Carlos María Domínguez
Juan Carlos Onetti (1909-1994) ha fundado una literatura, una ciudad y una leyenda. La autenticidad de su escritura, pero también su desarraigo, la exploración del deseo y del fracaso, inauguraron una nueva densidad literaria en el mapa de las letras hispanoamericanas. La leyenda ubica a Onetti del lado de la noche, el alcohol y las mujeres, en el olimpo de una indiferencia cultivada por desprecio hacia las formas domésticas de la sensibilidad. En incontables, esquivas entrevistas, ha dado señales de una historia personal de perfiles tan fascinantes como cualquiera de sus cuentos y novelas, ofrecida y escamoteada con la misma lógica de sus ficciones. Su reclusión voluntaria en una cama, su hosquedad, su falta de compromisos con el mundo literario, contribuyeron a ensanchar el misterio que lo rodeó a lo largo de su vida.
Durante los últimos años de su vida y en particular a partir de su exilio en Madrid, en 1975, Onetti habitó el mundo de sus ficciones, destino final de un recorrido que lo llevó a ingresar en su propia obra como un personaje más, sin artificios literarios, por derecho de conquista. Trabajó duramente para construir una realidad alternativa que lo contuviera de un modo más firme y más honesto que las formas equívocas de la cotidianidad. Pero a diferencia de otros escritores, nunca compensó en las audacias de la literatura el miedo a la vida. El hombre que imaginó la ciudad de Santa María la creó irredenta, lo suficientemente duradera para que pudiera recibirlo en sus bares y hasta olvidarlo un día, como cualquier ciudad indiferente al trasiego de las dichas, fracasos y sueños de sus habitantes.
Los comienzos del viaje
La infancia y adolescencia de Onetti, dibujadas sobre el mapa de Uruguay, exhiben una doble inclinación por la lectura y las aventuras barriales. Nació el 1o. de julio de 1909 en una familia de la humilde clase media montevideana, trasladada al barrio sur de Montevideo desde la frontera con Brasil, donde sus padres se conocieron. Don Carlos Onetti atendía en el pueblo de Quaraí un almacén de ramos generales. Honoria Borges, criada en el sur de Brasil, llegaba allí a visitar a sus parientes. El matrimonio luego se trasladó a Montevideo, donde nació Raúl, cuatro años mayor que Juan Carlos, y dos años más tarde Raquel. Ambos escucharon los primeros relatos orales de su hermano, susurrados en la nocturna oscuridad hogareña. Cada noche los cuentos reproducían las alternativas de la guerra iniciada en 1914, que Onetti leía en el diario familiar y luego transformaba en episodios protagonizados por insectos. El interior de un viejo ropero, un gato y un libro, amparaban buena parte de su tiempo, alternado con las obligaciones escolares y los partidos de futbol, en los que participaba como miembro del club de Sandokan, enfrentado in eternum al del Corsario Negro. Durante los años de la Primera Guerra Mundial y la segunda presidencia de José Batlle y Ordóñez, Uruguay conoció un periodo de expansión económica fortalecido por sus exportaciones agropecuarias a los Aliados y la valorización de su moneda. Pero el final de la guerra significó un cambio radical de la situación económica. La balanza comercial sufrió un colapso, transformándose en fuertemente negativa, lo que obligó al gobierno a tomar drásticas medidas.
Para la familia Onetti, que vivía de un sueldo estatal de cien pesos mensuales, la situación se hizo insostenible. De un día para otro el alquiler de la calle Dante, en donde vivían desde hacía siete años, pasó de treinta pesos mensuales a sesenta. Los cuarenta pesos que restaban del sueldo aconsejaban buscar una salida a la situación. Y la salida fue mudarse en 1922 al barrio de Colón, donde habitaron una modesta casa de la calle Besnes Irigoyen. Onetti tenía trece años de edad y acababa de rendir examen de ingreso al liceo Vázquez Acevedo con “Regular deficiente”. A poco de iniciado el primer año interrumpió sus estudios, pero no su pasión por la lectura, que a falta de ropero encontró refugio en el pozo de un aljibe, a donde bajaba en las siestas del verano provisto de un sillón de mimbre, una jarra de limonada y un libro bajo el brazo. La lectura de la colección completa de Las aventuras de Fantomas, en poder de un pariente que vivía en Sayago y sólo le prestaba un tomo por vez, para lo cual debía recorrer a pie cinco kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, anunciaba una avidez por los mundos imaginarios que no iría a detenerse. Dos modelos alentaron en secreto un hábito que Onetti haría suyo años después: el pariente que le prestaba la colección de Fantomas lo recibía, invariablemente, leyendo en una cama; el padre, don Carlos Onetti, con su cotidiana lectura en la cama de novelas policiacas, completaba una figura que el tiempo convertiría en iconografía típicamente onettiana.
