista. Les decían los Pachos.
La Pacha es una mezcla de Úrsula de García Márquez y Maga de Cortázar dotada de un entusiasmo que parece ciego y loco pero que es imperturbablemente congénito. Y un día Gabriel me contó que la madre había visto El número y el sitio, la novelita-pocito que terminé presentando al concurso municipal, en la mesa de luz de Onetti, y que el Viejo le comentó que era una maravilla.
Entonces Gabriel me llevó a conocerlo al Municipio, donde Juan trabajaba como Director de Bibliotecas, y cuando aquel hombre de cincuenta y ocho años me dio la mano con un cariño sin tiempo, para hablarlo en Paco Espínola, no pude darme cuenta que la amistad había nacido en el momento de leerme.
Yo la mandé premiar, explicó: Pero al final publicaron una selección de cosas cortas y se ve que no cupo. Nunca más vas a escribir nada que tenga esa frescura.
Ese día nos contó que acababa de recibir un capítulo de El astillero traducido al inglés y que no lo convencía porque no estaba bien dado el clima, que era lo más importante. Yo le comenté que a mí me encantaba Tan triste como ella y chistó: Sin embargo dijeron que parecía una novelita rosa. Pero es por el suicidio.
Pero lo extraordinario fue escucharlo hablar de la novela que estaba escribiendo y que era lo que más quería de todo lo que había hecho, Nuestra Señora, inspirada en la cola del entierro de Eva Perón, donde la gente fue capaz de vivir una semana haciendo hasta el amor en la calle con tal de contemplarla. A ella.
La Inmaculada, Juan, la Inmaculada. Un par de años después, cuando yo ya caía de vez en cuando por el apartamento de Gonzalo Ramírez, apareció Contramutis, la novela de su hijo Jorge editada por Seix Barral y una noche Dolly me prohibió pasar con cara de velorio y me explicó que Juan había tirado Nuestra Señora a la basura. Jorge Onetti, además, acababa de declarar en Marcha que a su padre le había crecido la carrocería pero seguía teniendo un motor de Volkswagen. O algo así. Y recién al leer Contramutis y ver el tema de la cola de Evita rozado mediocremente entendí hasta cierto punto la lamentabilísima automutilación.
Pero estas son tragedias familiares. Mi no-maestro, en cambio, a la hora de pasar cuentas siempre puntualizó, tanto en el Uruguay como en España, que la fama le había llegado veinte años tarde. Y esas son tragedias culturales.
Porque Juan Carlos Onetti era muy neurótico y humilde y tímido y ferozmente auténtico y definía a la fama como a un simple malentendido, pero lo que le dolía y lo asqueaba hasta desesperarlo era la incomprensión de la pureza.
Y cuando nos hicimos los machitos con Gabriel Barnes y prepoteamos al portero del Solís para que sacara al Viejo de una reunión de la Comisión de Teatros Municipales y le preguntamos cómo se hacía para viajar a Santa María, el Tata Brausen sopló el humo delicadísimamente y nos explicó que quedaba muy lejos, allá por Tucumán, y que nos convenía conformarnos con Santa María de los Buenos Aires. Y habrá pensado: El bordecito de plata de la nube negra alcanza.
Y cuando a mí se me desbocó el 34 oriental y publiqué El ángel a los veintiún años y La rabia triste a los veintitrés y empecé a figurar hasta en la Mesa Política de Escritores del Frente Amplio al lado de Jesualdo, Idea Vilariño, Benedetti, Ibargoyen, Gravina y tutti quanti con la manija del Partido Comunista que al final terminó por afiliarme, el Tata Brausen era capaz de ridiculizarme en público o me mandaba mensajes vía Dolly, que una noche me invitó a acompañarla con una milanesa mientras el Chiqui llegaba del trabajo y de golpe comentó: Juan siempre dice que con tu sensibilidad y tu talento vos tendrías que escribir mucho mejor.
