Guillerom Barquero
Leería a nadie más que a Onetti, si me pusieran a escoger un solo autor, una isla desierta. Nadie tendría que usar una pistola para amenazarme y ponerme sus libros por delante, una y otra vez. En los últimos cuatro años, me he dedicado a leer (me atravería a decir que) casi toda la obra novelística del uruguayo. Y alguno de sus cuentos. Y a leer datos biográficos y otras cosas relacionadas con el padre de la literatura moderna latinoamericana (alguna vez dije que el padre fue Arlt, así que hay dos padres o todos los que quiera haber).
En una entrevista conducida por Joaquín Soler Serrano, en “A Fondo” —el mítico programa de TVE—, se ve a un Juan Carlos Onetti parco en el hablar, con una trabazón consustancial a su figura de viejo malencarado, abrumado y arisco. Se ve a un Onetti como debe ser: un artista descreído de cualquier visión optimista que pueda esconderse en cualquier rincón del mundo y del corazón humano. Así de simple y así de duro.
Dejemos hablar al viento es una arista más —sorprendente, amarga, irónica— del cristal filoso que lleva por nombre Santa María, una ciudad literaria ideada por el demiurgo Brausen y actuada por los gusanos, las putas, el médico sin intención de curar, los adolescentes estúpidos y los personajes como manchas sin fe, que pretenden poblarla y que se muestran como títeres de aquel titiritero a quien no le gustaba que lo entrevistaran por tele.
En este caso, Medina, un pintor mediocre y un comisario de policía resignado, es el protagonista de esta parcela del universo sanmariano; su trabajo artístico lo desarrolla en la ciudad de Lavanda —primera parte, más sórdida, narrada en primera persona— y su miserable empleo de comisario lo lleva de vuelta a la mítica Santa María, la ciudad que todo lo origina, que se traga todo, que todo lo vomita y lo digiere a veces. Entre los dos puntos, está un hijo suyo, un borracho, drogadicto y perdido engendro como puente entre las dos ciudades. (Para hacerse una idea de la naturaleza misántropa de las creaciones onettianas, Medina llama “un ex feto” y “gusano hediondo y llorón” al hijo, cuando recuerda el momento en que la madre se lo mostró, recién nacido.) El amargo Medina pretende la salvación del hijo solo porque cree ver una inteligencia superior en éste (dominio de lo racional); el hijo se entrega al arbitrio de una prostituta que su padre disfrutó en el pasado. Se trata de un libro de “los retornos y su inutilidad”, o del retorno a un lugar cuyas desgracias se conocen, para un trabajo “de limpieza”.
Dejemos hablar al viento (de 1976) es, como buena representante de la obra de madurez del uruguayo, una suerte de resumen o envoltura final de lo que comenzó en 1950, con Brausen inventando a su antojo (en La vida breve) un universo que se llegó a convertir en una de las claves de la literatura latinoamericana del siglo XX. Además, como buena novela de Onetti (no conozco una que no lo sea), una oda a la desesperanza, un himno a la sordidez, una celebración de la inutilidad de las palabras habladas por ese ser estúpido que es el humano.
Juan Carlos Onetti es, en su escritura, un maestro de la adjetivación. Precisamente, consiguió tal grado de perfección y de inusitados matices porque no les temía a los adjetivos, se prodigaba en ellos y los convertía en placas que rodeaban a sus personajes (y a los sitios geográficos, ominosos en grado superlativo) y los califican y los emborronan y los vuelven monstruos y ángeles, todo a la vez. Un ejemplo:
“Barrientos callaba, torpe y enconado, con los grandes bigotes dirigidos hacia la niebla del vidrio (…); las grandes manos sucias y deformes apoyadas con firmeza una en cada rodilla (…). El coche corría con prudencia por aquella parte de la ciudad donde los restos de quintas arboladas, abatidas y musgosas, con solitarios y empecinados símbolos de riqueza y orgullo (…), casas de comercio blancas, nuevas y presuntuosas, con grandes e innecesarias puertas de hierro.”
No son poco comunes esas sobrecalificaciones de lugares y personas, así como tampoco escasean los adjetivos contradictorios que solo producen perplejidad en quien los lee. Alguien puede ser “joven y viejo” a la vez, o “inmundo y sagrado”, o, al alejarse de quien narra los hechos, puede verse “cada vez más pequeño y ancho”. Onetti reviste a sus creaciones de toda una armadura de disensiones que termina escindiéndolos o tornándolos en amargos seres de piedra que odian dialogar o que lo hacen como una sombra que evade el contacto —ya humano, ya diabólico— de otra sombra; seres monstruosos, deformes, ángeles corruptos o demonios resignados.
Dejemos hablar al viento comparte con Juntacadáveres y El Astillero (ésta última su gran obra, en mi opinión), de forma más ostensible que con otras novelas del uruguayo, la lentificación de las palabras, el congelamiento de los actos. Unos segundos en los que los ojos de un personaje se clavan en las manos de otro pueden extenderse por horas, por una eternidad de silencio y frases sin avance argumental insertas en rayas. (“—Tan temprano y ya borracho —dijo con alegría; volvió a meterse en la casa. Pero olas así no había y yo no llegaba a creer tanto en su ausencia como para empezar a pintarla. No era una ola del Pacífico, no era una ola japonesa; que esto quede aclarado. Tal vez ni mereciera mi firma al pie. Era una ola borrosa, con la cresta de un blanco sucio…”.) Las historias se tornan, de esa manera, morosas, densas. No es difícil compararlas con escenas de un film noir (la ocupación preferida de Onetti, según sus propias palabras, era la lectura de novelas policíacas, que alimentaron los clásicos del género negro) en las que los diálogos veloces devienen acciones mudas, movimientos de misterio que parecen anunciar la resolución de un crimen que no se ha producido.
Aunque no es propiamente el cierre del ciclo sanmariano (éste resulta ser Cuando ya no importe, publicada un año antes de la muerte del autor, en 1993), Dejemos hablar al viento es una novela de aglutinación de personajes y formas, de arribo a la cúspide de las posibilidades de una ciudad inventada y de uso de todo el genio e inventiva de un escritor que no veía en las palabras un vehículo de comunicación cuando salían de una boca, pero que se sirvió de ellas para sorprender, conmover y encantar. Y eso es un trabajo de magos, irrepetible.