Juan Carlos Onetti adoraba a sus padres y recordaba con gozo el amor que los reunía, aunque su situación en la familia no fuera del todo cómoda. La madre prefería al hijo mayor, que había nacido sietemesino, y el padre a su hija. Las bondades de la vida hogareña, de la que Onetti participaba activamente, compensaba con creces sus celos infantiles. En su juventud practicó atletismo en el Parque de los Aliados, basquetbol y remo. Pero las dificultades económicas de la familia lo obligaron pronto a solventar sus gastos y las salidas con sus amigos. Entre sus primeros trabajos fue ayudante del padre de Zelmar Michelini. Entonces los Michelini vivían en una casa de altos en San José y Cuareim, donde el jefe de familia desarrollaba su profesión de dentista en un pequeño consultorio. Allí, Onetti atendía a la puerta y recibía a los pacientes. Pero sin vocación para meterse en bocas ajenas, se empleó más tarde en una empresa representante de neumáticos. También probó suerte como albañil y trabajó un tiempo de mozo en la cantina del Ministerio de Salud Pública. La deserción del liceo lo condenaba a trabajos de poca relevancia en los que sólo exigían la primaria completa, y muy pocos estaban dispuestos a confiar en su capacidad sin un título que la acreditara.
Primero en Montevideo y luego en Colón, Onetti había vivido una infancia feliz que llegaba a su extremo convirtiendo sus virtudes en una dificultad. Podía decirle adiós a su niñez. Lo que no podía era erigir un destino sobre sus ruinas. En marzo de 1928 fundó con sus amigos Juan Andrés Carril y Luis Antonio Urta una revista local llamada La Tijera de Colón, donde publicó sus primeros relatos: “La derrota de Don Juan”, “Crónica de unos amores románticos (Cuento para niñas sentimentales)”, “David el platónico”; y escribió una parodia de Otelo que representó con éxito en el pueblo, interpretando el papel del cínico Yago.
El año 1929 cambiaría definitivamente la infancia y la adolescencia de Onetti. El 20 de octubre falleció José Batlle y Ordóñez, el líder de las grandes reformas sociales que dieron a Uruguay su perfil democrático y progresista. Ocupaba la presidencia Baltasar Brum. Pero Juan Carlos tenía la expectativa depositada en su nuevo héroe, Lenin, y soñaba con viajar a la Unión Soviética para ver con sus propios ojos la construcción del socialismo. Colmado de entusiasmo, un día juntó valor y pidió una entrevista con el embajador ruso en Montevideo. El hombre escuchó con interés las razones que le expuso Onetti para viajar al otro lado del mundo. Cuando terminó, el embajador esbozó una leve sonrisa y le preguntó si sabía ruso. Onetti le contestó que ni una palabra, pero estaba decidido a aprender la gramática. Entonces el hombre se quedó mirándolo, movió tristemente la cabeza y dijo: “Catorce declinaciones...”, como si recordara la frase de Chejov: “Qué lejos está San Petersburgo”. Resignado, Onetti comprendió que su pasaje no iba a provenir de la embajada.
Mientras su viaje a Rusia se demoraba, le consiguieron un caballo y un trabajo como encuestador en el censo de Colón. Con el cobro de su jornal le compró a su madre y a su hermana dos pasajes en tren para que pasaran las fiestas de fin de año con la familia materna, residente en Artigas. Cuando regresaron, algo había sacudido de raíz los planes de Onetti. Dos de sus primas habían llegado de Buenos Aires para visitar a sus parientes de Sayago. Se había enamorado de la mayor, María Amalia. No hubo reparos a la urgencia juvenil. Ese mismo verano se casaron en Buenos Aires. Onetti tenía veintiún años. En plena crisis del año treinta, Buenos Aires le mostró la primera cara del fracaso. Onetti gambeteó la pobreza como mozo de café, empleado de una llantera, pintor de paredes y vendedor de calculadoras. En 1931 nació su hijo Jorge, pero su matrimonio fue languideciendo en la intemperie económica, descrita en las primeras páginas de su última novela Cuando ya no importe. De aquellos años datan sus primeros relatos cortos, la temprana versión de El pozo y de Tiempo de abrazar, que habría de extraviar. La escritura debía devolverle sentido a la frustración que lo embargaba frente a las formas maduras de la vida. Empleado en una fábrica de silos para las cooperativas agrarias, conoció a un joven al que todos llamaban Ramonciño y utilizaba el trabajo como pantalla para ocultar que regenteaba varias prostitutas. Lo encontró llorando una tarde en el bar de la esquina, apesadumbrado por la muerte de un macró que defendía los territorios argentinos de los proxenetas marselleses. El hombre le dio la primera imagen de uno de sus personajes más queridos: Larsen.
Por si la suerte premiaba su insensatez de imaginar historias, hacia fines de 1932 escribió un cuento y lo envió a la redacción de La Prensa, que por entonces organizaba un concurso literario. Seleccionaron diez textos, entre ellos “Avenida de Mayo-Diagonal-Avenida de Mayo”, que fue publicado el primer día de 1933. Era la primera vez que publicaba en un diario de gran tirada y el premio sostuvo su amor propio, un tanto maltrecho por su errante situación laboral y el irreversible derrumbe de su matrimonio, que lo llevó de regreso a Montevideo al año siguiente. Pero no regresó solo sino acompañado de la hermana menor de María Amalia, María Julia, a quien convertiría ese año en su segunda esposa. En los primeros tiempos su hermana Raquel le pagó el hospedaje en una pensión y le pasó alimentos hasta que Onetti consiguió ingresar como vendedor de entradas en las boleterías del Estadio Centenario, un trabajo que resultó más redituable de lo que esperaba:
Me rendía mucho dinero, porque eran tan brutos los tipos que no esperaban el cambio. Traían billetes de cinco pesos, yo les daba la entrada, y entonces salían corriendo para no perderse nada. Se oían los aullidos de la multitud y rajaban. No sabían de qué cuadro era el gol, y se iban dejándome un remanente de dinero, de la estupidez humana. Había días de lluvia en que los veía llegar y pensaba: pero no tendrán un amorcito para pasarse el domingo metidos en la catrera, oyendo la lluvia en el techo de zinc...