Eso dolía de veras. ¿Qué habrá sentido Schiaffino cuando le dio un ataque de nervios en la bañadera que los llevaba a Maracaná y el Negro Jefe tuvo que encajarle un cachetazo para ponerlo a la altura de las circunstancias? Seguramente la obligación de encontrar por lo menos una pelota y mandarla a guardar, en el sacratísimo nombre de la Inmaculada.
La Programación Divina te da la chance y no podés fallar. Por eso, cuando mi no-maestro nos acompañó hasta la puerta del despacho municipal aquella primera mañana y me volvió a dar la mano sin sonreír fue como si dijera: No te traiciones nunca.
1. Los niños en el bosque
Cuando la revista mexicana Plural me propuso escribir un artículo a propósito del Premio Cervantes que acababa de recibir Juan Carlos Onetti, rechacé de inmediato la posibilidad de amontonarle un homenaje más.
Preferí navegar corrientes peligrosas y fraguar una suite donde se acollararan pantallazos inéditos de aquel mito en embrión que nos tocó vivir en el apartamento de Gonzalo Ramírez. Ya se ha hablado en simposios de aquellos no-discípulos que frecuentábamos el habitáculo con balcón al Blue Star (un desafortunado club de básquetbol de 3ra. de ascenso) hace década y pico. Alguien ha dicho, incluso, que quien firma estas notas dejó de escribir y terminó vagando por el mundo como un krishna o algo por el estilo. No me imagino qué puede tener que ver esta disparatada burla con Onetti o conmigo. Y casi la agradezco. Ahora me toca el turno de testimoniar.
La culpa la tuvo Guido Castillo por haber anotado -en un muy difundido suplemento que publicó el diario El País hace casi dos décadas- que Juan Carlos Onetti vivía la mayor parte del año en un lugar llamado Santa María.
Yo entonces no entendí lo que quería decir. Ya me había deslumbrado con la primera reedición de El pozo cuando estaba en segundo de Preparatorios y arruinado las vacaciones próximas por leer Tierra de nadie, que me cayó en el alma como un cóctel de barro. Ese año Gabriel Barnes me llevó a conocer al Viejo al Municipio y acabé por husmear el habitáculo de Gonzalo Ramírez donde no se adoraba al Buda estatuizado en la mesa de luz sino al que fabricaba su leyenda en la cama, toda vez que el cariño le dejaba ofrecer una paciencia huraña (si caían chiquilinas la cosa cambiaba: lo llegué a ver salir en pleno robe de chambre, ofreciendo su mano encantadoramente).
Aquel año me tragué El astillero, La vida breve, Una tumba sin nombre -como se llamaba en la primera edición- y un prestado ejemplar de El infierno tan temido del que hablaré después. Quiere decir: conocí Santa María. Y entonces sucedió. En las vacaciones del 67 nos íbamos a Buenos Aires con Gabriel y a mí se me ocurrió preguntarle al Viejo cómo se hacía para llegar a Santa María.
Gabriel se entusiasmó. Onetti estaba sesionando con la Comisión de Teatros Municipales y cargoseamos al portero que custodiaba una escalera lateral del Solís hasta que fue a llamarlo y nos hizo subir el alfombrado púrpura: el viejo nos miraba con una pose exacta de maestro recostado en una balaustrada y un agradecimiento paralíticamente silencioso por haberlo librado de la augusta sesión. Conversamos un rato sobre Faulkner y Hemingway y Céline y Dos Passos hasta que me animé a plantearle lo de Santa María. Onetti nos miró con toda la confianza, engendradora del respeto y la delicadeza, que se puede otorgarle a la inocencia pura.
No: les queda muy lejos, dijo casi enseguida: Allá por Tucumán. Les alcanza con ir a Santa María de los Buenos Aires. Y nos prensó la mano y nos miró salir quién sabe con qué asombro. Estoy leyendo el Junta, gritó Gabriel contento mientras dábamos saltos para bajar al mundo por la pendiente púrpura. Hacés bien, dijo el Viejo, sin demasiadas ganas.
