Miguel A. Cáliz
Si por algo se caracterizan las narraciones del escritor uruguayo, es porque suelen exponer desde el principio los conflictos que afectan a sus personajes, y el efecto que los acontecimientos tienen sobre los mismos.
Según James Gardner, en su libro “Sobre la novela”, la mejor ficción narrativa no es una sucesión de sorpresas argumentales, sino una sucesión cada vez más emocionante de descubrimientos o de momentos de comprensión. Y uno de los errores más habituales de los escritores noveles sería el de creer que la fuerza del relato radica en la información que se retiene. Es decir, en que el escritor consiga tener al lector siempre en sus manos, para descargarle el golpe definitivo cuando menos se lo espera.
Gardner pone un ejemplo impecable: Supongamos que vamos a contar la historia de un hombre solitario que se traslada a vivir a una casa de las afueras, que está al lado de la casa de su hija, una jovencita que no sabe que su nuevo vecino es su padre. El hombre no le dice a la muchacha que es hija suya. Se hacen amigos, surge una corriente de simpatía mutua, y a pesar de la diferencia de edad ella comienza a sentirse atraída sexualmente por él.
Lo que el escritor mediocre hace con esta idea es ocultarle al lector la relación padre-hija hasta el último momento, y al llegar a este punto salta y exclama: ¡Sorpresa, soy tu padre! Por el contrario, el buen escritor plantea al lector desde un principio las relaciones entre los personajes, y las consecuencias que de las mismas pueden surgir. Con lo que el lector, a medida que va conociendo la historia, en lugar de preguntarse: ¿Qué les ocurrirá ahora a los personajes?, lo que se plantea es: ¿Qué harán los personajes a continuación?
La falsa intriga proviene de la sucesión accidental de los acontecimientos; la verdadera intriga surge de los dilemas morales. Y al plantearse la historia de esta manera el lector siente auténtico interés por los personajes, toma parte activa en el desarrollo de la historia, especula e intenta prever. Más aún, dado que el autor le ha proporcionado información importante, está en situación de advertir el error si el autor extrae conclusiones falsas o poco convincentes, si fuerza el desarrollo en una dirección que no sería natural, o si atribuye a los personajes sentimientos que no deberían tener.
El argumento existe, según Gardner, para que el personaje pueda descubrir algo de sí mismo, y, en el proceso, revele al lector cómo es él realmente. La trama obliga al personaje de ficción a decidir y a actuar, lo transforma de estética construcción en ser humano vivo que toma decisiones y paga las consecuencias.
Una de las conclusiones que se extraen de la tesis de Gardner, es que el narrador no debe contar los acontecimientos, sino el efecto que tales acontecimientos tienen o dejan de tener en el personaje. Y es precisamente de este punto de partida, desde el que comienza su camino la ficción de Juan Carlos Onetti.
Si por algo se caracterizan las narraciones del escritor uruguayo, es porque suelen exponer desde el principio los conflictos que afectan a sus personajes, y el efecto que los acontecimientos tienen sobre los mismos. Desde la primera frase de sus relatos o novelas, Onetti pone a la vista del lector todas las cartas del juego: las dudas, los conflictos, las vacilaciones, los secretos y las mentiras. Y luego, deja que los acontecimientos se produzcan. En “La vida breve”, por ejemplo, las dudas del Juan María Brausen sobre su matrimonio, las ilusiones que se hace respecto de su vecina, la contradictoria relación con su jefe, sus ínfulas de escritor, todo está expuesto de forma clara y rotunda para que el lector conozca la verdadera materia de que está hecho el personaje. Y por tanto, sea el lector el que juzgue, el que descubra. Es claro que para Onetti, los sucesos de la trama suelen ser el efecto de los mismos sobre los personajes.
Si bien el escritor uruguayo va en ocasiones más allá, ya que lo que a él le interesa sobre todo es la forma en que los acontecimientos son percibidos por los personajes. Así, por ejemplo en “Juntacadáveres”, nos dice en el capítulo III:
“Desde su mesa, Díaz Grey los miraba mientras bebía. Vio las caderas anchas de los hombres desbordando los taburetes y las raquíticas nalgas de las dos mujeres.”