El remanente de la estupidez no era un beneficio al que Onetti se fuera a encadenar. Poco después entró al Servicio Oficial de Semillas, un empleo público y solitario que requería de su musculatura pero le dejaba tiempo suficiente para meditar, leer y aun para escribir. Le encargaron la custodia de una tolva en la que debía verter una bolsa de semillas de tanto en tanto. Aislado del tráfico de la ciudad, que llegaba hasta allí sólo como un rumor, sin otros compañeros de trabajo, pasaba la mayoría del tiempo en la casilla ubicada junto a la tolva, con un libro en las manos o garabateando en un papel sucio de polvo las páginas de su novela Tiempo de abrazar. De a ratos se echaba una bolsa al hombro, iba hasta la máquina, la alimentaba y volvía a la penumbra de la casilla, en la que permanecía solo todo el tiempo. El trabajo tenía todas las comodidades que podía ofrecer Montevideo a una proletaria vida de escritor. Cualquier sujeto podía escribir allí una novela, desperdiciar su vida entre bolsas de semillas o aparecer un día baleado en un rincón, sin que nadie fuera a reclamarle nada. Cuando se cansó de aquello ingresó en una concesionaria de automotores, con cuyo dueño, un turco apellidado Jorge, trabó una estrecha y sostenida amistad.
De las debilidades de un mundo que se mostraba como no era y se comportaba como en apariencia desmentía, Onetti extraía la materia de sus historias con las que iba construyendo una manera personal de tomar la palabra. Escribir había comenzado a ser un vicio, una manía, una manera de la felicidad privada, indiferente a un destino profesional que, aunque alentado por la publicación de sus primeros cuentos en la prensa porteña, todavía se mantenía distante. En 1934 Onetti llevó su novela Tiempo de abrazar a Roberto Arlt, que por entonces trabajaba en el diario El Mundo de Buenos Aires. Pasaba una temporada en la casa de su amigo Italo Constantini (Kostia), quien después de leerla le dijo:
—La novela es buena. Hay que publicarla. Mañana vamos a ver a Arlt.
Kostia era la oveja negra de una familia adinerada, propietaria de una cadena de florerías, que le pasaba dinero siempre y cuando se mantuviera a una prudente distancia del negocio. Había crecido con Arlt en el barrio de Flores, conocía a muchos protagonistas de Los siete locos y Los lanzallamas, compartía con él una vieja amistad e invariablemente se tiraba la ceniza de los cigarrillos en la solapa. A los reparos tímidos de Onetti, Kostia contestó:
—Arlt es un gran novelista. Pero odia lo que podemos llamar literatura entre comillas. Y tu librito, por lo menos, está limpio de eso. No te preocupes, lo más probable es que te mande a la mierda.
Cuando Kostia entró a la oficina de su amigo en el diario, acompañado de un manuscrito que traía de regalo un párvulo de veinticinco años, Arlt acababa de mesarse el mechón de pelo volcado sobre su frente y hacía cuentas sobre el dinero que necesitaría para fabricar aquellas medias. Como para hacer algo, Onetti le ofreció su paquete de cigarrillos pero Arlt lo desechó con un gesto silencioso, dándose tiempo para mirarlo y calcular en qué kilómetro se le acabaría la gasolina. Tenía un método del que se ufanaba. A diferencia de sus colegas, que cuando les llevaban un manuscrito para leer ponían trabas tan corteses como desinteresadas, se dedicaba a conseguirle al nuevo genio toda clase de facilidades para que publicara. El método no fallaba. Un año o dos y el tipo ya no tenía nada más que decir, enmudecía y regresaba a lo suyo cargando con la vanidad de su aventura literaria. Después de un incómodo silencio en el que Onetti se inhibió de confesar admiraciones y halagos, Arlt tomó el manuscrito con pereza y dijo:
—Assí que usted escribió una novela y Kostia dice que está bien y yo tengo que conseguirle un imprentero.
Comenzó a leerla por fragmentos, saltando de cinco y diez páginas, como quien hojea una revista cualquiera para medir el tiempo en que demorará en llegar al basurero. Un año de trabajo, pensaba Onetti, y éste la quiere leer en diez minutos.
Finalmente Arlt abandonó el manuscrito sobre el escritorio y le dijo a Kostia, que fumaba —en apariencia ajeno a la situación— en un rincón de la oficina:
—Dessime vos, Kosstia, ¿yo publiqué una novela este año?
—Ninguna. Anunciaste pero no pasó nada.
Empezó a echarle la culpa a las Aguafuertes sin ninguna necesidad, hablando de ellas con un exhibicionismo pueril que el gesto compadrito adelantaba. Cuando remató diciendo: “Entonces, si estás seguro que no publiqué ningún libro este año, lo que acabo de leer es la mejor novela que se escribió en Buenos Aires este año, tenemos que publicarla”, Onetti quiso desaparecer. Podía ser un párvulo a la vista del gran escritor, pero no lo suficientemente idiota para omitir que la amnesia y toda la escena había sido fingida con grosería. Algo de esa hostilidad sintió el otro, porque en seguida puso una mano sobre el manuscrito y lo atajó:
Onetti y Dorotea Muhr.—Claro, usted piensa que lo estoy cachando y tiene ganas de putearme. Pero no es así. Vea: cuando me alcanza el dinero para comprar libros, me voy a cualquier librería de la calle Corrientes. Y no necesito hacer más que esto, hojear, para estar seguro de si una novela es buena o no. La suya es buena y ahora vamos a tomar algo para festejar y divertirnos hablando de los colegas.
