Mateo de Paz
En mi mesa de trabajo tengo una lupa. Miro en el diccionario de la RAE si, como pienso, lupa deriva de lupus, esto es, de lobo. Compruebo que no, que se trata de un galicismo, exactamente lupa proviene del francés loupe, y significa ‘lente de aumento, generalmente con un mango’. Esta lupa me sirve para leer la letra pequeña, diminuta, minúscula a veces, que camina por mi mesa de trabajo y que se esconde entre las grietas de la madera o del plástico amarillo. Es una lupa que me sirve para que mi punto de vista cambie constantemente.
Junto a ella tengo una fotografía de Onetti. Es una imagen en blanco y negro en la que el escritor aparece encañonando al objetivo con un revólver de color plata. Está viejo, vestido de blanco y tumbado o recostado en la cama. No sonríe. Mira serio, simplemente con sus ojos pasmados, sin las gafas de pasta que tantas cosas vieron, dos viejas lupas sobre una nariz torcida, una nariz sobre una mandíbula torcida también debido, seguramente, al desgaste de pasar tanto tiempo de vida sobre un colchón de muelles.
Algunas veces tomamos decisiones equivocadas, un punto de vista a través del cual mirar las cosas que de verdad nos interesan. Algunas veces nos gusta equivocarnos para comprender que aquello que tenemos delante de nuestros ojos importa aún más que lo otro, lo nuevo y microscópico, como, por ejemplo, regresar cinco años después al mismo lugar de origen, al mismo lugar del que partimos una vez. Incluso a pesar de decidir quedarnos con lo poco que tenemos -una cama, una colección de libros, un revólver y una lupa- y renunciar a la aventura despiadada del Obradoiro, del Camino de Santiago -por decir algo-, aquella aventura que puede hacernos ver que estamos vivos, seguimos pensando que la decisión equivocada también nos gusta y va a estar ahí presente, toda una vida, o acaso solamente un lustro.
Junto a la lupa y junto a la imagen de Onetti tengo un ejemplar de El astillero. En la novela Larsen (o Juntacadáveres) regresa a Santa María cinco años después de haber sido expulsado de una página discutida y apasionante para sobrevivir y vengarse de todo, de todos, o morir en el intento, solo, fracasado y estúpido, tirado en el lodo de la orilla del río. Cinco años parece que no son nada, pero en cinco años pueden haber sucedido grandes cosas. Larsen regresa a Santa María dispuesto a hacerse un hombre, a hacerse con un astillero que se derrumba, que Gálvez y Kunz están vendiendo por piezas a los rusos, y que es, en definitiva, una alegoría de su propia existencia, la de Larsen. En la novela no sé dónde se sitúa el narrador para ver y mirar a las cosas, si el revólver que sujeta Onetti está mirándonos desde siempre a los lectores, frente a frente, si la lupa también nos mira. El punto de vista de El astillero es una lupa que se mueve con agilidad a lo largo de una mesa, a lo ancho de la narración, y todo lo conoce, todo lo sabe, porque puede verlo todo.
Cuando me acojo a una decisión equivocada me gustaría ser el narrador de El astillero, alguien que puede ver todas las cosas, con agilidad, con un revólver en la mano, sorprendiendo a todos desde mi retiro en el colchón de la lectura.