Onetti siempre tuvo la implacable virtud de leer los manuscritos que se le deslizaban debajo de la puerta, sin importarle quién era el autor o qué trabajo diera descifrar cualquier caligrafía. Después hacía pasar a los que le golpeaban -en caso de no estar el maldito cartel con los osos hibernantes clausurando la entrada- y daba el veredicto. La función podía ser con el peor de los vinos o el mejor de los whiskies, Gardel intercalado y Dolly consolando a los ejecutados con la mudez auténtica de María Magdalena.
La noche que le llevé mi primer libro -publicado en el 69- Dolly me dijo que Juan no me podía atender porque estaba escribiendo. Le fue a mostrar el libro, sin embargo, y el Viejo me gritó enseguida que pasara: agregó lentamente una frase al cuaderno y me la hizo firmar. Soy un animal por haber interrumpido una obra maestra, fue lo que rubriqué. Y el capítulo trunco pertenecía a Dejemos hablar al viento, por aquel tiempo rotulada como la policial.
Esa noche le pedí que vichara adelante mío uno de los cuentos que no le había mostrado antes de publicar. Lo leyó -cabeceando o haciendo algunas trompas de desaprobación- y después firmó Onetti debajo de la fecha que remataba el cuento. Nada más.
Otra noche me llegó a sugerir -con un prolijo relato mecanografiado en la mano- por qué no me dedicaba exclusivamente a dar clases de música. Eso es hermoso, dijo. Y yo tasqué la amohada con lágrimas etílicas mientras amanecía. Vale decir: ningún muchacho rana que haya intentado hacer carrera literaria fue perdonado nunca por el escritor puro que es Juan Carlos Onetti: quien lo vivió, lo sabe.
2. Un desafío a cuchillo
El día que me enteré que Onetti no había leído La motocicleta de Pieyre de Mandiargues, le regalé un ejemplar hermosamente dedicado, ya que mi padre se tomó el trabajo de acuarelar en la primera página un escudo de Santa María al lado de las estupideces que debo haber escrito yo.
Una lluviosa noche invernal Dolly me abrió la puerta y me invitó a comer una milanesa mientras esperábamos a Juan que, inconcebiblemente, había ido a trabajar. Hablamos de la piedad y de cinco pañuelos -muy baratos, muy blancos- que le acababa de comprar a su padre en una liquidación, para llevárselos a Buenos Aires.
Pobrecito, dijo cuando entró el Viejo con cara de capitán de Conrad: No llevaste sombrero. Te habrás empapado. Onetti siguió de largo para el dormitorio y al rato pude entrar y preguntarle al buda extendido en piyama qué le había parecido La motocicleta. El Viejo alargó tanto el silencio para lograr el efecto (Díaz Grey dixit) que Dolly tuvo tiempo de informar: Le recortó la primera página al libro porque dice que no es digno de tu dedicatoria.
Merde, protestó el Viejo: ¿Hasta cuándo van a seguir jugando al objetivismo estos franceses? ¿Qué es lo que siente la muchacha cuando le bajan el cierre metálico, eh? Al lector hay que darle. Y le pegó un manotón a los cinco pañuelos que le mostraba Dolly. Me vienen fenómeno, dijo sin dar lugar a protestas.
A lo mejor fue esa noche que me regaló un ejemplar de Laura de Vera Caspary (sin tapas y con anotaciones) del que hablaré después, o El diablo y la dama de Raymond Radiguet con un Debolber, please inscripto a lápiz en la primera página. O a lo mejor esa noche no me regaló nada que no fuese su cariño sin tiempo, sencillamente.