En la conversación que mantuvieron en el café de Rivadavia y Río de Janeiro, a pocos pasos del edificio de El Mundo, Arlt citó con precisión y se burló de la mayoría de los escritores argentinos que impostaban una retórica literaria propia de principios de siglo. Onetti le estudiaba la soberbia pero advertía que, lejos de guiarlo la envidia, exponía muchos de los supuestos que sostenían su obra, plenamente compartidos. En aquella oportunidad nació una amistad que los volvió a reunir en unas pocas ocasiones. Pero Onetti admiraba más sus libros que su personalidad. Evocándolo en el prólogo a Los siete locos, señaló:
...el pobre hombre se defendió inventando medias irrompibles, rosas eternas, motores de superexplosión, gases para concluir con una ciudad. Pero fracasó siempre y tal vez de ahí irrumpieran en este libro metáforas industriales, químicas, geométricas. Me consta que tuvo fe y que trabajó en sus fantasías con seriedad y métodos germanos. Pero había nacido para escribir sus desdichas infantiles, adolescentes, adultas. Lo hizo con rabia y con genio, cosas que le sobraban.
De mediados de 1937 data la primera nota de Onetti para la prensa uruguaya. Apareció en El País y estaba destinada a defender la obra de teatro La fuga en el espejo, de su amigo Paco Espínola, al que le reprochaban la falta de dramatismo teatral y la ausencia de compromiso ideológico con las causas sociales. Onetti defendió la pieza, señalando el derecho y la necesidad de expresarse fuera de “la manera común y gramatical que sirve para el tráfico de pensamientos”. Reivindicaba también una estética propia que había comenzado a consolidar bajo la influencia de narradores norteamericanos como Hemingway, Dos Passos y principalmente Faulkner, a quien citaría por el resto de su vida como faro, peñón y marea de su producción literaria. Pero el ingreso definitivo de Onetti al periodismo se produjo en junio de 1939, cuando Carlos Quijano fundó en Montevideo el semanario Marcha y le propuso la secretaría de redacción. Onetti compartía las ideas antiimperialistas de Quijano, quien luego de editar El Nacional y Acción dirigía la cátedra de Estadística en la facultad de Derecho de la Universidad, donde trabajaba su hermano, Raúl Onetti, quien los puso en contacto. Aunque estaba lejos de acompañar a Quijano con el fervor militante de quienes lo rodeaban, necesitaba un empleo, abrirse camino en un oficio más cercano a la escritura, y hasta la pieza que finalmente le ofrecieron para vivir, en las oficinas de Marcha, luego de separarse de su segunda mujer. La redacción funcionaba en el primer piso del ala derecha de un edificio ubicado en Rincón 593, esquina Juan Carlos Gómez. En la misma planta, pero sobre el otro extremo, vivían las mujeres del Boston, un cabaret cercano donde se reunía la rantibohemia montevideana. De modo que en un lugar tan inspirado, Onetti instaló sus papeles y libros, el primus y la cama turca, convirtiendo su pieza en cocina, lugar de lectura y dormitorio del semanario.
La publicación de El pozo en diciembre de ese año, en la imprenta comercial de dos amigos, Juan Cunha y Casto Canel, pese a la precariedad de una edición hecha con papel de envolver, significó un cambio decisivo para las letras uruguayas y luego rioplatenses. Los quinientos ejemplares de la tirada no llegaron a venderse en veinte años, pero los intelectuales montevideanos comprendieron que los artículos que Onetti escribía desde las páginas de Marcha, denunciando la ausencia de una voz auténticamente rioplatense en la producción literaria del país, estaban respaldados por un hombre capaz de narrar la vida ciudadana con una sinceridad desgarrada, sin concesiones a modas, artificios y pudores sociales, con extraordinario talento. Desde entonces se inició el mito de un escritor “salvaje”, habitualmente hosco, de fina ironía y enorme seducción, cruel en el amor y sus retratos, amigo de esa hora suspendida, discreta y gozosa de la madrugada que sólo ingresa a la prensa en las páginas policiales y con patente de desgracia. Luego de corregir las pruebas de imprenta de Marcha, Onetti solía darse una vuelta por los cafés de la Ciudad Vieja y por los dancing, locales pequeños y mugrientos, con carteles de neón en las vitrinas y una densa oscuridad en su interior de la que emergía, entre la barra y unas pocas mesas, un rostro aciago, el cuerpo carnoso y transido de una alternadora, el torso de algún marinero llegado de cualquier orilla del mundo a pagar tragos y sonreír a una mujer. En uno de esos locales Onetti escuchó una noche a un tipo que le preguntaba a otro:
—Ché, ¿vino Junta?
El nombre quedó resonando en su cabeza. Junta, Primera Junta, Junta de Buenos Aires, Junta de abogados... ¿Quién podía cargar con un nombre como ése? Cuando volvieron a preguntar por Junta, Onetti aceptó el fracaso y comentó al mozo:
—Qué nombre raro... ¿Quién es Junta?
—No —dijo el hombre— le dicen Junta porque le llaman Juntacadáveres. El hombre está en decadencia y sólo consigue monstruos, mujeres pasadas de edad, de gordura o de flacura.
