Giovanni Anticona
Literariamente hablando, siento que esta época ha erigido al estilo económico y austero de la prosa como el correcto. Es un tiempo de recelo hacia los adjetivos y las oraciones ornadas de incisos y digresiones. Las alabanzas hacia Hemingway se oyen más firmes que las dedicadas a Faulkner. El minimalismo aplasta, de a pocos, al relato de largo aliento. Solo importa lo funcional, lo esencial para la historia. Esta actitud, en mi opinión, trata de ver a la narrativa como un aparato científico, archirracional, restrictivo, distanciado de la espontaneidad y las libertades del arte. Tal vez crean que peco de lírico, mas yo no lo creo así. Reconozco que todo arte se basa en consignas que cimentan su naturaleza, pero ¿no es lo esencial disfrutar de las palabras, de la riqueza de una prosa tanto barroca como escueta? ¿No está la belleza expresada de múltiples formas en el fuego de la palabra?
Yo disfruto con Chandler y Carpentier, con Bellatín y Miguel Gutiérrez, con Hemingway y Faulkner, con Borges y Lezama Lima. Economía y voluptuosidad unidas por el milagro de un lenguaje iluminado, motor de la felicidad de mis silencios.
De todos los autores que he leído, al menos en lengua castellana, no existe para mí mayor hechicero de la prosa que Juan Carlos Onetti. Es barroco, crapuloso a lo Celine (según Vargas Llosa en El viaje a la ficción), desordenado, asistemático para los que pretenden ver en el arte un entramado matemático, pero nadie como él( en castellano, repito) ha logrado que yo sienta a la vida misma en cada palabra. ¿Cómo lo hace? No lo sé. Siento que averiguarlo no es necesario. Simplemente me hace feliz. Pese a tratar temas de desesperanza y fracaso, en él está la poesía. Así me lo dijo una vez la profesora Rosario Fraga, la asesora de mi tesis onettiana, a quien le estaré siempre agradecido. Yo elegí a Fraga como asesora porque era uruguaya, como Onetti, y supuse que sabía mucho sobre él. No me equivoqué. Al conocerla, un mundo de pasión por la lectura se abrió ante mí como nunca antes. Con la misma tenacidad con que practicaba su sigiloso vicio de fumar- ahora que consumir cigarrillos está prohibido en el campus-, recordaba las obras de Onetti y así nos divertíamos juntos, éramos felices, deslizábamos sonrisas de complicidad. ¿Qué hacían una uruguaya de aspecto octogenario y un limeño de veintitrés años conversando sobre sucesos insignificantes para el frenesí de la realidad? Para esto sí tengo una respuesta: Onetti, el maestro Onetti, el borracho maravilloso( apelativo que usó una vez Sánchez León para referirse a Jack London), el infiel más elegante, el mago de la impiedad, la fuerza que supera su propia muerte y es capaz de unir en felicidad a dos seres tan distintos. Vean lo que hace una prosa bella, por más que sea recargada, borrosa, barroca y crapulosa. Ese es mi maestro, estimados lectores. Un genio del cinismo y la vocación. Un tipo postrado en la cama, enfermo de fantasía, que llenó de magia mi cerebro para toda la vida.
Dejemos hablar a Onetti, entonces.