Juan Cruz
Onetti no lo puedes llamar Juan Carlos; es Onetti. Sobre ese nombre pesa una sombra que está hecha, a partes iguales, de pesadumbre y de literatura. Sin embargo, a Vargas Llosa lo puedes llamar Mario. Vargas Llosa es el ensayista, el escritor, el candidato político, el hombre que opina, subraya, discrepa y viaja. Y Mario es ese tipo que se queda detrás, que mira como Vargas Llosa llega a la Academia o a los restaurantes, a las conferencias o a los debates, el que lo ve subirse al avión, el que lo ve viajar, absorto, con un libro en la mano, mirando por la ventanilla a las nubes procelosas de su miedo. Pero Mario está detrás, o delante, es el que lee. Mario esw cuando lee, y le gustaría ser siempre Mario. Onetti no era Juan Carlos. Era Onetti.
Hasta leyendo Juan Carlos era Onetti. Había algo en él, en sus ojos saltones y como interiores también, una búsqueda rara, estaba leyendo para situar a sus personajes, para meterlos en su mundo, él estaba cavando una tumba, aérea o subterránea, para tener ahí la materia de sus sueños pesarosos, lo que leía era la materia de su dolor o de su sueño, se quedaba ahí, era un sedimento, o no era nada, pero él leía como Onetti. Juan Carlos era un niño que se quedó en cama, en su casa, triste, Juan Carlos no supo que hacer y lanzó al mundo a Onetti. Y ya sólo hay Onetti en su difuso carnet de identidad. No leía. Onetti se introducía en una especie de tobogán al final del cual también estaba la atmósfera irreal, pero profundamente uruguaya, de Santa María. Miraba como a lo lejos, y aunque estuvieras ante él, te taladraba; tú hablabas y él seguía en su viejo universo, se alzaba sobre un brazo sobre la cama y esbozaba una leve sonrisa, pero no estaba contigo, estaba viajando. Ese personaje era Onetti, no Juan Carlos; Juan Carlos era una figuración a la que Dolly, Dorotea, su última mujer, le abrió una ventana en Madrid, para que viera un aire al que jamás se asomó. Ahí estaban las plantas, los arbolillos, incluso el sol del invierno, pero Onetti jamás se levanta a verlo, vivía contra la pared. Como Julio Cortázar, por cierto. Pero esa es otra historia. Un día le preguntamos por qué no se levantaba de la cama, y lo explicó, como explicaba las cosas complejas, como si respondiera un niño:
--Porque la Biche me muerde las canillas.
Dolly le hizo la ventana, pero él siguió mirando el retrato de Faulkner. Mario dice que es el retrato de Faulkner; Onetti engañaba: dejaba que unos visitantes vieran el retrato de Faulkner, pero para otros tenía el de Raymond Chandler. Lo clavaba y lo desclavaba, con una chincheta. A lo mejor lo cambiaba su estado de ánimo, un día Faulkner, un día Chandler. Y él era más Chandler que Faulkner, en persona: se reía de su sombra, y cuando alguien se iba se reía abiertamente de la sombra que dejaba. Pero estábamos en lo de Mario y Onetti. Onetti tenía un profundo afecto por Mario; esos chistes que él contaba de su relación con Vargas Llosa, y que Mario reproduce en este libro (El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti, Alfaguara) reflejaban, y es verdad que lo hacían, esto no es hipérbole, yo lo ví, ese profundo afecto; Vargas Llosa, decía Onetti, "está casado con la literatura, "y yo tengo la relación de un amante". Y también reproduce Mario ese otro chascarrillo tan famoso sobre su dentadura: "Yo tengo una dentadura perfecta", le explicó, desdentado, a una productora de la televisión francesa, "pero se la he prestado a Mario Vargas Llosa". Lo que nunca se hubiera esperado Onetti es que después de los años Mario iba a convertirse en su mejor lector, el que iba a agarrar en puño toda su obra y la iba a ofrecer como quien ofrece un mapa, el mapa más extraordinario que se haya hecho de la improbable