La descripción del narrador es estrictamente de lo que observa Díaz Grey, y su apreciación sobre los demás personajes es la apreciación de Díaz Grey. Un poco más adelante declara:
“En la costa, alrededor de la sabiduría, la confianza, la disimulada excitación de Junta, las prostitutas estarían tomando mate, interesándose, aplastando bostezos, mirando arder y gastarse esta primera velada en la casita”.
De nuevo es desde el interior de Díaz Grey, de su suposición de lo que está sucediendo, desde donde Onetti describe la acción.
En otras ocasiones Onetti se vale de otros “ojos” para su labor de narrador, que ve la acción incluso sobre los múltiples reflejos que esta organiza. En la segunda página de “El astillero”, Onetti nos cuenta:
“Son muchos los que aseguran haberlo visto en aquel mediodía de fines de otoño. Algunos insisten en su actitud de resucitado, en los modos con que, exageradamente, casi en caricatura, intentó reproducir la pereza, la ironía, el atenuado desdén de las posturas y las expresiones de cinco años antes; recuerdan su afán por ser descubierto e identificado, el par de dedos ansiosos, listos para subir hasta el ala del sobrero frente a cualquier síntoma de saludo, a cualquier ojo que insinuara la sorpresa del reencuentro. Otros, al revés, siguen viéndolo apático y procaz, acodado en la mesa, el cigarrillo en la boca, paralelo a la humedad de la avenida Artigas...”
En este caso son los habitantes de la mítica Santa María, los que aportan también su visión de la historia.
Esta forma de narrar, en la cual se describen los efectos de los sucesos sobre los personajes o su impresión de los mismos, alcanza su máximo grado en “Los adioses”, donde buena parte del desarrollo narrativo se basa en las imaginaciones del personaje-narrador que va desvelando la realidad a partir de pequeñas conjeturas. Bien a partir de sus observaciones directas, o bien a partir de lo que le cuentan otros. Ya en la primera página de “Los Adioses”, nos dice:
Quisiera no haberle visto más que las manos, me hubiera bastado verlas cuando le di el cambio de los cien pesos y los dedos apretaron los billetes, trataron de acomodarlos y, en seguida, resolviéndose, hicieron una pelota achatada y la escondieron con pudor en un bolsillo del saco; me hubieran bastado aquellos movimientos sobre la madera llena de tajos rellenados con grasa y mugre para saber que no iba a curarse, que no conocía nada de donde sacar voluntad para curarse.
Lo que nos relata en estas frases, que algunos conocemos de memoria, no es una descripción detallada o brillante del acto de la llegada del sujeto enfermo, ni su historial médico, sino la impresión que causa en el otro personaje principal de la historia: es un hombre que no va curarse, que no conoce nada de donde sacar la voluntad para curarse.
En el fondo simples suposiciones, pero que hacen avanzar la narración a base de pequeños descubrimientos y grandes deducciones, en este caso realizados por el encargado de una taberna.
Esta forma de novelar, que puede parecer artificiosa, es realmente la que más se acerca a la realidad, pues los seres humanos conocemos el mundo por los efectos del mundo en nosotros, y por lo que los demás nos cuentan sobre él. Dicho de un modo radical: No existe un universo objetivo, todo son versiones.
Se suele afirmar con toda la razón del mundo, que la narrativa del uruguayo nace de las tesis faulknerianas de narración desde un determinado punto de vista. Pero Onetti supo ir más allá al considerar que el narrador no está legitimado para describir los simples sucesos, puesto que ningún suceso es el acontecimiento en sí mismo, sino que es sobre todo la interpretación que del mismo hacemos los hombres, y las repercusiones que ha tenido sobre los demás.
Y es que Onetti vivió convencido de que las personas somos islas, incapaces de comunicarnos unos con otros salvo mediante la imperfecta capacidad de las palabras, o en algún caso gracias a gestos repletos de sentido. El resto es aislamiento y soledad, la máscara que establecemos para defendernos, y que el buen escritor debe aprender a traspasar.
De ahí que Onetti raras veces explicase los detalles de su obra, que casi nunca contara sus experiencias personales, que sólo dejase hablar a ese puñado de personajes que se observan unos a otros para tratar de imaginar qué es la vida.