Esa noche Onetti se fue a dormir con la sensación de que un nombre como ése merecía ingresar en la literatura. Días después, un 6 de enero, regresó al lugar, esta vez con un cometido preciso. Un compañero de trabajo no se animaba a regresar a su casa porque sin un peso y en noche de Reyes, no podía llevarles regalos a sus hijas. Con otro amigo Onetti había organizado un recorrido por los boliches que frecuentaban para hacer una colecta. Cuando llegó al dancing vio a Juntacadáveres apoyado en el mostrador. Sin darle nombres, sin agregar otros datos que los de la repulsión que él mismo sentía —“Hay un amigo que no puede volver a su casa sin llevarle un regalo a sus hijas...”—, lo esperó. Juntacadáveres se tomó un tiempo para mirarlo a los ojos y confiar. Le dio cincuenta pesos, que era un dineral, y Onetti terminó de completar el destino de su personaje Larsen, originado en su viejo compañero de la fábrica de silos de Buenos Aires.
Dos años al lado de Quijano foguearon a Onetti en las excelencias y desdichas de un periodismo romántico, que sobrevivía por milagro. Un día de 1941 el director del semanario lo echó, sin darle mayores explicaciones. Tras su última columna firmada como “Grucho Marx”, Onetti pasó a trabajar como redactor de la agencia de noticias Reuter. Para entonces había consolidado su opción por la literatura y conseguido una profesión alternativa como periodista, de la que viviría en los años sucesivos.
El túnel
Instaladas sobre la plaza Cagancha, las oficinas de Reuter le permitían a Onetti frecuentar con asiduidad el café Metro, con doble entrada por la plaza y Cuareim, donde se encontraba por la noche con escritores y artistas entre los que se hallaban las principales figuras de la denominada “Generación del 45” junto a tres maestros destacados: Paco Espínola, el español José Bergamín y el propio Onetti. A sus mesas llegaban Mario Arregui, Carlos Maggi y Manuel Flores Mora, Cabrerita, Casto Canel, Domingo Bordoli, Carlos Martínez Moreno, Roberto Ares Pons, Luis Larriera, Mario Rodríguez Gil, Pedro Picatto y Liber Falco, entre otros. Onetti era visto entonces como el maestro creacional y se extendía la leyenda de su humor sombrío y la lucidez de sus parcos comentarios de trasnoche.
Entonces los intelectuales montevideanos se nutrían de su propia bohemia y seguían atentos la escritura de Borges, Marechal, Mallea, Nicolás Olivari, González Tuñon y Carlos de la Púa. A diferencia de los cantores de tango y de los jockeys, que buscaban el éxito en Buenos Aires, los escritores sostenían la meca de París. Tal vez algunos experimentaran la secreta expectativa de verse publicados en la revista Sur, que dirigía Victoria Ocampo en Buenos Aires, pero ninguno se proponía conquistar un público al otro lado de la banda oriental. A Onetti París le parecía una fiesta demasiado lejana y Buenos Aires, pese a su infortunada experiencia, lo cautivaba. Hacia allí partiría ese mismo año, esta vez como secretario de redacción de Reuter, siguiendo el camino de quienes encontraban en el mundo porteño las mismas referencias culturales de Montevideo.
Ese mismo año publicó su novela Tierra de nadie, presentada al concurso de la editorial Losada y dedicada a Julio E. Payró. La novela no resultó ganadora pero mereció la publicación. Dos años más tarde publicó Para esta noche, en la que reproducía ciertas canalladas que los comunistas hicieron a los anarquistas bajo el gobierno de Negrín, partiendo de una anécdota que le habían contado dos inmigrantes anarquistas en Montevideo. En los primeros tiempos de su segunda estadía porteña Onetti vivió en una pensión de la calle Basavilbaso, aunque la mayor parte de sus horas libres transcurría en bares y cafetines de la avenida Corrientes. En ellos frecuentaría a muchos personajes de la vida nocturna, luego incorporados al mundo de su ficción. En el Foro se reunía con una barra de periodistas e intelectuales: Ceba, Raffo, el poeta León Kopp y Matilde Zagalsky, quien años más tarde tradujo El señor de los anillos, de Tolkien. Pero antes o después se daba una vuelta por el Politeama, un café al que concurrían actrices de los teatros amateurs, buscadores de fortuna, profesionales de la vocación y la pobreza; entre ellos Evita, quien sería la primera dama del peronismo y por entonces buscaba un destino entre los trabajadores de la radio.
En Reuter, Onetti era conocido como un jefe responsable y silencioso que leía y corregía, luego de resumidos por los redactores, los cables salidos del teletipo desde el frente de guerra. El inicial temor de los empleados dio paso al reconocimiento de una casi enfermiza timidez y de un humor fino y corrosivo que no todos entendían ni toleraban. Cierto día, una secretaria cometió la imprudencia de atentar contra el orgullo del imperio británico y de convertirse en la tercera esposa de Onetti. Holandesa, flaca, muy alta y erguida, a los dieciocho años Elizabeth María Pekelharing parecía “un palo curiosamente animado”, “un dibujo hecho de alambre”, aseguraban algunos compañeros. Hija del director de la empresa Philips, había llegado al país hacía cuatro años. Sus ojos claros y el rostro lleno de pecas alentaban el apodo de la Peke, que coincidía con las primeras letras de su apellido, pero pronto comenzaron a llamarla también la Boya, debido a que pasaba el tiempo exclamando: “Oh, boy!”. Eficiente, políglota y aplicada, extendía su fama en todo Reuter.
