José Emilio Pacheco evoca a Onetti

Jesús Alejo

El poeta y escritor mexicano abrió un encuentro literario-académico para conmemorar el centenario del nacimiento del narrador uruguayo, quien hizo de la melancolía, el fracaso y la soledad una poética sin igual en las letras hispanoamericanas.

La historia entre el lector José Emilio Pacheco y el autor Juan Carlos Onetti se empezó a escribir una tarde de 1958: Pacheco y José de la Colina entraron a una librería y se dirigieron hasta el estante en el que se hallaban libros de autores sudamericanos.

Ahí, De la Colina lo instó a comprar Los adioses, en una edición publicada en 1954, “que probablemente llegó a México en ese mismo año: esos cuatro años estuvo ahí el ejemplar, aguardando a un desconocido”.

“Comenté mi entusiasmo con Monsiváis y Pitol, quienes ya habían leído a Onetti. Sergio me prestó La vida breve, en la edición de Sudamericana, pero cuando se fue a Europa en 1961, remató su biblioteca a precios simbólicos entre sus amigos y pude hacerme de ese ejemplar.”

Así se empezó una relación que nunca fue íntima, reconoció José Emilio, pero que le permitió algunos acercamientos con el escritor de Juntacadáveres y, sobre todo, convertirse en uno de sus lectores más apasionados, al grado de haber sido el encargado de abrir las conferencias del Coloquio Internacional Presencia de Juan Carlos Onetti, organizado por el Colegio de México.

Una sesión de anécdotas, de ejercicio de memoria de Pacheco acerca de su encuentro con los libros de Onetti y, en especial, de reflexiones sobre la mala relación del escritor uruguayo con los premios literarios, pese a ser un autor fundamental de la literatura hispanoamericana del siglo XX.

“Para mí, el colmo de los colmos, que me llevó a una indignación incendiaria; no sé si fue en 61 o en 62, cuando la revista Life en español decidió hacer un concurso de cuento hispanoamericano y un premio de algo así como 20 mil dólares: ¿alguien conoce el relato ganador, Rosaura a las diez, de Marco Denevi?, pero lo absolutamente perturbador, enloquecedor, es que la última mención honorífica del galardón fue para Jacob y el otro (cuento de Onetti).”

“El único lector”

En ese recorrido, el escritor mexicano recordó que Juan Carlos Onetti, a petición de un amigo mutuo, le dedicó un libro con la leyenda “Para mi único lector mexicano”; cosa que, confesó el poeta mexicano, no podía ser cierto, porque José de la Colina, Sergio Pitol y Carlos Monsiváis ya eran lectores de su obra.

“En marzo de 1967, una amiga colombiana que dirigía la serie Voz Viva de México decidió convertirla en Voz Viva de América Latina, e hizo que Onetti, llegado con Dolly para un congreso de escritores, grabara Bienvenido, Bob y un fragmento de Astilleros.

“No sé cómo se enteró mi amiga de la dedicatoria y la tomó al pie de la letra y me encargó la nota de presentación del folleto del disco y me comentó que Onetti quería conocer al autor de la nota.”

Pacheco pasó varias horas sin atreverse a marcarle, y cuando lo hizo, Onetti cortó los silencios y tartamudeos de su interlocutor “y gruñó: estaré en su casa a las ocho y media. Esto también me asombra mucho, no pidió instrucciones de cómo llegar.”

Durante una visita a Uruguay, a Pacheco le propusieron visitar al escritor uruguayo, pero prefirió mantener su relación con él “en el plano libre y desinteresado del lector, que me parece la situación ideal”.

“El verdadero homenaje a quien se admira es no verlo, si uno no es su amigo y tampoco mandarle cartas. Jamás le mandé mis libros y nada de lo que hice sobre él, porque se escribe para el público y no para los autores.”

A Juan Villoro le corresponderá cerrar el coloquio —hoy, a las 18:00 horas, en El Colegio de México—, con una charla en la que recorrerá la estética de la catástrofe y de la derrota que define a la literatura del uruguayo, “que nos lleva a leer el mundo de esa manera”.

“Pocos autores han sido tan literarios como Juan Carlos Onetti: nunca hay una palabra fuera de lugar, un adjetivo que desentone, tiene además un lenguaje único que me recuerda mucho a la respiración del hombre que fuma. En Onetti todo es tremendo, todas las emociones son fuertes y casi siempre tristes, pero las encarna en personajes que son gente cualquiera.”

El hombre que no sonreía

“No sonreía, usaba anteojos, dejaba adivinar que sólo podía ser simpático a mujeres fantasiosas o a amigos íntimos”: un autorretrato de Juan Carlos Onetti, quien, se cuenta, para escribirlo usó un borrador realizado por un contador que trabajaba con él.

La evocación viene de Dolly Onetti, viuda del escritor, quien durante el Coloquio Internacional Presencia de Juan Carlos Onetti, organizado por el Colegio de México, se propuso recordar las formas en que el autor contribuyó a construir la leyenda que giraba a su alrededor, que lo mismo parecía “un hombrecillo tímido hasta la mudez”, como lo definía Mario Vargas Llosa.

“La leyenda del humor sombrío y del acento arrabalero. La leyenda de sus grandes ojos tristes, de sus enormes lentes, tras lo que asoma la mirada de animal acosado, con la boca sensual y vulnerable. La leyenda de sus mujeres y de sus múltiples casamientos; la leyenda de sus infinitas copas y de sus lúcidos discursos en las altas horas de la noche.”

Una leyenda, sin embargo, tejida por gente que no llegó a conocerlo. La leyenda de un escritor que en julio de este año cumpliría cien años: una celebración que se inició en México y que, de acuerdo con Dolly Onetti, se preparan nuevas ediciones, como el tercer tomo de las Obras completas de Galaxia-Gutenberg, y varios homenajes en Madrid, Alcalá de Henares, Montevideo y Buenos Aires.