Luis M. Alonso
Lo primero que habría que recordar es que Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909-Madrid, 1994), a quien Mario Vargas Llosa ha descrito como vago y soñador, se pasó ochenta años soñando y los cinco últimos en la cama leyendo novelas policiacas. Sospecho que los años que estuvo caprichosamente acostado se mantuvo despierto, porque hay un momento en la vida en que uno deja de soñar y se dedica a otras cosas, quizá no demasiadas, pero casi todas ellas terrenales.
Pero ¿es imprescindible soñar para escribir bien? En las novelas o en los cuentos de Onetti no es todo lo que parece, señal de que se trata de buena literatura. La palabra sin misterio no merece la pena y la materia de los sueños es tan misteriosa que no siempre es posible descifrarla cuando hacemos esfuerzos por intentarlo. En cualquier caso, los sueños de Onetti sí tenían el poso de lo vivido en una sociedad subdesarrollada, que el escritor detestaba tanto como odiaba haber tenido que vivir en ella durante años. En Latinoamérica han sido más los intelectuales que han huido de las dictaduras que de las propias situaciones de hastío personal. Muchas veces lo uno va ligado a lo otro. En el caso de Onetti, lo que ve y no soporta acierta a enmarcarlo geográficamente en el universo sórdido y fatalmente metafísico de Santa María, un paisaje inventado para utilizar una paleta de colores idéntica a la de William Faulkner, su gran referente literario. Lo mejor del escritor uruguayo, como ocurre con el autor de «El ruido y la furia», está en los personajes. Malditos personajes los de Onetti: esos perdedores crápulas atrapados en una realidad llena de frustraciones y derrotas, en Santa María, Lavanda o Enduro. Los Brausen, los Larsen, los Díaz Grey, los Medina, Julita Malabia o Angélica Inés.
Pero ¿quién era Juan Carlos Onetti?, se pregunta Vargas Llosa en su libro «El viaje a la ficción». Pues era un tipo hosco, cosmopolita y, al mismo tiempo, retraído, un sujeto que se dejó la vista en los libros y apagó la sed con whisky al mismo tiempo que apuraba una colilla. Un sujeto huidizo, desinteresado de la mayor parte de las cosas, que un buen día protagonizó en una librería de Buenos Aires uno de los encuentros más fecundos de la literatura en lengua española. Él mismo lo cuenta: «Una tarde, al salir de la oficina donde trabajaba, pasé por una librería y compré el último número de "Sur", revista fundada y mantenida por Silvina Ocampo (...). Vuelvo atrás, recuerdo que abrí el ejemplar en la calle, encontré por primera vez en mi vida el nombre de William Faulkner. Había una presentación del escritor desconocido y un cuento mal traducido al castellano. Comencé a leerlo y seguí caminando, fuera del mundo de peatones y automóviles, hasta que decidí meterme en un café para terminar el cuento, felizmente olvidado de quienes me estaban esperando. Volví a leerlo y el embrujo aumentó. Todos los críticos coinciden en que aún dura».
Autor de novelas intensas e inolvidables como «La vida breve», «El astillero», «Juntacadáveres» o «Cuando entonces», mantuvo fidelidad a Faulkner, de quien atesoraba fotografías, recuerdos y anécdotas, además de una enorme gratitud intelectual. En el resto de la vida se desperdigó, a veces ausente, otras refugiándose en su última mujer, Dolly, o las novelitas policiales. A Vargas Llosa, su rendido biógrafo, le dijo en una ocasión que al contrario que él, que tenía relaciones matrimoniales con la literatura, las suyas eran adúlteras. Y eso mismo repitió cuando ya estaba acostado.