geografía de Santa María. Pero él ya sabía que existía este Mario lector, compañero inseparable, pero a veces perplejo, de su secuaz, el Vargas Llosa que escribe. El Vargas Llosa que escribe está aquí, claro, en este libro, pero sólo indagando, como narrador, en los misterios de Onetti, tratando de desbrozar ese inmenso camino, polvoriento, ajado, amarillo, casi subterráneo, siempre bajo una capa de podredumbre y de belleza, que ha fabricado el creador de Juntacadáveres. Pero Mario es el que le ha leído, está aquí, en primer plano, el adolescente, el que empezó a leer, el que sigue leyendo, el Mario de los capítulos pares de El pez en el agua, ese es el Mario que se ha encontrado con Onetti. Hay un Mario que descubre y hay un Vargas Llosa que cuenta; cuando vuelve de los viajes, o de las impresiones, de los teatros o de los dramas, Mario se sienta en las mesas, charla, deslumbra con su deslumbramiento; regresa de ver un país o una actuación, vuelve de una lectura o de una anécdota, y la cuenta como si aún la estuviera viviendo; se ha quedado con la vestimenta y con los rasgos, y también se ha quedado con las palabras, y como si todavía paladeara la sorpresa la lanza, para que reverbere entre otros. Y después viene Vargas Llosa, asentado, con toda su experiencia, y hace de esas notas una carta de batalla o una novela. Onetti era distinto: todo su mundo le vino de dentro. Mario lo ha visto, y extrae de ese mundo lo que hoy es eterno: la atmósfera, lo que pesa sólo por dentro. Aquel Vargas Llosa de los viajes trota los mundos para traerse una historia. Pero cuando es lector Mario es otra cosa; deja al novelista allí donde inventa las ficciones y se adentra en las ficciones de los otros como si se fuera a un país. Lo que quizá no sabía Mario es que yendo a ese país de Onetti, que es un país con nombre propio, Santa María, se iba a encontrar con claves de su propia ficción, con obsesiones propias del narrador Vargas Llosa. Y aunque en el imaginario personal de Onetti el tiempo y su sutitución, la muerte, tienen la pesada carga de una melancolía en la que uno no concibe que caiga Vargas Llosa, lo cierto es que el lector Mario se ha sentido convocado a los abismos de los que Onetti extrae la razón de su tristeza. Y muchas veces se le ha visto, sobre todo al principio de su sobresaliente excursión por el mundo de Santa María, absorto ante el universo devastado, roto, interior, exiliado siempre, del autor de El infierno tan temido. No es tan solo una lectura ésta que Mario ha hecho de toda la obra (y por tanto, de la vida) de Juan Carlos Onetti; es un viaje. Para viajar a Onetti hace falta una paciencia infinita; el lector que quiera entrar en esa atmósfera se ha de desprender de sus propios velos, y luego ha de descorrer los innumerables umbrales ensombrecidos, que son casi físicos, de la narrativa onettiana; Onetti no era fácil, ni como individuo ni como escritor, y a vencer esa dificultad, a explorarla, ha dedicado Mario un esfuerzo que seguramente le ha resultado gozoso, porque leerle, leer este descubrimiento, que es también una gozosa sorpresa, produce un placer infinito. Y es un placer casi físico; Mario se exalta, y aunque a veces recorra los libros de Onetti, uno a uno, como si los estuviera contando, muchas veces he tenido la impresión de que él se impregnaba de esos universos como si fuera un transeúnte extrañado de dejar de ser cada vez más Vargas Llosa para convertirse en Mario, un juvenil, entusiasta, melancólico lector de Juan Carlos Onetti. Un reconocimiento. Y, también, en este umbral del centenario onettiano, un raro homenaje, un escritor leyendo a otro. Casi insólito. Y, por tanto, un libro que debemos celebrar los lectores de Vargas Llosa, los de Onetti y los de Mario