Y si a veces aquel viejo de cara caballuna -cara que debe seguir enamorando inexplicablemente, a la corta o a la larga, a preciosas mujeres- podía llegar a parecerse a Polanski, también hay que decir que podía ser capaz, cuando andaba derecho, de ponerse a la altura del sospechado hijo de la paloma, como él mismo ha llamado por escrito al maestro que nos hizo cambiar el recuento de los siglos. Este cronista sabe que en treinta y cuatro años de vida solamente Jesús y Juan Carlos Onetti le han reclamado con convincente furia el desprendimiento de la egolatría, por ejemplo. (Decime, nene: ¿no podés hablar de otra cosa que no sea de vos mismo aunque sea cinco minutos?, me preguntó una vez, como espantando moscas. ¿Yo?, le protesté: ¿Yo?)
Sin embargo, la noche que le dije -de espaldas al parqué, indefenso y mareado- que Buda no tenía nada que hacer al lado de Jesús, el Viejo se levantó de la cama parsimoniosamente y volvió de la cocina con dos huevos en una mano y un cuchillo en la otra. Si tenés de estos vení, ladró casi queriéndome.
Anuncié -amenacé- que iba a hablar de dos libros, y no tengo más remedio que hacerlo. Allá por el sesenta y pico me traje de la casa de Gabriel un ejemplar de El infierno tan temido (ediciones Asir) que contenía un extraño documento: un final agregado a Mascarada de puño y letra del Viejo que esclarecía completamente el cuento, publicado por primera vez en la década del cuarenta. Nunca llegué a saber qué hacía ese libro ahí. Al igual que los Barnes -y lo que es más interesante, al igual que Juan Carlos Onetti- no le di demasiada importancia al asunto. Lo mismo me pasó con el pintoresco ejemplar de Laura que me regaló el Viejo, donde estaban anotados a lápiz, en la primera y última páginas, los tanteos realizados para encontrarle un título a La cara de la desgracia. Con el tiempo, con el desasnamiento, me di cuenta que la mayoría de los títulos candidateados eran citas de Job: La prueba del inocente, Levantarás tu rostro limpio de mancha, Qué es el hombre para que sea limpio, Hasta su silla, El hablar de los astutos, Los días del impío, La cama en las tinieblas, Para una infanta.
Años después se los presté a un exégeta que era, debe de seguir siendo una buena persona aunque algo desprendida, como se podrá ver. Porque el error estuvo en comentarle el asunto a otra clase de exégeta. Cuando volví de Europa, a fines del 74, encontré una edición de los cuentos completos de Onetti donde figuraba el esclarecedor final de la aventura de María Esperanza. El libro estaba precedido por agradecimientos a distintas personas que colaboraron en la compilación.
Agradezo al exégeta Nro 2 su no agradecimiento. En lo que tiene que ver con los libros desaparecidos, hay una noticia estimulante para darle al ladrón: por El infierno tan temido le corresponden -y ya es mucho- cien años de perdón. Del otro libro, menefrego. Nadie que sea feliz y ame a la vida en paz y consuma su tiempo tratando de defender a su manera la pureza de todos, se puede enamorar con seriedad de ningún papelito, o ensuciarse por él. Onetti bien lo sabe. Y no estoy predicando.
3. Partidas entres maestros
Onetti hablaba siempre con nostalgia de las épocas en que coincidieron con Cortázar en Buenos Aires, allá por los años cincuenta. También hablaba con renovada admiración de los cuentos del gigante con cara de chiquilín, y sobre todo de un lluvioso episodio de Rayuela que lo maravillaba interminablemente: la pobre Berthe Trépat.
En un rincón del baño del apartamento de Gonzalo Ramírez, además, quedó a la vista el famoso botiquín que el Viejo rompió de un piñazo mientras leía El perseguidor (Charlie brother: se trata de Bee, rezaban grandes letras rojas en el espacio donde ya no había espejo).
Debe ser un gran cuento, me dijo el Viejo un día: Aunque yo nunca lo pude terminar de leer. Hablando de Cortázar, parece que se enojó de veras, porque no me escribió más. Después hizo la pausa.
Yo relojeaba el cuadro del pescadito rojo, el retrato de Faulkner y los versos tachuelados en el tosco lambriz (hacia la fuente de noche y de olvido, Francisca Sánchez, acompañamé) que custodiaban la cama de Onetti, y sabía que pasado ese tiempo se debía preguntar.