En los últimos meses un difundido temor recorría las agencias del continente. Un inspector británico, que nadie sabía dónde se hallaba, podía llegar de sorpresa en cualquier momento. Cuando entró a la oficina de Buenos Aires, en medio del revuelo enviaron a la holandesa a que preparase un té. Primero fue al baño a lavar la tetera en una palangana, pero al sacarle la tapa no advirtió que la ponía sobre un jaboncito. Lavada la tetera volvió a colocarle la tapa, esta vez unos gramos más pesada. Juran los testigos que cuando el inglés se sirvió el té la taza se le llenó de burbujas. Y la holandesa, encantada, se puso a saltar y a batir palmas. “Me enamoré perdidamente de ella en ese momento”, confesaría Onetti después. Se casaron en abril de 1945 vía México, porque la vocación matrimonial de Onetti acababa de desbordar los códigos civiles del Río de la Plata.
Tras el arribo de Perón al gobierno argentino, Onetti abandonó el periodismo y pasó a trabajar en una pequeña revista de publicidad, gracias a lo cual tuvo oportunidad de entregarse con mayor comodidad a su propia producción literaria, gozando de salarios nada desdeñables. Durante el verano de 1948-1949 Onetti pensó que había llegado el momento de conocer personalmente a Jorge Luis Borges. En un tiempo remoto había calificado a sus cuentos como un traducción de Melville, provocando más de una educada indignación. Pero luego había terminado por reconocer en el Borges de “Fervor de Buenos Aires”, “Luna de enfrente” y “Hombre de la esquina rosada” la jerarquía de su talento. Le pidió a Emir Rodríguez Monegal, entonces de paso en Buenos Aires, que los presentara.
Emir admiraba y trataba personalmente a los dos desde hacía ya unos cuantos años. Concertó una cita en La Helvética, en cuyos altos funcionaba la sede de la Alianza Libertadora Nacionalista, un grupo de choque nazi que apoyaba a Perón, demolida finalmente por los tanques de la Revolución Libertadora en 1955. Borges y Emir demoraron en llegar algo más de lo que Onetti podía permitirse sin adelantar unos cuantos tragos de cerveza. Acaso durante el tiempo en que bebió solo recordó su encuentro con Arlt, tal vez comparó en exceso sus libros, adelantando las diferencias irrecusables de su forma de hablar, de mostrarle la cara, de anunciar su vanidad. O quizá se arrepintió de haber alentado el encuentro y creyó que debía pagar por ello de una forma u otra. Lo encontraron con “aire fúnebre”, “hosco, como retraído en sí mismo”, y a la defensiva. “Sólo salía de su isla para atacar con una violencia que nunca le había visto”, recordaría Rodríguez Monegal. Era obvio que había leído a Borges y que Borges no lo había leído ni tal vez lo leería nunca. La conversación saltaba sin progresar, hasta que de golpe Onetti embistió con una frase que se dejaba silabear como un verso de tango:
—Y ahora que están juntos, díganme, explíquenme, ¿qué le ven a Henry James, qué le ven al coso ese?
Borges debió ingeniárselas para consultar a su amigo si alguien saldría beneficiado de una respuesta cortés, y accedió a explicar su admiración por James, a trazar un pedagógico laberinto de comparaciones con Cervantes, Chesterton, Kafka y Dickens. Emir lo siguió con entusiasmo, esperanzado en borrar el origen infortunado de la conversación. Pero parecía claro que nada de lo que dijera iba a lograr conciliar dos mundos que se querían paralelos. De regreso con Borges, por si quedaba alguna esperanza de que el escritor hubiera inadvertido alguna de las irritantes actitudes de su amigo, Emir le preguntó qué le había parecido Onetti. Dijo que le había gustado y Emir lo entendió como una cortesía más.
—Pero ¿por qué habla como un compadrito italiano? —agregó.
De camino a su hotel, Emir comprendió que a Borges no se le había escapado ninguna de las provocaciones de Onetti, y hasta había percibido otras que él había pasado por alto. “Estuvo censurando a Borges al arrastrar las sílabas más que de costumbre, deliberadamente, como un acto fonéticamente agresivo y suicida”, se dijo. Aunque nunca lo escribió, debe haberse sentido traicionado por Onetti, y sólo cuando terminó de insultarlo por haberle hecho armar una cita que de antemano iba a condenar a la ruina, crítico al fin, pensó que Onetti había personificado a Roberto Arlt como una sorda y demorada revancha del autor de Los siete locos, ignorado también por el maestro. Una justificación imprecisa para una intuición, después de todo, encaminada. Borges tenía entonces cincuenta años y preparaba la edición de “El Aleph”. Onetti, diez años menor, construía una novela ambiciosa que establecería un corte con su producción anterior y lo cruzaría, definitivamente, a la imaginaria ciudad de Santa María.
