Reivindicación de Juan Carlos Onetti

Luis Fernando Afanador

Mario Vargas Llosa analiza la importancia de la ficción a partir de la obra del escritor uruguayo.

Alguna vez que el periodista Ramón Chao, de Radio Francia Internacional, entrevistaba al escritor Juan Carlos Onetti, se quedó mirándole su único diente y éste le explicó: “En otro tiempo tuve una magnífica dentadura, pero se la regalé a Mario Vargas Llosa”. El escritor exitoso y el escritor maldito, el que –según otra famosa anécdota– tiene relaciones matrimoniales con la literatura y escribe con horario y el que tenía relaciones adúlteras y escribía  en raptos de inspiración. Pues bien, haciendo caso omiso de esas afiladas ironías –vainazos, diríamos en Colombia–, Mario Vargas Llosa nunca ha dejado de celebrar la importancia literaria de Onetti y en este libro le rinde el mejor homenaje que se le pueda rendir a un escritor: un estudio juicioso y detallado de su obra completa. Eso, dejar a un lado las simpatías o antipatías personales para concentrarse en lo que de verdad importa, se llama honestidad intelectual, algo de lo cual deberíamos aprender en nuestro país.

Vargas Llosa, como es sabido, pertenece a esa categoría de escritores que también ejercen la crítica literaria. O, mejor, que la sistematizan y la publican: todo escritor que aborde la escritura con cierta seriedad es de alguna manera un crítico; los diarios, las biografías y las entrevistas son la prueba de que sí reflexionan y teorizan sobre su oficio. Es cierto, de una manera a veces sesgada porque obedece a intereses muy específicos, pero eso es preferible a las especulaciones genéricas de los académicos y casi siempre da gusto leerla porque es agradable, legible e interesante.

Tal vez este libro de Vargas Llosa sobre Onetti no supera sus trabajos sobre Flaubert –La orgía perpetua– y García Márquez –Historia de un deicidio, lastimosamente descontinuado como es de público conocimiento–  pero sin duda es atractivo y estimulante aun para los no onettianos. Para la muestra un botón: el primer capítulo es una reflexión  sobre el lenguaje y la necesidad de la ficción que tienen todas las sociedades humanas, desde las más tecnificadas hasta las más aisladas en la selva amazónica, como los machiguengas: “En todo caso, una cosa es universalmente sabida: la ficción, esa otra realidad inventada por el ser humano a partir de su experiencia de lo vivido y amasada con la levadura de sus deseos insatisfechos y su imaginación, nos acompaña como nuestro ángel de la guarda desde que allá, en las profundidades de la prehistoria, iniciamos el zigzagueante camino…”.

Para Vargas Llosa, ningún otro autor moderno como Juan Carlos Onetti ha mostrado con tanta fuerza y originalidad esa necesidad de la ficción, de construir con palabras e imágenes –tan mentirosas como persuasivas– otra vida paralela donde refugiarse de los desastres y limitaciones de la vida real, esa necesidad antropológica de oponer los sueños a la vida tal y como es.  No sólo sus personajes se redimen por su capacidad de huir hacia lo imaginario, de evadirse con sus fantasías, también les creó una ciudad –un territorio mítico– a dónde pueden escapar: Santa María. “Esa breve vida de sueño y fantasía a la que los seres humanos escapan cuando la existencia les resulta insuficiente o, como a los héroes de Onetti, intolerable”.

Una gran reivindicación de Onetti, quien a pesar de ser el precursor de la novela latinoamericana –La vida breve es nuestra primera novela verdaderamente moderna– nunca tuvo la resonancia y el reconocimiento que tuvieron los miembros del boom. En ese sentido, este libro también es un justo reconocimiento con un precursor que introdujo las técnicas de vanguardia: los juegos con el tiempo, los narradores múltiples y sospechosos, los diferentes niveles de realidad, la suprema ambigüedad de los hechos. Una obra ignorada que sin embargo es la cifra de un continente: “El novelista de la frustración y de la fuga de una realidad detestable en aras de la fantasía es muy representativo de la América Latina del fracaso y del subdesarrollo”