¿Qué pasó?
Nada, mijo, nada. ¿Querés un Benson & Hedges? No sabés lo que te perdés, dijo el Viejo prendiendo el superlong de moda con la novelería de un liceal: Cuando salió Rayuela le mandé una carta diciéndole que la había leído de tres maneras: como lector macho, como lector hembra y según el orden de la quiniela de Montevideo. Le dije que me había gustado más de la última manera, me parece. Pero fue un chiste, che. No sé por qué se ofenden.
Pocos años después, frente a la puerta de Julio Cortázar, este cronista recordaría aquella mañana mágica en que su amigo Gabriel Barnes lo llevó a conocer al Viejo.
Yo había estado golpeando y tocando el timbre inútilmente durante meses en el apartamento que clausuraba la escalera de caracol del edificio número 9, rue de l’Éperon. Hasta que un lluvioso atardecer de domingo (con la implacable muerte vallejiana trancada en el buche) escuché desde la calle una música coral, y supe que Cortázar estaba. Toqué un timbrazo tímido pero me dio vergüenza interrumpir la música. Así que bajé a hacer tiempo a un boliche y al volver hundí el timbre con impune ansiedad en el apartamento silencioso.
Buenas tardes, le dije a la estampa de Portos que me abrió sin caber demasiado en la puerta. No pude agregar nada.
¿Y usted quién es?, me enanizó Cortázar con una gran mirada amarilla.
Vengo de parte de Onetti, inventé. Y tuvo que resignarse a hacerme pasar y me ofreció un ron venezolano que acababan de regalarle y le conté lo elemental de mi vidurria parisina y a él se le acuó un desinterés asqueado de los moscones y desembuché:
Lo que me pasa es que estoy medio muerto y lo único que tengo son mis poemas y si no me los lee alguien como usted reviento. Porque la verdad es que a esta altura ya no sé ni quién soy.
Bueno, puso cara de maestro de escuela muy joven el Gran Cronopio: Yo vivo viajando y el tema de la militancia antifascista ya no me deja ni escribir. Pero si usted se siente así póngame los poemas en el buzón y déjeme un teléfono, que los voy a leer con mucho gusto.
Y antes de irme me regaló un ejemplar del recién publicado Octaedro y me pasé un día encerrado leyéndolo y se lo analicé en una carta elefantiásica y terminé encajándole como ochenta poemas en el buzón.
Y una tarde en la que me sentía más acorralado que Gregory Peck en Sólo los valientes sonó el teléfono y cuando el Gran Cronopio me preguntó dónde andaba porque me había estado llamando varios días casi me voy de culo.
La última vez que nos vimos tuve que desmentirme, porque el hombre gigante también me regaló dulcemente su tiempo, en un París donde la vida acababa de matarme la inocencia a palazos. Así que cuando me mandó un abrazo para Onetti, le confesé que en realidad yo andaba peleado con el Viejo desde unos cuantos meses antes de escaparme a París.
(Era un estar peleado unilateralmente, claro. El Viejo me había herido con un veredicto no literario que yo mismo pedí, y él fue cruel y sincero.)
Bueno, dijo Cortázar, con humildad legítima: Pero si llega a verlo no se olvide de mandarle un abrazo de parte mía. Los grandes como Onetti tienen sus derechos. Y nosotros tenemos que entenderlos.
4. Partidas entres maestros (2)
Onetti hablaba siempre con nostalgia de las épocas en que coincidieron con Cortázar en Buenos Aires, allá por los años cincuenta. También hablaba con renovada admiración de los cuentos del gigante con cara de chiquilín, y sobre todo de un lluvioso episodio de Rayuela que lo maravillaba interminablemente: la pobre Berthe Trépat.
En un rincón del baño del apartamento de Gonzalo Ramírez, además, quedó a la vista el famoso botiquín que el Viejo rompió de un piñazo mientras leía El perseguidor (Charlie brother: se trata de Bee, rezaban grandes letras rojas en el espacio donde ya no había espejo).