La prohibición de los viajes entre Montevideo y Buenos Aires por parte de Juan Domingo Perón, la movilización de las masas detrás de un general que para Onetti reproducía las amenazas del fascismo, acentuaron su nostalgia por Montevideo y afianzaron su deseo de escapar. Mientras los radios reproducían a todo volumen los discursos de Perón, Onetti bajaba las persianas de su apartamento, se colocaba rebanadas de jabón en los oídos y se sentaba a escribir, como lo hacía en otra pieza porteña Julio Cortázar, intentando protegerse con las armonías de Bela Bartók. Hasta entonces la producción literaria de Onetti había transitado un realismo de honduras existenciales, pero hacía tiempo buscaba un recurso ficcional que, sin perder verosimilitud, le permitiera cruzar sobre un mismo plano narrativo las frustraciones de la realidad con las formas arrojadas de la imaginación. Fue durante los años del peronismo que se afirmó su intención de construir un túnel hacia una dimensión puramente imaginaria, que lo liberara de un clima político cada vez más asfixiante. Construir la huida en el lenguaje parecía la única alternativa de sobrevivir. Un día de ese mismo 1948, mientras caminaba por el pasillo del edificio donde vivía, vio a Larsen despidiéndose con aire funerario de un pueblo de provincia. “Me cayó así, del cielo, La vida breve. Y la vi. Me puse a escribirla desesperadamente”, le dijo años después a Emir Rodríguez Monegal.
La prensa porteña no le dio ninguna importancia a la publicación de La vida breve en 1950, pero Onetti había conseguido cruzar a Santa María y de un modo que sería decisivo. Había superado las fronteras del realismo inventando un tiempo y un espacio capaces de incluir el mundo que le dio origen, sin esconder el procedimiento ni quitarle misterio. Brausen, publicitario como Onetti en esos años, igualmente asediado en Buenos Aires por la frustración, imagina por primera vez al médico Díaz Grey en una ciudad recostada sobre el río. Mientras narra su ficción vive la propia, haciéndose pasar por otro ante la prostituta que vive en el departamento de al lado, y cuando la situación con la mujer se le vuelve insostenible, huye a la ciudad que él mismo creó. En las páginas finales aparece en la mesa de un bar, rodeado de mujeres, el gordo Larsen.
El ingreso de Brausen a Santa María señala la salida del túnel que instalaría a Onetti en el mundo sanmariano. Muchos cuentos y novelas se desarrollaron luego a partir de las páginas que desechó en la escritura de La vida breve. El astillero, Juntacadáveres, Para una tumba sin nombre, Dejemos hablar al viento y Cuando ya no importe pertenecen, junto a diversos cuentos y relatos, a lo que suele denominarse “La saga de Santa María”, una ciudad a la que llegan y de la que parten sujetos igualmente desarraigados, en busca de un destino improbable pero definitivamente amenazados por la indiferente crueldad del tiempo. Un año después de publicar La vida breve nació su hija Litti y dos años más tarde Onetti se separó de su mujer, enamorado de quien convertiría en su cuarta y última esposa, Dorotea Muhr (Dolly), quien le fue presentada por su esposa Elizabeth María Pekelharing. Las convenciones del matrimonio sentaban mal a un hombre incapaz de renunciar a la imperiosidad del deseo.
Tras la caída de Perón en 1955 regresó a Montevideo, donde trabajó durante años como director de la Biblioteca Municipal. El magro sueldo le permitió vivir en un humilde departamento de Gonzalo Ramírez y entregarse a la escritura de su obra sin exigencias horarias. Santa María comenzó a desplegarse como un mundo alterno que Onetti visitaba con progresiva frecuencia, al margen de los reclamos de la vida social. De su reclusión en la cama, donde construía un mundo en posición horizontal por derecho natural de la pereza, rodeado de novelas policiacas, lecturas de Faulkner, Céline o Proust, lo arrancaban cada tanto sus amantes montevideanas, entre ellas la poeta Idea Vilariño, o las obligaciones estrictamente ineludibles. Reclinado sobre el lado derecho, el codo apoyado en el colchón y el brazo izquierdo libre para sostener el cigarrillo, durante largos periodos, infatigable, pasaba horas escribiendo. Paraba cuando le venía un calambre en la muñeca que fue haciéndose crónico, como las dificultades para dormir, la necesidad de tomar pastillas, el acecho de la angustia. El alcohol era una compañía privilegiada que debía graduar en un límite sutil y lábil si quería escribir.
Mientras Onetti desalentaba a los peregrinos que llegaban hasta su departamento para conocerlo, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Juan Rulfo y Julio Cortázar, entre otros, comenzaron a reclamar la atención sobre su obra poco difundida. El andamiaje editorial del boom de la literatura latinoamericana encontró a Onetti completamente ajeno al circuito cultural; Carmen Balcells lo conoció en medio del desorden de su habitación, entre papeles y libros desparramados por el piso. “Como pelillos en el mar”, dijo entonces Balcells, enfrentando el viento frío que se colaba por las ventanas desgonzadas del departamento. Onetti acababa de vender los derechos de su obra a la editorial Aguilar de México por mil dólares. Cuando Onetti aceptó el ofrecimiento de Balcells para representarlo, ignoraba que esa visita cambiaría definitivamente la relación entre su literatura y la estrechez económica, un precio que había elegido pagar y sobrellevaba con asumida resignación.