Debe ser un gran cuento, me dijo el Viejo un día: Aunque yo nunca lo pude terminar de leer. Hablando de Cortázar, parece que se enojó de veras, porque no me escribió más. Después hizo la pausa.
Yo relojeaba el cuadro del pescadito rojo, el retrato de Faulkner y los versos tachuelados en el tosco lambriz (hacia la fuente de noche y de olvido, Francisca Sánchez, acompañamé) que custodiaban la cama de Onetti, y sabía que pasado ese tiempo se debía preguntar.
¿Qué pasó?
Nada, mijo, nada. ¿Querés un Benson & Hedges? No sabés lo que te perdés, dijo el Viejo prendiendo el superlong de moda con la novelería de un liceal: Cuando salió Rayuela le mandé una carta diciéndole que la había leído de tres maneras: como lector macho, como lector hembra y según el orden de la quiniela de Montevideo. Le dije que me había gustado más de la última manera, me parece. Pero fue un chiste, che. No sé por qué se ofenden.
Pocos años después, frente a la puerta de Julio Cortázar, este cronista recordaría aquella mañana mágica en que su amigo Gabriel Barnes lo llevó a conocer al Viejo.
Yo había estado golpeando y tocando el timbre inútilmente durante meses en el apartamento que clausuraba la escalera de caracol del edificio número 9, rue de l’Éperon. Hasta que un lluvioso atardecer de domingo (con la implacable muerte vallejiana trancada en el buche) escuché desde la calle una música coral, y supe que Cortázar estaba. Toqué un timbrazo tímido pero me dio vergüenza interrumpir la música. Así que bajé a hacer tiempo a un boliche y al volver hundí el timbre con impune ansiedad en el apartamento silencioso.
Buenas tardes, le dije a la estampa de Portos que me abrió sin caber demasiado en la puerta. No pude agregar nada.
¿Y usted quién es?, me enanizó Cortázar con una gran mirada amarilla.
Vengo de parte de Onetti, inventé. Y tuvo que resignarse a hacerme pasar y me ofreció un ron venezolano que acababan de regalarle y le conté lo elemental de mi vidurria parisina y a él se le acuó un desinterés asqueado de los moscones y desembuché:
Lo que me pasa es que estoy medio muerto y lo único que tengo son mis poemas y si no me los lee alguien como usted reviento. Porque la verdad es que a esta altura ya no sé ni quién soy.
Bueno, puso cara de maestro de escuela muy joven el Gran Cronopio: Yo vivo viajando y el tema de la militancia antifascista ya no me deja ni escribir. Pero si usted se siente así póngame los poemas en el buzón y déjeme un teléfono, que los voy a leer con mucho gusto.
Y antes de irme me regaló un ejemplar del recién publicado Octaedro y me pasé un día encerrado leyéndolo y se lo analicé en una carta elefantiásica y terminé encajándole como ochenta poemas en el buzón.
Y una tarde en la que me sentía más acorralado que Gregory Peck en Sólo los valientes sonó el teléfono y cuando el Gran Cronopio me preguntó dónde andaba porque me había estado llamando varios días casi me voy de culo.
La última vez que nos vimos tuve que desmentirme, porque el hombre gigante también me regaló dulcemente su tiempo, en un París donde la vida acababa de matarme la inocencia a palazos. Así que cuando me mandó un abrazo para Onetti, le confesé que en realidad yo andaba peleado con el Viejo desde unos cuantos meses antes de escaparme a París.
(Era un estar peleado unilateralmente, claro. El Viejo me había herido con un veredicto no literario que yo mismo pedí, y él fue cruel y sincero.)
Bueno, dijo Cortázar, con humildad legítima: Pero si llega a verlo no se olvide de mandarle un abrazo de parte mía. Los grandes como Onetti tienen sus derechos. Y nosotros tenemos que entenderlos.