Los pocos viajes que realizó por América, la difusión de su obra en el continente y España le trajo un reconocimiento merecido, pero al que Onetti respondía con distancia e indiferencia. Cuando imaginaba envejecer en la acogedora tranquilidad de la clase media uruguaya, su participación en el jurado de un concurso literario de Marcha y el golpe militar de junio de 1973 cambiaron de raíz sus perspectivas. Unos meses después del golpe de Estado, el jurado de Marcha premió el cuento “El guardaespaldas”, de Nelson Marra, que la dictadura juzgó subversivo y obsceno. A la clausura del semanario siguió el encarcelamiento del autor del cuento, del jurado y de los directivos de la publicación. Marra pagó con cinco años de cárcel la osadía de retratar la vida de un torturador; Onetti, como Mercedes Rein, Carlos Quijano y Hugo Alfaro, padecieron tres meses de cárcel. Esos meses estuvieron a punto de derrumbar a Onetti en el marasmo del sinsentido. Una fuerte depresión permitió que lo internaran en un sanatorio psiquiátrico, del que emergió definitivamente convencido de la estupidez humana y su irredención.
En el verano de 1975 viajó un fin de semana a Buenos Aires y ya no regresó a Uruguay. Desde Madrid, Luis Rosales, Félix Grande y Juan Tena hacía tiempo se esforzaban por radicar a Onetti en España. De Buenos Aires viajó a un congreso sobre el barroco en Madrid, donde se instaló definitivamente. Madrid lo apabulló. El tráfico, los rascacielos, la falta de mar, la ausencia de pinos, sumían a Dolly en la nostalgia y a Onetti en los pliegues de la cama, único sitio desde donde el mundo merecía ser contemplado. Había decidido irse lejos de un país militarizado y tenía absoluta confianza en las fuerzas biológicas que sitiaban al generalísimo Francisco Franco. Los síntomas podían verse en las calles de Madrid, en la nueva alegría que despertaba en los jóvenes. Pero sólo se había trasplantado y aquella alegría no era suya. Suyo era el recuerdo de la cárcel, el brusco corte con el país, el desánimo para contestar las cartas que familiares y amigos enviaban ahora desde muy lejos y que respondía Dolly.
Si la experiencia del exilio le impidió escribir en los primeros tiempos, Onetti finalmente encontró el camino de regreso a su mundo imaginario, convencido de que, desde una cama, Madrid podía vivirse igual que Montevideo o Buenos Aires; en todo caso, también en el Río de la Plata, de una orilla a la otra, había vivido como un pasajero del desarraigo. La visita de una vieja amiga destrabó su escritura y en 1979 la editorial Bruguera publicó Dejemos hablar al viento, premiada por la crítica española como la mejor novela editada en el año. Como en su final Santa María se incendiaba y la novela parecía una summa, muchos creyeron que podía tratarse del último libro de Onetti. Pero Onetti volvía a respirar entre tanto augurio agorero. Proclamaba a quien quisiera oírlo que podía incendiar y resucitar a cuanto personaje se le diera la gana porque a fin de cuentas había comprendido que su único mundo posible era el que había escrito, “la gente que nunca existió y que existe ahora dentro de mis libros”.
El visitante
partir de entonces Onetti conversó con sus personajes literarios y pasó más tiempo con ellos que con cualquiera de los amigos que solían visitarlo en su departamento de Madrid. La obtención del Premio Cervantes en 1981 le permitió desterrar definitivamente las preocupaciones económicas y vivir su encierro como una liberación. Muchos de sus personajes literarios nacieron de experiencias y personas que Onetti conoció a lo largo de su vida. Conoció al primer Larsen en 1931, en Buenos Aires, y a Juntacadáveres en Montevideo, cuando trabajaba en Marcha. Construyó el personaje de Julio Stein, de La vida breve, sobre el arquetipo de su amigo Julio Adín, y a “Mami” con el recuerdo de una noche en Piriápolis. El viejo Lanza, la melliza auténtica, Petrus, la Queca, Frieda, tienen su origen en una realidad que no les pertenece, un mundo de personas y situaciones que Onetti frecuentó en la ambigua condición de testigo incluso de sí mismo, y que luego trasladó a la ficción hasta darles una vida propia, compleja, despojada de los vestidos simplificadores, inconvincentes, de la realidad.
Entre todos sus personajes, si Larsen es uno de los más queridos, el talón de Aquiles de la ternura y la piedad onettiana, Díaz Grey es quien más lo identifica en el distanciamiento y la voluptuosidad de la observación. De allí el coraje de su última novela, Cuando ya no importe, en la que va en busca de la tragedia de un personaje que durante años mostró la arrogancia del testigo, construida con mordacidad, comprensión y cinismo, capaz de sobrevivir a las trampas del deseo y su condena. Detrás de la voz del nuevo testigo que llega a Santa María, Onetti respira sin simulaciones. Un puente construido sobre la autenticidad de la escritura le ha permitido conversar con el médico Díaz Grey sobre la ausencia de su pasado, su existencia a partir de los treinta años de edad, sin que realidad y ficción se violenten. Y es que sin dejar de estar atento al mundo que lo rodeaba, al Río de la Plata donde decidió no regresar, Onetti optó por ser la letra que escribe o no ser nada; ser incluso, si fuera necesario, la letra que se ha de olvidar. Recluido en Madrid, derrumbó las últimas fronteras que lo separaban del mundo de sus ficciones. Dentro de su propia obra, es uno más entre sus personajes y sus personajes son su definitiva realidad. Aún después de su muerte, el lunes 30 de mayo de 1994, todavía es su visitante un hombre que baja de un ómnibus polvoriento en la terminal de Santa María y se quita el sudor de la frente con un pañuelo. En el bar, luego de aceptar el ineludible beneficio de una mesa junto a la ventana abierta a los rumores de la siesta sanmariana, Brausen mira la ciudad.